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«Los miserables, el origen»: disección de un cristianismo sin Cristo con personajes de Víctor Hugo

Monseñor Bienvenu y su hermana enferma Magloire en su jardín humilde de invierno, en Los Miserables - El Origen

Monseñor Bienvenu y su hermana enferma Magloire en su jardín humilde de invierno, en Los Miserables - El Origena contracorriente

Pablo J. Ginés
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Los miserables, el origen se titula en francés Jean Valjean, y es una revisitación de los dos primeros libros de Los Miserables, de Víctor Hugo, centrándose en el Jean Valjean machacado por la injusticia y la prisión (un pétreo y duro Grégory Gadebois) y monseñor Bienvenu, el amable sacerdote que intentará transmitirle luz y transformación (un contenido y matizado Bernard Campan). Es una película de 98 minutos, meditativa sin llegar a ser experimental.

Magloire, la hermana del clérigo (Alexandra Lamy) y su criada Baptistine (Isabelle Carré) aportan dos enfoques femeninos a la historia. Magloire está enferma y sospecha que morirá pronto, por lo que no tiene miedo a nada. Tampoco tiene fe en Dios ni ninguna esperanza. Ya su nombre suena como "mi gloria" en francés... y, como decimos, apunta a su fugacidad. 

La criada Baptistine es creyente pero desconfiada y justiciera, juzga por las apariencias (contra lo que enseña Cristo en Juan 7,24). Está empezando a leer y quiere aprender más. Cuando llega Jean Valjean, herido, enfadado, peligroso, a la casa ruinosa de monseñor Bienvenu, cada uno deberá afrontar sus temores o esperanzas.

Hay que tener en cuenta que el obispo generoso en cuestión existió de verdad; se llamaba François Melchor Charles Bienvenu de Miollis y está en proceso de beatificación. Víctor Hugo no lo conoció en persona pero sí a personas que trataron con él. 

Valjean ha pasado 18 años en una cantera, como preso forzado, por robar un pan para alimentar a unos niños, y luego por intentar fugarse. La acogida generosa, cándida, del clérigo, le llevará a repasar mentalmente sus heridas en el cautiverio, su odio acumulado. Su mensaje repetido es que un hombre, bueno en su inicio, queda deformado por la sociedad y la crueldad de los semejantes, que no le acogen ni siquiera cuando es liberado.

Pero si Los Miserables era un ejemplo de romanticismo cristiano, esta película no llega a tener la densa emotividad del romanticismo ni llega a acercar a nadie a Cristo. Dice Fabrice Hadjadj que en el siglo XIX muchos creían en las virtudes cristianas sin Cristo, pero hoy ya no se da eso. Esta película intenta mostrar santos que no parecen beber de Cristo. Y no convence.

La película es más meditativa que emocional. Combina silencios con frases lapidarias. Cuanto más cercana al libro clásico, más convincente.

Si se hubiera filmado la película en la Unión Soviética, diríamos que un director criptocristiano la llena de signos evangélicos. El vaso de agua, ofrecido una y otra vez, remite a Marcos 9,41 ("quien os dé a beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, no quedará sin recompensa"). La escena en que el clérigo entrega solemnemente una vela encendida al exconvicto resuena como la luz en la noche de Pascua.

Jean Valjean y monseñor Bienvenu... el clérigo le entrega solemnemente una vela en la oscuridad

Jean Valjean y monseñor Bienvenu... el clérigo le entrega solemnemente una vela en la oscuridada contracorriente

Sin embargo, la bondad del clérigo, en la novela, remite a Cristo. No aquí, aunque le veamos rezar ante un crucifijo. Nunca cita la Palabra de Dios ni se encomienda a Él. Sabemos que se hizo clérigo tras perder a un ser querido, en una historia que no se nos detalla.

"Yo quería convertir, imponer, ser misionero", explica de sus primeros tiempos como clérigo. No se entiende ese "imponer" puesto que vemos que acude a intentar confesar a un ermitaño enfermo y antisocial, sin más recurso que su presencia. Allí recibe un vaso de agua y un cierto discurso humanista. "No soy descreído por no creer en que una Virgen dé a luz o no creer que un crucificado con corona de espinas vuelva a la vida. ¡La humanidad existe!", dice el ermitaño, que empatiza con los pobres.

Debería sonar solemne, pero parece dudoso que una frase así convenza a nadie (espectadores) después de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, parece que eso basta para convertir al clérigo acomodado en un santo generoso. Un ermitaño laico habría logrado con esa frase un nacer de nuevo que Cristo parece que no le aportaba. Y no será tan fuerte como para llegar a su hermana enferma, a la que acompaña con paciencia y cariño, pero sin aportarle fe.

En otra ocasión, Bienvenu mira las estrellas y su belleza y se la indica a Valjean, pero no porque apunten a un Creador bueno, o a una belleza que alcanza a todos. Y Valjean viene a decir que los pobres no disfrutan de ellas, cosa que quizá sea verdad en ciudades llenas de hollín, pero no en el campo.

Visualmente se transmite frío, piedra, dureza, oscuridad que rodea a las frágiles velas. Hay una hermosura casi de ciencia ficción en el penal-cantera, con sus uniformes rojos de presos, negros de guardias y su polvo blanco, que recuerda a la prisión también blanca de la teleserie Andor. El juego de colores impacta en el espectador.

Con todo, los espectadores que vayan buscando el romanticismo arrebatado de Los Miserables deben saber que no lo encontrarán. Y los que busquen el calor del Espíritu Santo que arrebata con su gozo, alegría, desprendimiento y generosidad, tampoco. 

Más bien parece una película de humanistas intentando pasar por cristianos. Por supuesto, siempre podemos decir que el humanismo transformador es mucho mejor que el nihilismo, el consumismo narcotizado o la mera voluntad de poder destructora de los soberbios. Eso ya es una gran mejora respecto a lo que tenemos.

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