Jueves, 17 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Nuevos tiempos, nuevos misioneros pero la fe y el riesgo traspasan el tiempo y los cambios sociales

«No temo por mí, yo ya he entregado mi vida a Dios»: hablan los misioneros, los enviados de Dios

ReL

Aunque el perfil del misionero ha cambiado radicalmente, sigue entrañando riesgo: 40 fueron asesinados el pasado año, explica el periodista Gerardo Elorriaga, en Diario Sur, que en este artículo presenta la necesidad que tienen los misioneros de formarse, tomando como ejemplo el esfuerzo que hace el IEME, el Instituto Español de Misiones Extranjeras, y cuya labor es necesaria en el mundo actual, incluida España, que ahora es tierra de misión. Una labor que ilustra con el testimonio de cuatro misioneros españoles que trabajan en Africa, Sudamérica y el Caribe.

La fotografía en blanco y negro del venerable religioso de barba amplia y espesa que posa rodeado de indígenas en un claro del bosque forma parte de nuestra memoria colectiva. Estos pioneros, a menudo solos y con escasos medios, asumieron la dirección de la obra misionera de la Iglesia católica en los lugares más remotos. “La imagen es real, pero pertenece ya a la historia. A ellos les tocó roturar, pero, hoy, su presencia se ha vuelto minoritaria”, asegura Isidoro Sánchez, responsable de formación dentro del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), entidad que cuenta con una escuela destinada a las nuevas promociones. Sus estudiantes evidencian la transformación y el nuevo perfil de los divulgadores del Evangelio. En el último curso había veinticinco mujeres y tan sólo cinco hombres, apenas contaban con sacerdotes frente al contingente de laicos, y la procedencia también sorprendía. Cinco de las alumnas del último curso eran vietnamitas, miembros de una orden radicada en Navarra y cuya superiora procede de Congo.

Quizás la fe y el riesgo son las características que traspasan el tiempo y los cambios sociales. Según la agencia Fides, 40 misioneros fueron asesinados en 2018 y la mayoría pereció en África, el continente donde, hace unas semanas, resultó abatido por milicianos yihadistas el salesiano español Antonio César Fernández.

España es el país con mayor número de misioneros católicos en el mundo, con más de 11.000 miembros. La mitad de este contingente son religiosas y sus principales destinos se hallan en Perú, Venezuela y Argentina.

Los argumentos constituyen el principal equipaje de aquellos que partirán a entornos de toda condición. Los enviados de Dios han de gozar de una importante base teológica, según sus responsables. “Porque será el cimiento de su identidad y una manera de afrontar el diálogo interreligioso, otra circunstancia de esta época”, aduce Natalia Moratinos, secretaria general de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón.

Las lenguas suponen otra asignatura obligatoria, tanto el francés como el inglés y otras nativas, aunque, curiosamente, la palabra ya no es su única herramienta. “No se transmite el Evangelio sólo con el verbo, también mediante el testimonio y la acción”, apunta Natalia, y señala que, en ese propósito, no hay diferencias de sexo. “Sacerdotes y religiosas nos complementamos, pero ¿ellos dirigirnos a nosotras? No, en absoluto, hay curas mandones en todas partes, pero las monjas somos difíciles para que nos digan lo que tenemos que hacer”.

La tarea, asimismo, difiere en función de los destinos. En Marruecos no se pueden acometer iniciativas propias y la actuación sólo es posible a través de la cooperación con entidades locales. Pero a los misioneros no les resulta complicado convivir en un país musulmán. “Es sencillo compartir la fe en un pueblo de creyentes, lo extraño es hacerlo en España, donde predomina la indiferencia”, advierte. La secretaria general de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón destaca que, frente a las limitaciones magrebíes, en la India se puede llevar a cabo todo tipo de iniciativas y algunos Estados africanos incluso les llegan a confiar el salario de los profesores. “Porque la Administración tiene la certeza de que se lo daremos, aunque tal función también nos pone en peligro”.

Esta orden lleva a cabo actividades de todo tipo. En Colombia colabora en el desarrollo de la comunidad afrodescendiente, en la base de la pirámide social del país, y en Tailandia ofrece educación a las jóvenes camboyanas atraídas a la zona fronteriza, abundante en casinos y burdeles. Pero son conscientes de la falta de relevo en la gestión de tales proyectos. “Nuestro país se ha convertido en tierra de misión, lo estamos viviendo”, lamenta, y alude a la falta de vocaciones tanto autóctonas como foráneas. “La vida religiosa no tiene atractivo”, admite.

¿Habrá que cambiar el modelo? “Sí, mucho, pero, ¿cómo? No lo sé, nadie tiene la respuesta”, aduce, aunque reconoce que el problema no le quita el sueño. “Yo vivo lo que tengo que vivir y allá Dios, él nos ha metido en el lío. Él es el que da y sabe lo que hace”.

Una adaptación difícil

El primer paso hacia la misión puede estar en la parroquia o una congregación, después de discernir si se poseen facultades. A veces, resulta más complicado llegar a la selva que al Vaticano. El sacerdote jesuita Jorge María Bergoglio aspiraba a la vida misionera, pero el padre Arrupe, prepósito de la Compañía, le recordó su pulmón semiamputado. Más tarde, el frustrado aspirante se convertiría en el Papa Francisco. “Se requiere mucha capacidad para soportar condiciones duras de calor, lluvia o modos de vida diferentes, como sucede en Japón, pero tampoco es fácil trabajar dentro de un pequeño grupo de personas en una zona de relativo aislamiento”, indica Sánchez. La adaptación supone otro reto. “No sólo por las barreras físicas, sino también de comunicación. Hay que hacerse niño y que los pobladores sean tus mentores, y eso, para un adulto, es duro”.

El misionero riojano Juan Pablo López acompaña a una anciana de Benín

En la Escuela del IEME no sólo se imparten enseñanzas prácticas y religiosas. Los nuevos misioneros también deben reconocer los problemas de sus nuevos escenarios de trabajo, las claves para entender su realidad, tan ajena en principio, los conflictos o los retos ecológicos. “Hay que compartir ilusiones pero también clarificar objetivos”.

El peligro que suponen los contextos hostiles siempre está presente. “A veces, el misionero no se ha ubicado correctamente”, expone este formador, que destaca la necesidad de ser muy respetuoso con las creencias locales. “No hacemos proselitismo, sino que convivimos con ellos y damos testimonio con la palabra y, sobre todo, con nuestra vida. La fe se contagia a través de la convivencia”. Pero los números evidencian una situación compleja. “Hoy tenemos más mártires que durante los primeros siglos del cristianismo”.

La dirección de los flujos también ha cambiado. Antes, la Iglesia estaba aquí y el ámbito pagano se encontraba allá y se enviaba la novedad del Evangelio, mientras que, ahora, la comunicación es de ida y vuelta. “Nosotros ayudamos a fortalecer instituciones jóvenes, pero también acuden asiáticos y africanos a Europa para ampliar estudios o incorporarse a la vida eclesial”, destaca Sánchez.

Nuevos protagonistas

Lo cierto es que Europa está cediendo protagonismo a otras regiones con joven vocación misionera. Corea del Sur cuenta con unos 1.000 propagadores de la fe católica y ya ha situado a unos 150 en América del Sur. El peso de los seglares también se ha incrementado con iniciativas como las del Camino Neocatecumenal, los seguidores del sacerdote Kiko Argüello, que ya ha tomado la delantera en el concurrido ámbito de las congregaciones con carisma misionero. Alrededor de medio millar de acólitos se ha diseminado por el mundo para exponer su visión de la fe, incluyendo destinos tan inusuales como Suecia o Ucrania. Otras entidades, como Ekumene y Ocasha-Cristianos con el Sur, fomentan, asimismo, la presencia de laicos.

Aquella instantánea del religioso con hábito y aspecto patriarcal ha dado paso a familias de padres treintañeros e hijos pequeños que quieren vivir una experiencia conjunta antes de retomar su vida en España. “En muchos casos, su horizonte son tres años, generalmente renovables, y suelen regresar por las necesidades educativas de la prole”, indica el responsable de formación del IEME. En una tendencia paralela y en sentido inverso, se ha reducido considerablemente el número de sacerdotes que piden permiso en su parroquia para ir allende los mares. “Ya no más de uno o dos por año –apunta–. Hay que vivir la realidad del momento. Hoy, la obra misionera es de todos”.

Regina Casado (78 años), Orden del Niño Jesús: “El misionero debe tener el valor de denunciar”

Regina Casado asegura que había mucha pobreza en su Bierzo natal, allá en los años sesenta, cuando era joven. “Vi injusticias y quería ser religiosa”, recuerda. Fue entonces cuando conjugó experiencia y apetencia en una vocación que la condujo muy lejos. “Pedí ir a África tan pronto como hice los votos”. Fundó una misión en Camerún donde permaneció durante veintidós años, a pesar de su miedo a los bichos y la malaria.

Regresó tras ceder el testigo a religiosas nativas, pero pronto demandó volver al continente y encontró nuevo destino en la vasta periferia de Dakar, la capital senegalesa, un lugar de aluvión donde vive desde hace casi dos décadas, empeñada en la educación de las muchachas. “Les hago comprender la necesidad de saber leer y escribir, de desenvolverse por sí mismas y gobernar su vida”, explica. Con el apoyo de la ONG española Manos Unidas, gestiona un centro para chicas “donde se imparte una formación integral para que no sufran la opresión de la pobreza”.

Regina Casado, en una escuela de los alrededores de Dakar

Hay que conocer y comprender, explica, y mantener un espíritu abierto para impulsar la cultura tradicional e inculcar la moderna. “Y defender las causas. Sin exponerte, pero tampoco acongojarte. Yo ahora lucho contra la droga en esos barrios miserables y su influencia en los más jóvenes. El misionero debe tener el valor de denunciar”.

Juan Linares (75 años), Salesiano: “El ser humano seguirá implicándose por los demás”

Juan Linares ha robado horas al sueño buscando a los menores que pernoctaban en parques de Haití o la República Dominicana, ganando su confianza y proporcionándoles herramientas para que fueran protagonistas de sus vidas. “Eran niños y adolescentes condenados a no ser nadie y resultaba sumamente estimulante que se convirtieran en mecánicos o ingenieros”. A juicio de este salesiano salmantino, toda opción exige renuncias, pero el ser humano tiene trascendencia, una dimensión distinta que nos hace solidarios. “Por eso seguirá implicándose por los demás”.

Su experiencia en la región recoge episodios tan duros como el terremoto de 2010 en Puerto Príncipe. “Sabíamos que había una escuela que se había venido abajo con 200 alumnos en su interior”. Recuerda “la visión de gente traumatizada caminando sin rumbo” y cuenta algunos sinsentidos: “Las instituciones nos pedían facturas para justificar los gastos de la ayuda de emergencia pero ni siquiera había papel”.

Linares, con dos niños haitianos tras el terremoto que asoló la isla

En el haber de sus penalidades, también incluye la estancia en La Habana durante el periodo castrista más férreo, aislados del mundo. “Es muy duro cuando no puedes ser quien quieres ser”. En cualquier caso, el balance es satisfactorio: “Hay momentos de cansancio, de interrogantes, pero, más allá de todos ellos, lo cierto es que he sido muy feliz”.

Victoria Braquehais (42 años), Pureza de María: “Mi tierra posee un horizonte que se mueve”

A Victoria Braquehais se le advirtieron pronto maneras y un espíritu aventurero. Aquella niña mallorquina pidió a los Reyes Magos un diccionario de suajili-español. El continente africano era su vocación, aunque, mientras se materializaba esa aspiración, estudió Filosofía y Teología en Roma, y se licenció en Filología Inglesa. “La sabiduría tiene poca importancia con la gente pobre”, aduce, aludiendo a sus diez años en el poblado de Kanzenze, al sur de la República Democrática de Congo.

Sus inquietudes intelectuales revelan que, incluso en un lugar tan aparentemente remoto, las misioneras de hoy en día diversifican sus intereses, no se aíslan ni rompen con el mundo. Ella escribe en el blog 'Conectando con África', lee sobre biología o psiquiatría, gestiona escuelas, desarrolla proyectos de cooperación con la ONG Manos Unidas y comparte con un amigo musulmán comentarios sobre el Evangelio escrito en arameo. “Mi tierra posee un horizonte que se mueve”, dice, y aunque le asustan los perros, va por el Congo “como Pedro por su casa”.

Victoria lleva diez años destinada en un poblado africano

No tiene miedo por residir en uno de los países más torturados del mundo, “aunque no sé qué puede suceder en el futuro. Mi única preocupación es que la inestabilidad afecte a los chicos de la escuela, pero no temo por mí, yo ya he entregado mi vida a Dios y he descubierto que lo realmente importante es lo que Él quiera”.

María Jesús Pérez (63 años), Franciscana terciaria: “Necesitamos tiempo de retiro, no se da lo que no se tiene”

María Jesús Pérez proviene de una familia con ascendiente religioso –uno de sus tíos fue sacerdote y resultó asesinado en Chad en 1975– y se reconoce impulsada por el deseo de justicia social. “Me gusta escuchar y ver qué se puede hacer”, explica esta monja leonesa afincada en Ecuador desde hace 35 años. Ahora bien, las similitudes con una misionera al uso acaban ahí. Las convenciones no la encorsetan. Ella es una promotora, mujer de acción y resolución. La conocimos en los Andes junto a las comunidades indígenas y nos despedimos en un aeropuerto de la costa del Pacífico, dispuesta a volar a la Amazonía. “Yo soy itinerante como San Francisco”, confiesa. A lo largo de ese periplo, ha apoyado iniciativas de economía social, turismo ecológico y comercio justo en el país sudamericano. “Hay que escuchar, apoyar y exigir derechos, tampoco podemos descuidar la incidencia política”.

María Jesús ha pasado los últimos 35 años en Sudamérica

Directora ejecutiva de la Fundación Maquita, achaca su vitalidad a esa mirada propia de las mujeres. “Queremos igualdad y desarrollamos una visión más integral”. Los proyectos surgen de oír a las indígenas y asumir sus aspiraciones. Pero, ¿hasta dónde se puede llegar en ese esfuerzo por los más desposeídos? “Es imprescindible parar”, admite. “Necesitamos tiempo para el silencio, de retiro, para llenarse de Dios. Y descansar, claro, que no se da de lo que no se tiene”.

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