Religión en Libertad
Matilde Latorre de Silva

Matilde Latorre

Periodista

¿Quién enseña hoy a sufrir sin romperse por dentro?

Sabemos funcionar, producir, responder, seguir adelante, pero hemos perdido el arte más elemental: permanecer en pie cuando la vida se oscurece

Afrontar el sufrimiento desde la fe le da un sentido completamente distinto

Afrontar el sufrimiento desde la fe le da un sentido completamente distinto

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Hay algo desconcertante en nuestro tiempo: hablamos sin parar de bienestar, equilibrio emocional, autocuidado, salud mental… y, sin embargo, casi nadie parece saber ya qué hacer cuando el sufrimiento irrumpe de verdad en una vida. No me refiero al cansancio cotidiano ni a las pequeñas incomodidades del día a día, sino a ese tipo de dolor que no se negocia ni se agenda: una pérdida irreparable, una enfermedad inesperada, una traición que desordena todo lo que uno creía estable, o ese vacío que aparece incluso cuando, desde fuera, todo parece correcto.

Lo inquietante no es que el dolor exista, sino la sensación de que hemos perdido la educación interior para atravesarlo. Vivimos en una cultura muy competente para evitar la incomodidad, pero sorprendentemente torpe para sostenerla cuando ya no se puede esquivar. Hemos aprendido a rodear el sufrimiento, a gestionarlo, a anestesiarlo, incluso a narrarlo, pero no necesariamente a integrarlo sin que nos fracture por dentro.

Durante siglos, la experiencia humana —y en buena medida la tradición cristiana— desarrolló formas de acompañar el dolor que no lo negaban ni lo maquillaban. Había un modo de estar junto al que sufre sin necesidad de explicarlo todo, sin urgencia por cerrarlo, sin esa prisa contemporánea por convertir cualquier herida en un problema resoluble. Hoy, en cambio, el dolor se vive con frecuencia en una especie de intemperie emocional donde incluso rodeado de gente uno puede sentirse radicalmente solo.

La paradoja es evidente: nunca hemos tenido tantos recursos para distraernos del dolor y, sin embargo, nunca ha sido tan difícil sostenerlo. Sabemos funcionar, producir, responder, seguir adelante, pero hemos perdido el arte más elemental: permanecer en pie cuando la vida se oscurece.

Y cuando el sufrimiento aparece, solemos caer en dos salidas igual de pobres. O lo evitamos compulsivamente —ruido, actividad, anestesia emocional— o lo convertimos en identidad, como si quedáramos definidos únicamente por aquello que nos ha herido. En ambos casos, algo esencial se pierde: la posibilidad de que el dolor sea atravesado sin convertirse en condena.

El cristianismo introduce aquí una intuición que descoloca: Dios no observa el sufrimiento desde fuera, sino que entra en él. Cristo no lo explica, lo vive contigo. Y eso cambia la manera de entender la fragilidad humana, porque ya no se trata de eliminar el dolor a toda costa, sino de no atravesarlo en soledad.

Quizá por eso el mundo cristiano generó durante siglos algo cada vez más raro: personas capaces de acompañar el sufrimiento sin convertirlo en espectáculo, sin precipitar soluciones, sin llenar el silencio de frases que no sostienen nada. Simplemente quedarse. Sin huir.

Hoy esa forma de presencia resulta casi extraña, porque nos incomoda profundamente el dolor, propio y ajeno. Nos descoloca tanto que tendemos a cubrirlo rápidamente con explicaciones o consuelos que muchas veces sirven más para tranquilizarnos a nosotros que para acompañar al otro.

Pero el dolor no siempre pide respuestas. A veces pide compañía. O silencio. O tiempo. Y, sobre todo, alguien que no desaparezca.

Quizá por eso la pregunta sigue abierta, y cada vez con más urgencia: quién enseña hoy a sufrir sin romperse por dentro, quién ayuda a no confundir fragilidad con fracaso, y quién permanece cuando ya no hay explicaciones fáciles, pero todavía queda algo decisivo que no se puede fabricar: la presencia que sostiene.

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