La custodia del Valle desde la humildad cristiana (y II)
"Convertir su defensa en plataforma de enfrentamientos internos, campañas de descrédito o dinámicas de hostilidad permanente dentro de la propia comunidad eclesial"

La Escolanía del Valle de los Caídos, en uno de sus conciertos, en este caso dirigida por uno de sus alumnos.
Más aún cuando lo que está en juego es algo tan delicado como la defensa de lo sagrado. Porque aquello que ha sido consagrado a Dios pertenece ya exclusivamente a Dios.
Y precisamente por ello exige ser defendido con medios coherentes con aquello mismo que se pretende proteger. No parece compatible con la santidad de una basílica convertir su defensa en plataforma de enfrentamientos internos, campañas de descrédito o dinámicas de hostilidad permanente dentro de la propia comunidad eclesial.
Tampoco transformarlo en una causa política, ideológica o partidista, porque no lo es de ninguna manera.
La Iglesia ha enseñado siempre que la verdad y la caridad no pueden separarse. Defender la verdad sin caridad conduce a la dureza estéril. Invocar la caridad vaciándola de verdad conduce al relativismo.
Y en esta cuestión concreta del Valle de los Caídos, la obligación moral de preservar la sacralidad de la Basílica exige precisamente ambas cosas: verdad y caridad; firmeza doctrinal y humildad cristiana; claridad en los principios y respeto hacia las personas.
Incluso respecto de quienes, desde el ámbito político o gubernamental, impulsan iniciativas que podrían desembocar en la profanación práctica del templo. Porque un cristiano no puede olvidar nunca que también aquellos con quienes discrepa son destinatarios de la gracia de Dios. Y porque no resulta imposible pensar que muchos ignoren realmente la profundidad teológica, litúrgica y espiritual de lo que significa una basílica consagrada al culto divino. Precisamente por ello, la tarea del católico no consiste únicamente en denunciar, sino también en explicar, persuadir y dar razón de unas convicciones inspiradas siempre en el amor a Dios y al prójimo.
Tal vez por eso adquiere especial sentido aquella conocida idea atribuida a Leonardo da Vinci: “Donde se grita no hay verdadera ciencia”. También en la vida de la Iglesia conviene recordar que el ruido rara vez ilumina las conciencias.
Lo que realmente transforma es la fuerza serena de la verdad, expuesta con claridad, sostenida con argumentos y acompañada por el testimonio moral de quienes la defienden. Se trata, en definitiva, de hacer amable la verdad; una verdad reconocida con claridad por la ley universal de la Iglesia y amparada igualmente por el ordenamiento jurídico español y europeo.
Solo así será posible persuadir verdaderamente de por qué el respeto a lo sagrado constituye para un creyente algo irrenunciable. Solo así podrá comprenderse que la Basílica pontificia y abacial ubicada en el valle de Cuelgamuros, desde su acceso y puerta hasta el ábside, no es un mero espacio arquitectónico susceptible de reinterpretación política o ideológica, sino un templo íntegramente dedicado al culto de Dios, marcado por la consagración litúrgica y reservado a una finalidad sobrenatural que ninguna coyuntura histórica puede abolir.
Muy pronto tendremos la gracia de recibir entre nosotros la presencia del Santo Padre León XIV. Y siguiendo su constante llamada a la unidad, los católicos tendremos la oportunidad de comparecer unidos ante quien, como sucesor de Pedro y vicario de Cristo en la tierra, ha sido constituido principio visible de comunión para toda la Iglesia.
Qué ocasión tan providencial para que la inquietud y el dolor que suscita en multitud de religiosos y fieles la posibilidad de una profanación de un templo consagrado nos impulse a perseverar juntos en la defensa de lo sagrado, pero siempre desde la caridad mutua, el respeto entre hermanos y la conciencia de pertenecer todos a una misma fe, a una misma Iglesia y a una misma Cabeza, que es Cristo, bajo la guía pastoral de aquel a quien corresponde confirmar en la fe a sus hermanos.
Y será precisamente bajo la guía de ese dulce rostro de Cristo en la tierra, haciendo nuestra su invitación a reconocer humildemente los propios errores para que el mundo pueda cambiar, como la Iglesia —jerarquía, monjes y pueblo de Dios— podrá ofrecer un testimonio creíble y fecundo en defensa de la santidad de la casa de Dios: desde la comunión eclesial y no desde la fragmentación; desde el respeto mutuo y no desde la sospecha permanente; desde la humildad y no desde la autosuficiencia moral.
Porque, al final, no se trata de una cuestión de triunfos humanos, sino de permanecer fieles a Aquél a quien pertenece verdaderamente la basílica: Dios mismo.
Mercedes Montoro Zulueta
Madre de un monje benedictino