Religión en Libertad
El laicismo inaugural de la Revolución Francesa profanó la catedral de Notre Dame de París situando en un altar a una prostituta que encarnaba la 'Razón'.

El laicismo inaugural de la Revolución Francesa profanó la catedral de Notre Dame de París situando en un altar a una prostituta que encarnaba la 'Razón'.'Fiesta de la Razón en Notre Dame de París el 10 de noviembre de 1793', de Charles Louis Müller (1815-1892).

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Nuestros estados modernos tan inclusivos, tolerantes y democráticos buscan continuamente, en nombre de la neutralidad religiosa, cancelar todo aquello relacionado con el cristianismo

Uno de los casos más recientes ha sido el intento del ayuntamiento de Marsella de prohibir la proyección del docu-drama Sagrado Corazón [Sacré Cœur] alegando que su carácter “demasiado confesional" (pues narra la historia de la devoción al Sagrado Corazón a través de los siglos hasta el día de hoy) atenta contra la ley sobre laicidad. 

A dicha película ya le había sido negado el derecho a rentar espacios publicitarios en el transporte público de Francia (MediaTransports) ya que sus agencias de publicidad (SNCF y RATP) rechazaron la campaña alegando el carácter “religioso y proselitista” del proyecto, el cual consideraron “incompatible con el principio de neutralidad del servicio público”. (1)

Que justo en la nación que mereciera el nombre de hija primogénita de la iglesia y en la cual tuvieron lugar las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque, hace 350 años, se trate de evitar la proyección de un pasaje tan entrañable de su historia, hace evidente la tensión, cada vez mayor, entre el catolicismo y los estados laicos

De esta manera: 

  • en muchos países de Occidente, los ataques a las iglesias católicas aumentan a la par del derribo de cruces y estatuas de santos colocados en la vía pública; 
  • en Italia, los pocos colegios públicos que aún conservan crucifijos en sus aulas han sido presionados a retirarlos
  • en Québec los símbolos religiosos entre los trabajadores del sector público han sido prohibidos; 
  • en los Estados Unidos, el gobierno de Biden dirigió una investigación policial a grupos católicos tradicionales calificados de “extremistas”; 
  • en Londres fue prohibida la oración pública y hasta en silencio; 
  • ni que decir de la amenaza que pende sobre el Valle de los Caídos el cual, además, será sometido a una “resignificación”.

Como vemos, la laicidad, que creímos beneficiaba a todos con su carácter presuntamente neutral, no solo es antirreligiosa, sino que es, esencialmente, anticatólica.

Por ello, no pocos políticos de izquierda felicitan calurosamente a los musulmanes durante sus fiestas mientras llaman “fiestas decembrinas” a la Navidad. Y, aunque muchos líderes conservadores lamentan públicamente el rechazo y la persecución a nuestras raíces cristianas, sus agendas políticas, que promueven leyes hostiles a Cristo y hasta al orden natural, contribuyen considerablemente al proceso de descristianización de la sociedad. Como señala José María Petit Sullá: “Todo Estado laico es, por el solo hecho de serlo, un Estado laicista, esto es, que tiende sistemáticamente a producir una sociedad laica, esto es, a separar a los hombres de la religión y, en definitiva, de Dios”.

Creímos, ingenuamente, que la separación del estado del cristianismo representaba la liberación de la sociedad del “férreo dominio” impuesto por la Iglesia. Mas hoy estamos sufriendo las terribles consecuencias de sustituir la verdad, que libera, con el error, que esclaviza. Pues el estado laicista se ha erigido en legislador supremo decidiendo (de acuerdo con sus propios intereses y agenda) lo que está bien y lo que está mal y, en base a ello, moldea (cuando no coacciona) la acción, la palabra y hasta el pensamiento de las personas.

El estado laico, al rechazar el amparo de Dios y la brújula moral de su ley, va prescindiendo poco a poco ya no solo de la ley divina sino de los principios morales objetivos de la ley natural, por lo cual promueve todo tipo de yerros como el aborto, la eutanasia y el llamado matrimonio homosexual.

Por ello, como señala León XIII

  • "La justicia y la razón prohíben el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad" (Libertas praestantissimum, 16). 

Aunque es evidente que el estado laico impone, a toda la sociedad, incluyendo a nuestros hijos, perversas ideologías, no son pocos los que piensan que el estado cristiano impone la fe a los no cristianos, lo cual no es así. 

Por el contrario, como explica León XIII:

  • "La concepción cristiana del Estado, lejos de mermar los derechos de la autoridad, los engrandece y consolida. (...) Así, los derechos de los ciudadanos son respetados como derechos inviolables y quedan defendidos bajo el patrocinio de las leyes divinas, naturales y humanas (...) que se ordenan al bien común, y no son dictadas por el voto y el juicio falaz de la muchedumbre, sino por la verdad y la justicia" (Immortale Dei, 8). 

Un ejemplo de los beneficios que otorga, especialmente a los más vulnerables, el estado regido por la caridad cristiana son las Leyes de Indias promulgadas por la Corona española a fin de proteger los derechos de los indígenas.

Por ello, la Iglesia enseña que la sana laicidad, como la llamase Pío XII, debe ser entendida como el esfuerzo continuo para distinguir los dos poderes: el poder eclesiástico (puesto al frente de los intereses divinos) y el poder civil (encargado de los intereses humanos), los cuales no deben ser confundidos, pero tampoco separados, pues ambos están unidos en la consecución del bien común. De ahí que el estado deba facilitar (y no obstaculizar, como hace actualmente) que todos los hombres puedan alcanzar su fin último y supremo: la felicidad perfecta  y la vida eterna.

Hoy día, como advirtiese Pio XII:

  • "Muchos miran con espanto el cúmulo de males al que han llevado los errores y el falso derecho… Se ha desvanecido el espejismo de un falso e indefinido progreso, que engañaba a muchos; la trágica actualidad de las ruinas presentes parece despertar de su sueño a los que seguían dormidos, repitiendo la sentencia del profeta: 'Sordos, oíd, y, ciegos, mirad' (Is 42, 18)" (Summi Pontificatus, 59).

Ante este terrible panorama, que puede llevarnos a caer en la desesperanza o a aferrarnos a falsas soluciones, recordemos que la Iglesia católica, “cuyo rey es la verdad, cuya ley la caridad, cuya medida la eternidad” (San Agustín) es la única que tiene la respuesta a todos los males que asolan a la humanidad.

Parafraseando a Chesterton: el cristianismo es la única llave que puede abrir la prisión del mundo entero para permitirnos contemplar la blanca luz diurna de la verdadera libertad (El hombre eterno).

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