Religión en Libertad

Los monjes orantes del Valle

Mientras el debate público continúa, ellos sostienen cada día la oración de la Iglesia por todos: fieles, difuntos, gobernantes y la paz.

Eucaristía celebrada por los monjes benedictinos en el interior de la basílica.

Eucaristía celebrada por los monjes benedictinos en el interior de la basílica.

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Mientras fuera del Valle de Cuelgamuros continúan los debates, las interpretaciones históricas y las controversias políticas, dentro de la basílica sucede cada día algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más antiguo. Varias veces al día el canto gregoriano vuelve a elevarse bajo la gran bóveda del templo; los salmos se suceden siguiendo el mismo orden que la tradición benedictina ha transmitido durante siglos; y la Santa Misa se celebra con la sobria solemnidad propia de la liturgia monástica. Esa oración constante, que rara vez aparece en los titulares ni forma parte del ruido público, constituye sin embargo el corazón mismo de la vida del Valle.

Detrás de esa liturgia cotidiana se encuentra una comunidad de monjes benedictinos que mantiene allí una presencia discreta y fiel a su vocación en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, ubicada en el Valle de Cuelgamuros en el municipio de San Lorenzo de El Escorial. Desde hace décadas, la comunidad sostiene la celebración diaria de la liturgia conforme a la tradición benedictina, marcada por el ritmo del Oficio Divino, la Misa conventual, el estudio, el trabajo y el silencio propio de la vida monástica. Nada de esto tiene carácter extraordinario dentro de la tradición de la Iglesia. Así han vivido los monjes durante siglos. Y, sin embargo, en el contexto actual, esa fidelidad silenciosa adquiere un significado particular.

Los monjes del Valle no participan en controversias públicas ni en debates ideológicos. Su vocación no es intervenir en ellos. Han abrazado una forma de vida que, desde hace quince siglos, se define por la estabilidad, la oración y el servicio litúrgico a la Iglesia. Quien entra en la basílica en cualquier día del año encuentra siempre la misma realidad serena: una comunidad que reza, que celebra la liturgia y que acoge espiritualmente a los fieles que acuden al templo. Muchos llegan movidos por una sencilla piedad cristiana; otros por el deseo de participar en una liturgia particularmente cuidada; otros, simplemente, buscando un momento de silencio y recogimiento en un lugar que invita a la oración.

La oración monástica posee además un alcance que trasciende a la propia comunidad. La tradición benedictina ha entendido siempre la liturgia como una intercesión constante por el mundo. En los salmos y en las oraciones que se elevan cada día en la basílica se reza por todos: por la Iglesia, por los fieles, por los difuntos, por la paz entre los pueblos y también por quienes ejercen responsabilidades de gobierno. La oración monástica no establece distinciones ni fronteras; se dirige a Dios por todos los hombres y mujeres, cualquiera que sea su condición, recordando que la liturgia de la Iglesia tiene siempre una dimensión universal.

Una de las expresiones más visibles de esa vida litúrgica es la escolanía del Valle. Se trata de una de las escolanías más importantes del mundo en su género y, sin duda, de una realidad prácticamente única: un coro de niños que acompaña diariamente la celebración de la Santa Misa con canto gregoriano. En muy pocos lugares de la Iglesia universal puede encontrarse una continuidad semejante. La formación de los escolanos exige un trabajo constante en el que la educación musical, la disciplina coral y la vida litúrgica forman parte de un mismo proceso educativo. Para muchos de estos niños, la liturgia deja de ser una realidad distante para convertirse en el centro vivo de su formación humana y espiritual.

El canto gregoriano que resuena cada día en la basílica pertenece además a una de las tradiciones musicales más antiguas y valiosas de Europa. Durante más de un milenio ha acompañado la oración de la Iglesia y forma parte del patrimonio espiritual del continente. Escucharlo hoy, interpretado por voces jóvenes y en el contexto para el que fue concebido -la liturgia viva- recuerda que ese legado no pertenece solo a la historia de la música, sino a una tradición que continúa viva.

También la propia comunidad monástica ofrece una imagen muy distinta de la que a veces se proyecta desde fuera. Una parte significativa de los monjes pertenece a una generación joven; muchos de ellos no han cumplido todavía los treinta y cinco años. Han llegado al Valle movidos por una vocación religiosa que nada tiene que ver con interpretaciones históricas ni con debates ideológicos. Para ellos, el Valle es sencillamente lo que siempre ha sido para un monje: un monasterio, un lugar donde la vida se organiza en torno a la oración, la liturgia y la búsqueda de Dios.

Lejos de tratarse de una comunidad en declive, el monasterio continúa recibiendo nuevas vocaciones. De manera discreta, casi siempre lejos de cualquier atención pública, jóvenes que han descubierto la llamada a la vida benedictina se incorporan cada año a la comunidad. Ese hecho silencioso pero constante revela una realidad que raramente aparece en el debate público: la vida monástica en el Valle no pertenece al pasado, sino que sigue renovándose.

Quien conoce de cerca a la comunidad descubre algo muy distinto de la imagen simplificada que a veces circula en la conversación pública. Encuentra hombres que han dejado atrás profesiones, proyectos personales y expectativas ordinarias para abrazar una vida de silencio, obediencia y oración. La tradición benedictina describe esa vocación con una expresión muy antigua: quaerere Deum, buscar a Dios. Esa búsqueda constituye el eje de la vida monástica y el sentido último de la presencia de los benedictinos en el Valle.

La existencia misma del monasterio recuerda además algo que con frecuencia se pierde de vista en el debate público: los monasterios no nacen ni se sostienen por decisiones políticas o por interpretaciones históricas, sino por la continuidad de una tradición espiritual que atraviesa generaciones. Lo que hoy ocurre en el Valle pertenece a esa historia mucho más larga de la vida monástica europea, que desde hace siglos mantiene lugares dedicados a la oración, al culto y a la intercesión por el mundo.

Esa presencia se desarrolla además en plena comunión con la Iglesia y con respeto a las autoridades civiles que gestionan el conjunto monumental. A lo largo de los años se ha mantenido un contacto institucional constante, necesario para el funcionamiento ordinario del recinto y para la atención de los numerosos visitantes y fieles que acuden a la basílica.

Pero más allá de cualquier marco administrativo o jurídico, la realidad esencial permanece inalterada. Cada día, en el interior de la basílica vuelve a resonar el gregoriano; los salmos se elevan siguiendo el mismo ritmo que han seguido los monasterios de Europa durante siglos y la comunidad se reúne para celebrar la Eucaristía. Mientras tanto, fuera del templo continúan los debates y las interpretaciones. Dentro, sin embargo, sucede algo mucho más antiguo y más sencillo: una comunidad de monjes que continúa rezando.

Porque, en realidad, el Valle de Cuelgamuros no se entiende desde la política ni desde la historia, sino desde algo mucho más profundo. Se entiende desde la oración. Mientras cambian los gobiernos, se suceden los debates y se multiplican las interpretaciones, en el interior de la basílica continúa cada día el mismo gesto silencioso que ha sostenido a los monasterios de Europa durante siglos: una comunidad de monjes que se reúne para cantar los salmos y celebrar la Misa. Y mientras esa oración continúe, el corazón espiritual del Valle seguirá latiendo, discreto y constante, en medio del ruido de nuestro tiempo.

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