¿Los animales irán al cielo? La sorprendente respuesta de santa Hildegarda
Hace siglos que muchos se hacen la misma pregunta: ¿qué pasa con los animales después de la muerte? Santa Hildegarda abre una perspectiva más profunda.

El amor a una mascota, como este perro, lleva a plantearnos preguntas teológicas.
Es una de esas preguntas que atraviesan generaciones y que, en el fondo, no son solo teóricas. ¿Qué ocurre con los animales después de la muerte? ¿Tienen algún tipo de destino eterno? ¿Forman parte del cielo o desaparecen sin más? En una época como la nuestra, especialmente sensible al valor de los animales, la cuestión vuelve una y otra vez.
Pero no es una preocupación moderna. En el siglo XII, una de las grandes místicas de la Iglesia, santa Hildegarda de Bingen, ofreció una respuesta que, sin ser directa en el sentido actual, resulta sorprendentemente profunda y sugerente.
Una visión distinta del problema
Hildegarda no plantea la cuestión en los términos en que hoy solemos hacerlo. No se pregunta si “tu mascota irá al cielo” ni desarrolla una teoría explícita sobre la vida eterna de los animales.
Su enfoque es mucho más amplio: habla del lugar de los animales dentro del conjunto de la creación y de su relación con Dios.
Para entender su respuesta, hay que situarse en su manera de ver el mundo. Para ella, el universo no es un conjunto de cosas separadas, sino un organismo vivo, ordenado y lleno de sentido. Todo lo creado participa de una misma armonía que tiene su origen en Dios.
En ese contexto, los animales no son un añadido secundario, sino una parte real y significativa del plan divino.
Los animales, dentro del orden de Dios
En sus obras, especialmente en Scivias y en sus escritos sobre la naturaleza, Hildegarda insiste en una idea clave: todas las criaturas tienen un lugar en el orden querido por Dios.
Los animales no poseen alma racional como el ser humano, pero sí están dotados de vida y de una cierta fuerza interior que procede de Dios. No son simples objetos ni mecanismos sin sentido. Forman parte de una creación viva.
En una de sus afirmaciones más representativas, explica que todas las criaturas del mundo están en relación con el ser humano y, al mismo tiempo, participan de una acción común dentro del conjunto del cosmos. Es una visión profundamente unitaria: nada está aislado, todo está conectado.
La “viriditas”: la vida que viene de Dios
Uno de los conceptos más característicos de Hildegarda es el de viriditas, que puede traducirse como “verdor” o “fuerza vital”. Con este término describe la energía de la vida que procede de Dios y que atraviesa toda la creación.
Esta viriditas no es exclusiva del ser humano. Está presente en las plantas, en los animales y en todo lo que vive. Es la señal de que la creación no es algo estático, sino dinámico, lleno de vida.
Desde esta perspectiva, los animales participan de la vida divina en cuanto criaturas. Su existencia no es irrelevante ni accidental: forma parte de ese flujo de vida que tiene su origen en Dios.
¿Tienen los animales alma?
Aquí aparece una distinción importante en el pensamiento de Hildegarda, en continuidad con la tradición cristiana de su tiempo.
El ser humano posee un alma racional, capaz de conocer y amar a Dios de manera consciente. Por eso está llamado a una unión personal con Él que trasciende la muerte.
Los animales, en cambio, no tienen ese tipo de alma. No están orientados a Dios del mismo modo que el ser humano. Su vida es real, pero no es una vida espiritual en el mismo sentido.
Entonces, ¿van los animales al cielo?
Aquí es donde su respuesta se vuelve más matizada y, al mismo tiempo, más interesante.
Hildegarda no dice explícitamente que los animales “vayan al cielo” como individuos. No hay en sus textos una afirmación directa en ese sentido. Pero tampoco los reduce a algo sin valor que simplemente desaparece.
Su pensamiento apunta en otra dirección.
Para ella, toda la creación está orientada hacia Dios y participa, de algún modo, en su plan. El cielo no es solo un “lugar” al que van las almas humanas, sino la plenitud del orden divino, la restauración de la armonía de todo lo creado.
Desde esta perspectiva, los animales forman parte de esa creación que tiene sentido en Dios.
Una creación llamada a la plenitud
En la visión hildegardiana, el destino último no es solo individual, sino también cósmico. Dios no salva únicamente a las almas humanas, sino que lleva a plenitud toda la creación.
Esto no significa que cada animal concreto tenga una vida eterna personal. Pero sí sugiere que la realidad a la que pertenecen —la creación viva— no está destinada a la nada, sino a ser restaurada en Dios.
Dicho de otro modo: los animales no quedan fuera del sentido último del mundo.
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Más allá de una respuesta simple
La gran aportación de Hildegarda es que desplaza la pregunta. En lugar de centrarse en si un animal concreto sobrevive después de la muerte, invita a mirar el conjunto:
- los animales son criaturas de Dios
- participan de la vida que viene de Él
- forman parte de un cosmos ordenado y lleno de sentido
Y ese cosmos, en su totalidad, está orientado hacia su Creador.
Una sensibilidad sorprendentemente actual
Aunque vivió hace casi 900 años, la forma en que Hildegarda habla de los animales resulta muy cercana a algunas preocupaciones contemporáneas.
No los considera meros recursos ni los reduce a instrumentos al servicio del ser humano. Reconoce en ellos una dignidad derivada de su condición de criaturas vivas, integradas en el orden de la creación.
Al mismo tiempo, mantiene la singularidad del ser humano, llamado a una relación personal con Dios.
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¿Qué podemos concluir?
Si la pregunta es directa —“¿los animales irán al cielo?”—, Hildegarda no ofrece una respuesta en términos simples de sí o no.
Pero su pensamiento permite afirmar varias cosas con claridad:
- los animales tienen valor porque han sido creados por Dios
- participan de la vida que procede de Él
- forman parte de un orden que no es absurdo, sino profundamente significativo
- Y, sobre todo, que la creación entera —no solo el ser humano— está llamada a encontrar su sentido último en Dios.
Una mirada que amplía el horizonte
En un tiempo en que tendemos a simplificar las cuestiones complejas, la respuesta de Hildegarda invita a ir más allá de las categorías habituales.
No se trata solo de saber qué ocurre con los animales después de la muerte, sino de comprender qué son dentro del conjunto de la creación.
Y ahí su intuición sigue siendo luminosa: todo lo que existe tiene un lugar, un sentido y una relación con Dios.
Incluso los animales.