Lunes, 15 de abril de 2024

Religión en Libertad

¿Intento que mi vida valga Su entrega?

'Cristo con la Cruz a cuestas' de Tiziano.
Hay que encontrar un momento para mirar a Jesús a los ojos y preguntarnos ante Él si nuestra vida hace que valga la pena su sacrificio en la Cruz. 'Cristo con la Cruz a cuestas' (1565) de Tiziano, Museo del Prado.

por Luciana Rogowicz

Opinión

El otro día tuve esos destellos o susurros de felicidad. Esos “aires” que aparecen repentinamente en un momento particular donde uno siente que es feliz, donde uno puede tocar por un momentito a la felicidad.

Y en ese instante, en mi interior, le estaba dando a gracias a Dios por ese momento tan hermoso y por todo lo que hace por mí y me visualicé dándole gracias a Él en el momento de la cruz. Cara a cara, diciéndole gracias por lo que hizo, por lo que hace, y que lo valoro y que quiero hacer de mi vida una vida que haga que valga la pena todo lo que Él atravesó por mí.

Siempre nos dicen, y es verdad, que todo lo que Jesús atravesó en la pasión lo hubiese hecho sólo por una persona, por cada uno de nosotros de forma individual, con nombre y apellido. Y me parece importante contemplar este misterio siempre, y especialmente en esta época de cuaresma.

¿Somos capaces de mirarlo a los ojos en la cruz  y decirle que por mí vale lo que está haciendo? ¿ O, al menos, que estoy intentando vivir mi vida haciendo lo mejor que puedo para que su entrega lo valga?

Es un buen ejercicio espiritual mirar a la cruz como si fuese un espejo de mi interior, y preguntarme si estoy viviendo mi vida aprovechando esta oportunidad que tengo, agradeciéndole y honrando Su sacrificio.

¿Cómo hago que valga?

Quizás algunos se pregunten honestamente. ¿qué sería vivir mi vida honrando este maravilloso misterio? ¿Cómo debería vivirla, qué debería hacer

Cada uno de nosotros fue creado por Dios a propósito y con un propósito, con una identidad única y una misión singular, que ningún otro ser humano puede remplazar, ninguno.

Solo mirándolo a Él, y pidiéndole que nos guíe y nos muestre el camino, podemos encontrar estas respuestas.

Pero recordemos que, casi siempre, su forma de comunicación es en el “suave murmullo del silencio” (1 Re 19, 12), y por eso para escucharlo es necesario hacer silencio. Un silencio exterior, apagando la música, las notificaciones del teléfono, la televisión, las conversaciones, los planes, las reuniones, las tareas, las ocupaciones…

Y también hacer silencio interior, que muchas veces es aún más difícil de lograr. Puede ser complejo porque no lo entrenamos, no lo practicamos. Quizás podemos empezar por hacer silencio unos minutos por día, como un músculo que necesitamos rehabilitar y ejercitar. No empezamos moviéndolo una hora por día, sino poco a poco.

En la Sagradas Escrituras, y especialmente en los libros sapienciales, se hace énfasis en que el silencio es condición de la escucha. Lo sabemos también por nuestra vida cotidiana. No podemos escuchar al otro si no hacemos silencio. Pero un silencio sincero, no uno que por dentro está pensando qué es lo que va a decir cuando el otro termine. Un silencio curioso, un silencio expectante.

El Shemá es la oración principal del pueblo de Israel: “Escucha, Israel” (Dt 6, 4).

También la importancia de la escucha se destaca en el Nuevo Testamento: “Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo” (Mt 17, 5).

Silenciar los ruidos cotidianos

El mundo hace todo lo posible para que no hagamos silencio, y así se hace más difícil escuchar a Dios. Nos llena de ocupaciones y luego de entretenimiento para desestresarnos de todas esas ocupaciones.

Con este ritmo, la mayoría de las personas están siempre ocupadas, siempre apuradas. Ya sea por motivos laborales, como también familiares e incluso espirituales. Llenarnos de tareas “apostólicas” también puede ser una forma de evadir el silencio.

¿Cómo sería diferente nuestra vida, si incrementásemos los momentos diarios de silencio, si dejáramos espacio en nuestros días para que Dios obre, y no que tengamos todo planeado? Dejarnos guiar por Dios y no por nuestros listados de metas y tareas.

Esperemos lo inesperado. Disfrutemos el hoy, el sacramento del presente, y a todas las personas que Dios hoy nos pone en nuestro camino. A los momentos lindos, a la quietud que nos permite percibir que estamos vivos, y ser conscientes de que eso no es una casualidad.

Hagamos de nuestra vida una obra que podamos presentarle a Él, mirarlo a los ojos y poder decirle que estamos haciendo lo mejor posible para que su entrega valga la pena.

Publicado en el blog de la autora, Judía y Católica.

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