Religión en Libertad

El regreso de la fe frente al fracaso ideológico

«Quienes no lograron transmitir la fe a sus propios fieles pretenden ahora dar lecciones de Iglesia a un obispo»

El obispo Elizalde, en Vitoria, a inicios de mayo, con Ullah Khan, activista contra la esclavitud infantil en Pakistán

El obispo Elizalde, en Vitoria, a inicios de mayo, con Ullah Khan, activista contra la esclavitud infantil en Pakistándiócesis de vitoria

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Conozco personalmente a don Juan Carlos Elizalde, obispo de Vitoria (España), desde hace casi treinta años. Y precisamente por conocerlo me producen una mezcla de estupor, cansancio y, sobre todo, pena las campañas de desgaste organizadas periódicamente contra él desde determinados ambientes diocesanos clericales. 

Quien haya tratado de verdad a don Juan Carlos sabe perfectamente que no estamos ante un trepador eclesiástico, un burócrata de sacristía ni un gestor frío. Estamos ante un sacerdote —y ahora obispo— profundamente espiritual, intensamente humano y extraordinariamente coherente. 

Hay hombres que hablan del Evangelio, y otros en los que el Evangelio parece haberse encarnado en el modo de mirar, de escuchar, de tratar a la gente y de vivir. Elizalde pertenece a los segundos. Tiene algo muy raro en nuestro tiempo: unidad de vida. Un hombre profundamente tocado por el Espíritu Santo desde la infancia. Íntegro, cabal y de una sola pieza; profundamente humano, cercano y cariñoso. De inteligencia organizativa poco común, siempre fiado de la providencia, magnífico orador y apóstol infatigable, de los que se entregan sin reservarse nada para sí. Tiene además esa rara cualidad —tan escasa hoy— de amar antes incluso de conocer, y se le nota. Escrupulosamente delicado en el trato, incapaz de hacer daño conscientemente, sabe pedir perdón sin excusas y perdonar sin exigir contrapartidas. Y todo ello unido a una fidelidad exquisita a la Revelación, al Magisterio, al Dogma y a la Tradición de la Iglesia, vividos no como rigidez estéril, sino como amor leal a la verdad recibida. Él no necesita fabricar cercanía porque la cercanía le sale sola. Tampoco necesita construir un personaje de "obispo campechano", tan de moda en ciertos sectores. Simplemente es así. 

Quienes le conocemos sabemos además otra cosa: su fidelidad absoluta a la Iglesia Católica. Y ahí es donde empieza el problema. Porque en no pocos rincones de la Iglesia española todavía sobrevive una generación clerical criada en el humo ideológico mal digerido del postconcilio: sacerdotes obsesionados con consignas de los años setenta y con "reinventar" la Iglesia, pero incapaces de convertir una sola alma o despertar una vocación. 

No son revolucionarios. Son funcionarios melancólicos de una revolución fracasada, incapaces de aceptar que las nuevas generaciones ya no están dispuestas a comprar ese discurso tan obsoleto. 

Gracias a Dios, no conozco personalmente a los sacerdotes rebeldes redactores de la carta. No sé si son 2 o 52, realmente me da igual. Lo que sí sé seguro, por ver con quién se ensañan, es que no me pierdo espiritualmente nada. 

Conozco su origen, su estilo y su pseudoespiritualidad. Qué no se crean únicos, los hay en casi todas las diócesis de España. Algunos hasta llegan a ser obispos. Es lo que nos toca aguantar hasta que su generación pase. 

Seguro que son esos ya entraditos en años que se cultivaron en los desvaríos del postconcilio, la mayoría "exteólogos" de la liberación, algunos con inspiración nacionalista, otros que no sabían qué hacer con su vida y se metieron a cura. Van disfrazados de cura de capé y progre, con su camisa de cuadros tipo leñador de colores apagados y su pantalón de pana. 

No piensan en la salvación de las almas sino en vendernos su libro. Un libro que destila un progresismo obsoleto e ideologías caducas. Los conocemos muy bien, ni confiesan ni se confiesan, no se les ha convertido nunca nadie en su vida y si alguien lo ha hecho, no ha sido a la recta doctrina, sino a su discurso dialéctico mundano. Hacen como que celebran misa, pero con frecuencia se inventan partes o todo. Celebran la liturgia como quien improvisa un taller asambleario, introduciendo ocurrencias personales y trivializando lo sagrado hasta límites que harían estremecerse a cualquier católico con sentido de la tradición. 

Si no confiesan ni se confiesan, fácil es imaginar el trato debido al Santísimo Sacramento. A buen entendedor… 

Los reconoces enseguida: lenguaje sociológico, homilías que parecen mítines, alergia a la adoración, incomodidad ante la confesión frecuente, sospecha automática hacia cualquier signo de fervor y un entusiasmo casi adolescente por cualquier moda ideológica que venga envuelta en papel de "modernidad". La Humanae Vitae y la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II les produce náusea. 

Hablan constantemente de diálogo, pero son profundamente intolerantes. Hablan de sinodalidad y de inclusión, pero sólo para sus cosas. Son de los de aquí cabemos todos, todos, todos menos los que me lleven la contraria. Es un discurso muy manido, intolerancia disfrazada de buenismo y palabrería estéril: abrir procesos, generar espacios, escuchar las heridas, acompañar fragilidades, articular consensos, activar dinámicas, repensar estructuras, etcétera, etcétera, etcétera... 

No toleran lo que no pasa por su aro. Humildad y obediencia poca. Por eso no aguantan que exista un obispo que crea realmente en la Revelación, en el Magisterio y en la acción de la gracia santificante en vez de en una dialéctica marxista. 

El problema de fondo no es disciplinar. Es espiritual. A ciertos sectores les irrita profundamente un obispo que todavía crea en la gracia santificante y en que la misión de la Iglesia consista en salvar almas y conducirlas a Cristo, y no en funcionar como una ONG espiritualizada con barniz político. Les incomoda un obispo que hable de santidad, de oración, de evangelización, de conversión y de fidelidad doctrinal sin pedir perdón por hacerlo. 

Y entonces aparecen las cartas colectivas, las filtraciones interesadas, los manifiestos ambiguos y ese viejo estilo puntilloso clerical tan español: "nos preocupa", "hay malestar", "pedimos escucha", "reclamamos sinodalidad"…

Traducido al castellano: "queremos seguir mandando nosotros aunque la Iglesia de a pie ya no nos haga ni caso". 

Lo verdaderamente llamativo es que muchos de esos sectores llevan décadas viendo cómo sus parroquias se vacían, cómo desaparecen vocaciones, cómo la práctica religiosa se desploma y cómo generaciones enteras abandonan la fe sin que jamás hayan hecho la menor autocrítica. Han confundido llamada universal a la santidad con secularización sin éxito pastoral alguno durante los últimos 50 años, y todavía insisten sin preguntarse por el pésimo resultado de su gestión. 

La ironía es monumental: quienes no lograron transmitir la fe a sus propios fieles pretenden ahora dar lecciones de Iglesia a un obispo cuya entrega personal resulta evidente incluso para quienes no comparten todas sus posiciones, y cuyo acierto pastoral es patente y objetivable en el reverdecer de la diócesis. 

Porque esa es otra. Don Juan Carlos podrá equivocarse —como cualquiera— en decisiones concretas. Pero incluso sus críticos honestos saben que actúa desde la fe, desde la oración y desde el deseo sincero de servir a la Iglesia. No desde cálculos ideológicos ni desde estrategias de poder interno. 

En el fondo, lo que algunos no soportan es que todavía existan obispos católicos en sentido pleno. Obispos que no se avergüencen de serlo. Obispos que crean que el depósito de la fe no es plastilina doctrinal adaptable a cada década. Obispos que no necesiten disfrazar lo cristiano de ideología para sentirse aceptados por el mundo. 

La historia de la Iglesia está llena de episodios parecidos. Siempre hubo clérigos cansados del Evangelio, fascinados por el espíritu del tiempo y convencidos de ser mucho más lúcidos que la tradición bimilenaria de la Iglesia creyendo, además, que su lucidez es fruto del Espíritu. Y siempre acabaron igual: envejeciendo mal, hablando solos y dejando tras de sí comunidades exhaustas y espiritualmente deshidratadas. Mientras, dan coletazos para superar su ostracismo, pues el tren de los tiempos se les va sin frutos. 

Cuando llegó Don Juan Carlos como obispo encontró una diócesis politizada y espiritualmente estéril gracias a ellos. Ahora que, gracias a don Juan Carlos, los frutos se ven, ponen el grito en el cielo porque no se hacen las cosas a su manera. Ridículo. 

Mientras tanto, la fe sigue brotando donde siempre ha brotado: allí donde todavía se predica a Cristo sin rebajas, donde se celebra la liturgia con fe y devoción, donde se confiesa, donde se adora y donde hay pastores capaces de creer de verdad en aquello que anuncian. Y precisamente por eso molestan hombres como Don Juan Carlos Elizalde. Porque recuerdan, simplemente con su presencia, que la Iglesia Católica no nació para adaptarse al mundo, sino para convertirlo. 

Y, pese a todo, aún estamos a tiempo. También para ellos. La Iglesia no necesita humillar a nadie ni pasar factura a ninguna generación; necesita conversión, humildad y verdad.

Muchos de esos sacerdotes entregaron seguramente lo mejor de sí mismos creyendo sinceramente que servían a la Iglesia, aunque quizá acabaron dejándose seducir más por el espíritu del tiempo que por el Espíritu Santo. Pero mientras hay vida hay esperanza, y mientras el corazón late todavía es posible volver a Cristo sin excusas, sin ideologías y sin máscaras. 

Tal vez ha llegado el momento de abandonar viejas trincheras, resentimientos y experimentos estériles para redescubrir la belleza sencilla de la fe católica vivida íntegramente: la oración, la adoración, la confesión, la fidelidad doctrinal y el amor sincero a las almas. Porque al final de la vida no se nos preguntará si fuimos modernos, influyentes o aplaudidos, sino si fuimos fieles. 

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