Miércoles, 27 de octubre de 2021

Religión en Libertad

La crisis de la unión matrimonial y familiar

Recién casados en una carretera.
El matrimonio para siempre, un factor de estabilidad: la unidad y apoyo mutuo de los esposos para afrontar juntos las sorpresas y retos de la vida. Foto: Andrew Itaga / Unsplash.

por Pedro Trevijano

Opinión

El 28 de julio, nuestra Conferencia Episcopal ha publicado un documento titulado Fieles al envío misionero, que quiere ser una aproximación al contexto actual y marco eclesial con orientaciones pastorales y líneas de acción para el período 2021-2025. Es evidente que en este contexto la crisis que afecta a la institución matrimonial y familiar no podía quedar olvidada.

“Vivimos en un momento de cambio de mentalidad. La sociedad española ha sido mayoritariamente rural y agrícola hasta finales de los años cincuenta. La industrialización se va realizando al mismo tiempo que la urbanización, pues aquella provoca un extraordinario éxodo del campo a la ciudad. Este cambio afecta a la vida familiar y a la pertenencia eclesial… Podemos decir que la crisis familiar, muy vinculada a la evolución del capitalismo industrial y postindustrial, y la creciente secularización se apoyan la una a la otra. Esta crisis impulsa el declive religioso, pues quiebra una institución básica en la transmisión de la fe” (Fieles al envío misionero, I.3).

En épocas pasadas la familia reunía a tres generaciones, en estrecha, aunque autoritaria, relación. La familia, y en especial la familia numerosa, se veía protegida, pues se era consciente de lo que representaba para el bien de todos. Cada matrimonio se veía inserto en una gran familia que le ayudaba a estabilizarse, dándole seguridad. Pero hoy se está modificando el modelo de familia, debido a que la mujer es más autónoma e independiente, y aunque esto es un logro básico, de hecho el trabajo de la mujer le ha llevado fuera del hogar y ha convertido a las parejas en más frágiles, probablemente porque unos y otras no han aprendido a convivir en una nueva dimensión de igualdad como pareja y en un reparto armónico de papeles.

Actualmente la disminución en el número de matrimonios, el miedo a comprometerse de por vida, el preocuparse sólo por el presente, con olvido del pasado y sobre todo del futuro, la caída constante de la natalidad, así como el número cada día creciente de familias monoparentales, hijos extramatrimoniales, separaciones y divorcios hacen que se hable y con razón de que el matrimonio y la familia está en crisis. Es manifiesto que nos hallamos ante una multitud de hombres y mujeres fracasados en lo fundamental de sus vidas y que experimentan la ruptura del matrimonio como un proceso muy traumático que deja profundas heridas.

Hoy es la misma institución matrimonial la que se discute, pues para muchos ha desaparecido la convicción de que son necesarias la estabilidad y la responsabilidad, dejándose el compromiso de la pareja y la alianza conyugal a merced de la buena voluntad de los contrayentes, no reconociéndose el matrimonio como creador de lazos maritales indisolubles. Casarse con la idea que si no funciona uno se puede separar o vivir la experiencia del matrimonio como una aventura que puede ser pasajera ha minado por la base la vida matrimonial. Al principio de la estabilidad ha sucedido el principio del disfrute en la vida matrimonial, lo que conlleva la debilidad del vínculo. Estamos ante la pequeña familia burguesa (familia nuclear), compuesta sólo de padres e hijos y que viven en el anonimato del bloque de viviendas de la gran ciudad. Con frecuencia en la práctica no existe verdadera vida de hogar.

Además, muchos gobiernos, y entre ellos por supuesto el nuestro, inducidos por la ideología de género y la corrección política, han descuidado gravemente la protección de la familia, e incluso van deliberadamente en su legislación contra ella, y éste es otro factor, por el que ésta encuentra hoy en la sociedad menor apoyo que en épocas pasadas. Podemos, desde luego, decir que la vida moderna es muy compleja y que son muy serias las dificultades para poder construir un hogar estable y mantenerlo en condiciones de auténtica convivencia. Todas estas causas hacen que hoy haya un mayor desbarajuste social, por lo que el auge de separaciones y divorcios no quiere decir que ahora los matrimonios estén peor avenidos que antes, sino simplemente que resulta mucho más fácil abandonar la partida al primer o al segundo tropiezo. Pero también es verdad que la andadura familiar debe seguir los caminos del amor, y que las normas jurídicas sólo pueden darle un apoyo insuficiente e incompleto.

Cada día estoy más convencido que “familia que reza unida, permanece unida”. El sí para siempre abierto a la vida, la transmisión de la fe y de los valores cristianos a los niños, la oración familiar, el saberse pedir mutuamente perdón, ayudados por el convencimiento que aunque el otro me haya ofendido, me quiere profundamente, recordando el dicho de San Pablo de que “el sol no se ponga sobre vuestra ira” (Ef 4,26), es decir “no apaguéis la luz como enemigos”, todo ello protege el amor familiar, ayuda a superar el egoísmo y a realizar el deseo que todos tenemos de amar y de ser amados.

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