Eutanasia posmoderna: "El individualismo lleva a baremar vidas sin valor"
Gerardo López Laguna alerta de abusos eutanásicos y llama al testimonio cristiano contra el nihilismo.

Acompañar la fragilidad hasta el final – Papa Francisco
Gerardo López Laguna (Madrid, 1961), escritor y encuadernador radicado en Toledo, presenta "Eutanasia posmoderna: nihilismo, economicismo y Lebensunwertes Leben (Vidas sin valor)" (Anawim, 31 enero 2026).
En este ensayo, analiza cómo el individualismo autónomo y la negación de la trascendencia objetivan las "vidas sin valor" en neonatos, ancianos y enfermos mentales, mientras propone un testimonio cristiano vivencial como alternativa a la "eutanasia social".

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- La eutanasia posmoderna surge en esta época concreta, ligada a la mentalidad occidentalista, y se basa en el individualismo y en la ausencia de trascendencia: en la supuesta autonomía total del ser humano para manipular su vida según lo que considere conveniente. A diferencia de los movimientos históricos coactivos, como los nazis o los de EE. UU. pre-1930, que cimentaban la pretensión en rocas objetivas como la raza o la higiene social —no es solamente una cosa del régimen nazi, sino que se ha dado en varios movimientos—, esta se predica como una exaltación de la libertad y como un último grado de libertad. Tiene relación lógicamente con el suicidio, y desvaloriza los grandes relatos como nocivos, incluido el del amor gratuito y oblativo.
- El nihilismo y el economicismo no hay que discutirlo: no se puede servir a Dios y al dinero. Un mundo que de manera colectiva niega la trascendencia se entrega a equilibrios de fuerzas y a un dominio simbolizado por el dinero. La idea de 'vida sin valor' emerge con concreciones como la eutanasia: la autonomía total provoca que intelectuales, literatos y artistas reivindiquen el suicidio como un gesto de señorío, pero choca con la naturaleza humana, que sigue organizando protocolos antisuicidios. Al desvincular la eutanasia de esa arbitrariedad subjetiva, se barema la calidad de vida con criterios objetivos —no la dignidad en sí misma por ser vida humana recibida—, objetivando vidas que valen más o menos. Esto provoca abusos en legislaciones abiertas, con presión psicológica, social y existencial para que alguien se largue como una carga sin sentido.
- No hablamos de imposición, pero sí de una disyuntiva total. El cristiano no tiene complejos: su propuesta es testimonial, dando razón de nuestra esperanza en conflicto con un mundo protagonista de atentados contra la vida —no solo bioéticos encapsulados, sino la opresión a pobres, la guerra y más—. Vivir de otra manera crea en el tejido social alternativas que son fermento y focos de luz, incluso oposición radical, costando el puesto o la fama —la comunidad cristiana debería acoger a los caídos en esas tesituras—. Combatir el sinsentido vital no es con discurso moralista o político, sino con testigos coherentes hechos de la misma pasta, con contradicciones y debilidades, pero abiertos a la trascendencia.
- Esto ya se está dando: eutanasias neonatales reivindicadas como derecho a la par del aborto terapéutico; en enfermos de Alzheimer, terminales de sida, indigentes, ancianos demenciados. También el 'suicidio a petición' en clínicas privadas de EE.UU. y Suiza, sin informes, como empresas. El mecanismo es el subjetivismo extremo confluyendo con baremos de calidad psíquicos y físicos: cualquier sufriente puede reclamar igualdad, abriendo campos —ej. Canadá debate eutanasia para enfermos mentales no terminales—. Se crea un clima donde se legitima cumplir un deber de morir ante familias o sociedad, con denuncias y querellas en Holanda, Bélgica, etc.
- Recojo testimonios históricos de santos y gentes que humanizaron procesos de muerte con cercanía humana y espiritual, paliativos según la época, rompiendo lógicas —gente que se ha entregado en epidemias por su opción por los pobres, médicos canonizados por eso—. No vitrinas excepcionales inalcanzables, como si la gracia no fuera universal: debe ser vivencial y testimonial en la medida de cada fragilidad, con claridad. Acompañar a quien muere o sufre si Dios lo pone, pedir palabra y gesto adecuado ante carencias. Es connatural al ser cristiano, como en comunidades primitivas atendiendo esclavos enfermos, expósitos o náufragos —brota de dentro—. Oportunidades abundan, más ahora.
- El vínculo es la concepción integral de defensa de la vida, separándome de opciones conservadoras en binomios aborto-eutanasia que olvidan atentados normalizados como la opresión a los pobres, guerras o genocidios —muchas que se manifiestan contra legalizaciones justifican eso, coincidiendo con la cultura posmoderna—. Evangelium vitae no es solo contra aborto-eutanasia, sino raíces espirituales y bíblicas extendidas a hambre, guerra, marginados, migrantes, adicciones. Introduzco 'eutanasia social' de Juan Pablo II y Francisco: abandono masivo por discapacidad, enfermedad o ancianidad pese a medios sobreabundantes —mayoría de eutanasias mundiales—, negando el destino universal de bienes revelado.
- Actitudes: Objeción de conciencia clara y polémica pedida por Samaritanus bonus bajo Francisco —manifestación pública que desautoriza, no cómoda para estar tranquilos—. Instituciones católicas sanitarias, advertidas desde Juan Pablo II, no plegarse por dependencia económica o miedo a subvenciones, evitando derivar pacientes. Profesionales cristianos deben humanizar y destacar, confluyendo con no creyentes de buena voluntad. Crear alternativas como hospices para terminales con un tono diferente de acompañamiento total. Testimoniar cerca de sufrientes, denuncia profética, fermento y luz; la comunidad acoja a los caídos en conflicto. Un pueblo de Dios en marcha tendría poder para eso.