Sábado, 24 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Varias de sus novelas fueron llevadas al cine

La Iglesia necesita leer a Bruce Marshall: la sugerencia de un canónigo a sacerdotes y obispos

Dirk Bogarde en «El ángel vestido de rojo» (1960), película de Nunnally Johnson basada en una novela de Bruce Marshall.
Dirk Bogarde en «El ángel vestido de rojo» (1960), película de Nunnally Johnson basada en una novela de Bruce Marshall.

ReL

El escritor escocés Bruce Marshall se convirtió cuando era joven y supo contar el catolicismo con humor y elegancia literaria. Sus novelas han conmovido e inspirado a generaciones de creyentes. Releerlas hoy sería un gran bien, ante todo, para obispos y sacerdotes, sugiere precisamente uno de ellos, Fabrizio Porcella, canónigo de la catedral de Cagliari (Cerdeña), en Il Timone:

Hace falta un plan (Bruce) Marshall

Un contable al servicio de Dios, militante de su Iglesia. Puede parecer una definición singular, pero a quien esto escribe le parece acertada para presentar al que fue un gran escritor católico, que gozó de una notable popularidad en Italia, y no solo en Italia, antes de caer en un olvido relativo. Hablamos del escocés Bruce Marshall.

Nacido en 1899 en Edimburgo y fallecido en la Costa Azul, en Francia, en 1987, se convirtió al catolicismo, ofreciendo como dote a La bella esposa -la Iglesia y el título de una de sus novelas, The Fair Bride- un agudo sentido del humor. Empezó a escribir después de dos traumáticas experiencias: la participación en la Primera Guerra Mundial y la amputación de una pierna. Sus estudios lo habían preparado para ser contable, trabajo que realizó una vez terminada la Primera Guerra Mundial; pero se convirtió también en un novelista de gran fama.

El motivo de estas líneas es, ante todo, exteriorizar mi alegría por haber conocido a Marshall en mi vida sacerdotal a través de sus libros; desearía que esta alegría fuese contagiosa, porque os puedo asegurar que sus novelas son un gran bien para los sacerdotes, los obispos y los fieles laicos.

Una mirada litúrgica

Un sacerdote se reconoce en ellas: ¿por qué?

Porque vislumbra la pura felicidad de celebrar los sacramentos en líneas repletas de amor y humor:

"El padre empezó la misa, confesando a Dios Omnipotente, a la Santísima Virgen María, al beato Miguel Arcángel... a Tom O'Hooley, a Angus McNab, a Patrick O'Shea y a la viejecita de los medios servicios de manos callosas arrodillada en el fondo, en la corriente, que había pecado mucho..." (El mundo, la carne y el padre Smith).

Conmovedora y encantada su mirada sobre el Canon eucarístico:

"El misterio se dirigía rápidamente al final. Los nombres de los santos aparecían y desaparecían, como ventanas iluminadas por la luz de Dios, el cual fulguraba desde la órbita fijada por Él mismo a la propia revelación" (El mundo, la carne y el padre Smith).

Esta mirada sobre la parte más sagrada de la misa sorprende tanto más cuanto que entonces se celebraba en voz baja y en latín; Marshall debía de tener un ojo penetrante, de fiel enamorado del Señor y de la Iglesia, un ojo capaz de ver lo esencial a través de los velos litúrgicos. Liturgia "antigua" la llamaríamos hoy; entonces era la única forma de rito romano, que el novelista escocés amó y después añoró cuando se introdujo la reforma litúrgica

Un sacerdote puede encontrar en estas novelas también la desilusión que se siente durante la predicación, cuando se da cuenta de que la audiencia parece preocupada únicamente por la parte más interesante de la homilía: el final. De hecho, el padre Smith -uno de sus personajes más logrados-, "mirando los rostros a los cuales estaba predicando, vio... una boca abierta... varias mujeres estaban abiertamente repitiendo el rosario..." (El mundo, la carne y el padre Smith).

Leemos también sobre el cansancio físico del ministerio pastoral, por el hecho de ir de una casa a la otra, visitando enfermos.

Muy importante en la vida sacerdotal, en especial quizás para los sacerdotes jóvenes, es el celo mezclado con temor allí donde haya un penitente... ¡impenitente! Y aquí emerge el genio católico del escritor escocés: "¿Te arrepientes de no arrepentirte?", le pregunta el sacerdote a un viejo marinero agonizante, obteniendo el suspirado "Sí" para dar la absolución.

Personalmente no tengo ninguna rémora en decir que estoy agradecido a Bruce Marshall por esta frase; habiendo leído la novela en la cual está escrita -El mundo, la carne y el padre Smith- antes de mi ordenación, puedo decir que me sirvió en el ministerio de la Confesión, al principio y después. 

Cantor de la Iglesia "experta en humanidad" 

Marshall es genial porque muestra cómo la sabiduría católica es capaz de ir más allá de la aparente resistencia a la gracia divina, más allá de la dura corteza de un pecador empedernido, al ser la Iglesia "experta en humanidad" como decía Pablo VI y, por ende, capaz así de distinguir la impenitencia efectiva de la telaraña de complejos más psíquicos que espirituales.

¿Qué sacerdote preparando un sermón sobre un mártir y qué fiel escuchando su vida heroica no se ha preguntado: "¿Qué habría hecho yo su lugar? ¿Sabría ser coherente con mi bautismo y sacerdocio? ¿Hasta el final?"? Pues bien, en una novela ambientada en la Guerra Civil española, un sacerdote protagonista del relato, viendo acercarse la persecución que llenará de sangre cristiana la península ibérica, piensa: "Tal vez el martirio era menos doloroso de lo que creía... Había un límite al dolor terreno, solo el del infierno y el purgatorio era ilimitado. Entonces, ¿por qué tenía más miedo de ser fusilado o apuñalado que del castigo que lo esperaba más allá de la tumba? Un sacerdote como él, religioso solo por convención, no podía ciertamente esperar que evitaría el purgatorio..." (The Fair Bride).

La novela The Fair Bride de Bruce Marshall fue adaptada para el cine en la película El ángel vestido de rojo, dirigida en 1960 por Nunnally Johnson con un reparto extraordinario: Ava Gardner, Dirk Bogarde, Joseph Cotten y Vittorio de Sica. 

Los sacerdotes, los laicos, los obispos: ninguno de los personajes de los libros de Marshall es un dibujo "de estampita", sino que son todos personas verdaderas, como las que él conocía en su vida de creyente, como las que podemos encontrar nosotros hoy. Los límites y los pecados del "personal eclesiástico" no fueron nunca un obstáculo para la conversión de nuestro escocés, no le dejaron a los márgenes de la vida eclesiástica para consumirse en la amargura o a la espera de una Iglesia hecha de perfectos, consciente de que "toda la Gloria está en lo profundo".

Todo lo contrario: cada página que él escribió está impregnada de verdadera fe, que acepta para sí mismo y para los demás, para la Iglesia en la que vive, exactamente aquello que el Señor quiso y permitió. Esta fe animada por el amor brota en un fino humor sobre la realidad más... humana de la comunidad eclesiástica. Una imagen captada en un capítulo de canónigos: "El canónigo Isidro Rota y Musòns, un catalán de ojos porcinos... fumaba pipa. Pero don Arturo se mantuvo igualmente alejado, puesto que era ya mediados de julio y el olor a ajo y sudor propio de ese dignatario de la Iglesia había llegado a una perfecta maduración" (The Fair Bride).

El Espíritu Santo y las locuras de los sabios

No sabría decir si un liturgista aprobaría esta aguda máxima llena de sabiduría de otro personaje de Marshall, que ciertamente también emana de un corazón acostumbrado a la oración:

"El fin absoluto de la liturgia era volver a los hombres tan ciegos a fuerza de ver la belleza de Dios, que ya no conseguían ver la fealdad del prójimo" (A Thread of Scarlet). 

No es ciertamente un hombre propenso al irenismo, nuestro escocés:

"El Espíritu Santo siempre había impedido, incluso al más banal de los propios sacerdotes, decir las locuras que dicen los sabios" (A Thread of Scarlet).

También es fulminante la broma con la cual el padre Smith responde a la feminista que intentaba explicarle al simple sacerdote de las Highlands las condiciones magníficas y progresivas de la revolución sexual, que liberaría al hombre de la neurosis de la religión:

"Yo prefiero seguir pensando que el instinto sexual es un subrogado de la religión, y que el joven que llama al timbre del prostíbulo está buscando a Dios sin saberlo" (El mundo, la carne y el padre Smith). 

El mundo, la carne y el padre Smith se ha editado varias veces en español.

En las páginas de Marshall se mueve una miríada de figuras como si de un gustosísimo pesebre se tratara: reales en sus defectos como en el deseo de santidad, simpáticos porque cada uno de nosotros, al menos en una página, puede verse reflejado y decir: "Mira, yo también estoy, veamos que es lo que pasa en esta historia". En ellas encontramos simples parroquianos, coroneles, soldados de trinchera, señoritas directoras de coros parroquiales, monaguillos, tranviarios, prostitutas, la atmósfera delicada de una sacristía y el poderoso sonido de dos guerras mundiales, que el autor conoció bien.

Sí, es verdaderamente bueno para el corazón y la mente leer a Bruce Marshall; además, es una ocasión para repasar una teología sólida y un catecismo veraz. Y para mis colegas es una fuente casi inagotable de inspiración para hacer unas homilías fascinantes.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

Si quieres leer más sobre Bruce Marshall en ReL:

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