Religión en Libertad

Cuidado con el antisemitismo

No confundamos a los pueblos con los políticos que los rigen. La imagen de los niños de Auschwitz debiera quitarnos el sueño de por vida.

Niños judíos en Auschwitz: una imagen que debería quitarnos el sueño de por vida.

Niños judíos en Auschwitz: una imagen que debería quitarnos el sueño de por vida.

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Muchos graves problemas parecen insolubles porque no se matizan debidamente los conceptos. Distinguir los conceptos es fundamental para pensar bien y actuar en consecuencia. Toda persona culta sabe distinguir bien los distintos conceptos, por ejemplo, lo que es un pueblo y lo que significa la política que desarrolla un determinado gobierno de ese pueblo en ciertos momentos de la historia.

Apliquemos esto a lo que sucede con el pueblo hebreo. Lamento muchísimo que el Estado hebreo, para defenderse de un ataque brutal que sufrió hace poco, haya tenido la desgracia de que los atacantes estuvieran emboscados en un pueblo vecino, al parecer inocente. Por eso sentí de veras el ataque de que fue objeto el pueblo israelí, y luego tuve que lamentar también vivamente la tortura a que se vio sometido el pueblo limítrofe. Mi gran deseo es que se encuentre una salida digna a este conflicto cuanto antes y puedan ambos pueblos disfrutar de un clima de paz, una paz verdadera y duradera.

Pase lo que pase en cualquier lugar del mundo, mi actitud es y será siempre la de respetar a los "pueblos", independientemente de los azares políticos que puedan sufrir. Los que no disponemos de poder político podemos y debemos crear ambiente, favorecer un clima de respeto a las personas y a los pueblos. Yo no dispongo del menor poder político. Soy un humilde doctor en filosofía, catedrático emérito de esta rama en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, y desde mi condición de profesor y escritor llevo muchos años esforzándome en multitud de libros y vídeos en aprender a pensar bien, matizando los conceptos, distinguiendo diversos niveles de realidad, delatando las diferentes formas de manipulación que se practican hoy en la sociedad. Mi principal tarea es cumplir lo que nos pedía el gran Blaise Pascal: “Travaillons, donc, à bien penser [Esforcémonos, pues, en pensar bien]". Por eso mis escritos no deben enfadar a nadie; tienden a hacer bien a todos los pueblos.

Parece ser que actualmente hay brotes de antisemitismo en algunos lugares. Y todos los que conocemos algo al pueblo hebreo y lo estimamos debiéramos salir, unidos, a cortarlos en agraz. Quienes recorrimos Europa y conocemos las historias de tantos campos de concentración (muchísimos más de los que se suelen citar…), y cómo se desalojaban barrios enteros de judíos y se los llevaba hacinados en trenes de desecho a esos lugares de exterminio, y hemos visto documentales –algunos muy poco conocidos– sobre “la solución final"… sabemos qué dimensiones tan inhumanas tuvo el dolor del pueblo hebreo

Yo nunca olvidaré las palabras de sus familiares que dejaron escritas en la pared de la primera sala del “barracón de la muerte” que visité en el campo de concentración de Dachau, junto a Múnich. Era una salita con unos banquitos de madera en la parte baja de las cuatro paredes, para dejar allí los vestidos. En todas las lenguas que conozco fui leyendo, una a una, en las paredes las despedidas de quienes sabían que iban a morir, no a ducharse, a pesar del letrero que había sobre la puerta de la sala siguiente. Había incluso muchas despedidas en español… Todas las frases decían fundamentalmente lo mismo: "Ahora vendrá una ducha y luego el final. Adiós a todos…".

De uno de estos grupos pude ver otro día un documental, al que asistí por complacer al hijo de un empresario de cine que no se atrevía a verlo solo. En el documental se veía que, siguiendo órdenes, los prisioneros se quitaron las ropas en esa sala; todos, hombres y mujeres, pero, una vez desnuditos, no se los distinguía. Eran esqueletos vivos… Mi amigo y yo nos cogimos de la mano, porque la pena nos sobrepasaba.

–¿Nos vamos?- le dije.

–De buena gana -me respondió él, en voz muy baja-. Pero yo tengo que informar a mi padre sobre el documental…

Los europeos tenemos una deuda muy grande con este dolor –que a mí se me hizo hiriente leyendo al hebreo Elie Wiesel, recientemente fallecido–, y debemos pagarla mostrándole al menos al pueblo hebreo el afecto que se merece. Hoy quiero contar algo de lo que significa para mí este pueblo.

  • 1. A él le debemos el libro más editado e influyente de la Historia de la humanidad. Lo conozco desde muy niño. En los atardeceres lluviosos de mi Galicia natal, mi padre solía contarnos cuentos a los hermanos pequeños. Y un día le dije: “Tus cuentos son bonitos, pero se acaban enseguida. Cuéntame uno más largo”. Él me respondió: "No te preocupes. Mañana comenzaré una historia que no la terminaré nunca". Y, en efecto, al día siguiente empezó a contarme la historia de Israel, empezando por el Génesis. Recuerdo que las historias de Judit, Job y Rut me impresionaron mucho. Apenas iniciado el libro de los Macabeos, estalló la guerra del 36. Y las “historias” de mi padre se cambiaron en oraciones pidiendo por su vida, porque tuvo que esconderse…
  • 2. Los cristianos no podemos olvidar lo que significa el Antiguo Testamento para el Nuevo, y para toda la Iglesia fundada por el nazareno Jesús, cuya familia y cuyos discípulos fueron también hebreos. Todavía hoy, bastantes siglos después de haber sido escritos y cantados en Israel, los salmos siguen siendo leídos, rezados y cantados a diario en todas las catedrales católicas del mundo, rezados por todos los sacerdotes católicos y de otras religiones afines, y por multitud de familias creyentes. Tengo grabadas a fuego en la memoria tantas melodías hermosas y profundas que resaltaban el contenido de los salmos y que yo dirigía cuando fui director de coro…
  • 3. La historia del pueblo hebreo fue muy azarosa. Tuvieron que salir de España, pero conservaron en buena medida la lengua, la música y ciertas costumbres. De joven, me deleitaba a menudo cantando melodías sefardíes, y, ya de mayor, visité con emoción diversas sinagogas en muchos países. Recuerdo de modo especial la sinagoga de Budapest, en cuyo museo pude contemplar de cerca la indumentaria de los prisioneros de Auschwitz, muchos de los cuales habían salido a empellones de ese barrio…
  • 4. Un buen número de grandes intérpretes musicales fueron hebreos y me deleitaron sobre todo con sus grabaciones. Pensemos, por ejemplo, en Daniel Barenboim y su orquesta árabe-israelí, fundada con el propósito –de veras laudable– de unir a ambos pueblos. La primera vez que visité Alemania, siete años tras la segunda guerra mundial, varios compañeros de la universidad me contaron con emoción el gran gesto que tuvo el célebre violinista hebreo Jehudi Menuhin cuando, poco después de terminada la contienda, recorrió Alemania dando conciertos gratuitos para levantar el ánimo decaído del pueblo. Y, cuando años después hizo el mismo recorrido con el carácter de una gira normal, en todas partes lo recibieron y trataron con ferviente entusiasmo, aunque el artista se hallaba sufriendo entonces un bajón en su condición de intérprete.
  • 5. Un buen día, el azar -o la Providencia- me ofreció una ocasión de hacer algo significativo por un miembro del pueblo israelita. Me hallaba estudiando en la universidad estatal de Salamanca. A media mañana me piden ayuda de Secretaría, pues allí estaba una joven a la que no lograban entender. Mezclaba nerviosamente varios idiomas que yo conozco, y logré darme cuenta de que deseaba matricularse en un curso de español para extranjeros. Era un curso valioso pero difícil para un principiante. Me hice cargo rápidamente de que ella, a pesar de la facilidad que tienen los judíos para aprender lenguas, no iba a poder salvar el examen final y justificar así la beca que había recibido para cursarlo. Y de repente tuve una idea: “Ahora mismo me matriculo con ella en el curso, cuyo horario se compaginaba con el mío, y así hago algo realmente significativo –dentro de su sencillez– por un miembro del pueblo hebreo, al que tanto admiro y estimo”. Fueron días de arduo trabajo, pero al final aprobó el curso. Tengo que añadir que ella –la buena de Sara Benjamin, que éste era su nombre– quería devolverme el favor y entre clase y clase me ayudaba algo a perfeccionar mi hebreo. A veces cantábamos juntos, muy bajito, algún canto hebreo que yo sabía y que en Israel lo suelen cantar los niños en sus juegos, y ella ponía una cara de felicidad. Eran los fugaces momentos de alegría que mostraba un rostro muy marcado por el recuerdo de un pasado desolador. Nunca más volví a verla. Un día me mandó recuerdos por un amigo común. Pero no me dejó su dirección y no pude devolvérselos. Cuando, un día aciago, conocí los atropellos que Hamás cometió con las mujeres hebreas, pensé, sobresaltado, si sería una de ellas mi amiga Sara. Espero que no, y pido al buen Dios –el mismo Elohim al que ellos adoran– que la conserve sana y feliz con su marido y su hijo.

Por favor, no confundamos a los pueblos con los políticos que los rigen contra viento y marea. La imagen de los niños de los que nos habla Elie Wiesel en sus Memorias debiera quitarnos el sueño de por vida.

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