Martes, 28 de junio de 2022

Religión en Libertad

400 años de la canonización de los santos Isidro, Teresa, Ignacio, Francisco Javier y Felipe Neri

1622, una canonización para la historia: ¿triunfo de la Reforma católica o del poderío de España?

San Isidro, Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.
Canonizados el 12 de marzo de 1622: de izquierda a derecha: San Isidro, Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Javier Lozano

Este sábado se cumple el IV Centenario de una de las canonizaciones más importantes de la historia de la Iglesia. Pocas veces, por no decir ninguna, personajes tan conocidos, venerados y relevantes en la Iglesia han sido declarados santos a la vez en una ceremonia que tuvo una repercusión sin igual en todo el orbe católico.

Un 12 de marzo de 1622, en la recién terminada basílica de San Pedro, el Papa Gregorio XV canonizaba a los españoles San Isidro, Santa Teresa Ávila, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y al florentino San Felipe Neri, llamado el apóstol de Roma.

Aquel histórico día para la Iglesia subieron a los altares la reformadora del Carmelo y gran mística española, el fundador de la Compañía de Jesús, uno de los misioneros universales y actual patrono de las misiones, y el también fundador de la Congregación del Oratorio. Junto a ellos estaba el humilde agricultor y patrón de Madrid.

El propio Papa Francisco, de vocación jesuita e hijo espiritual de dos de los canonizados, quiere estar presente en esta efeméride y este sábado a las 17.00 celebrará una eucaristía en la iglesia del Gesù, la casa madre de la Compañía de Jesús, para celebrar este cuarto centenario de la declaración como santos de Ignacio de Loyola y Francisco de Javier.

Durante siglos se ha visto esta canonización como una demostración del poder de la corona española en el orden católico. Grandes hombres y mujeres de la Iglesia nacidos en España subían a los altares tras haber hecho un gran bien por la Iglesia.

Sin embargo, de este histórico evento de 1622 se puede extraer también otra gran interpretación, que no anula la anterior sino que la complementa. Se trataría de lo que se llamaría “la canonización de la Reforma católica”.

Así lo cree el padre Fermín Labarga, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y experto en Historia de la Iglesia. Tras haber estudiado profundamente la gran canonización de 1622 publicó un extenso artículo al respecto en el Anuario de la Historia de la Iglesia.

Profesor Fermín Labarga

El sacerdote Fermín Labarga es profesor Ordinario de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

En una entrevista con Religión en Libertad, el padre Labarga explica este matiz al considerar este hecho “como la canonización de lo que se buscaba y pretendía por medio de la Reforma católica y que quedó claramente manifestado con estos cinco santos, cuatro de ellos españoles”.

Los ejemplos de la Reforma católica

Este sacerdote señala que estos nuevos santos fueron en aquella ceremonia “el refrendo del éxito de la Reforma católica”, dando a cada nuevo santo un aspecto concreto:

-“La fuerza de las nuevas congregaciones de los clérigos regulares, la más importante de las cuales eran los jesuitas, y que queda de manifiesto con la canonización de San Ignacio”.

-“La reforma de las órdenes antiguas de la Iglesia. Una reforma importantísima la representa Santa Teresa en el Carmelo”.

-“Una reforma del propio clero secular, y cuyo representante sería San Felipe Neri".

-“Una de las claves del éxito fue la potenciación de las misiones. Y aquí estaría San Francisco Javier”.

-“Todo ello anclado en la tradición de la Iglesia, y el primero de los santos fue San Isidro”.

El santo patrono de Madrid fue un humilde labrador del siglo XII que “llegó a la santidad de una manera sencilla, con su trabajo, mediante obras buenas, piadosas y de caridad, algo muy significativo ante el lema protestante del ‘fe sin obras’, que con San Isidro era lo contrario: ‘fe con obras’”.

Precisamente, el perfil de San Isidro era muy diferente al del resto de sus compañeros de viaje en aquella canonización. Pese a todo, fue el primero de los cinco y el que la encabezó, sin importar que los otros cuatro fuesen más universales y la devoción hacia ellos se diera por todo el orbe.

Por qué San Isidro fue el primero

Pese a que las crónicas dejaron constancia de que fue un día especialmente frío, el ambiente que reinaba en los aledaños de la basílica de San Pedro era realmente de gran fiesta. Desde primera hora, empezaron a llegar carruajes que traían a los invitados y el lugar estaba repleto de fieles y curiosos, y la basílica a reventar.

Grabado de la canonización de 1622

Detalle del grabado conmemorativo de la canonización, Matheo Greuter, Roma 1622.

La canonización del 12 de marzo de 1622 fue histórica también porque en ella se produjo un hecho sin precedentes hasta la fecha. “Se canonizaba un santo normalmente, dos era ya algo extraordinario, pero encontrarse a cinco fue una novedad absoluta. Para los cinco hubo que hacer una verdadera labor de diplomacia entre los promotores de las distintas causas porque todos querían que su santo fuera el primero. Pero se mantuvo esa prioridad de San Isidro, también por antigüedad”, explica a ReL Fermín Labarga.

Es importante recordar que la canonización iba a ser únicamente la de Isidro, y todo estaba preparado para ello, sobre todo tras los esfuerzos realizados por la Corona española, promotora de esta causa, y la Villa de Madrid. Y fue después que se fueron añadiendo a esta cita el resto de futuros santos, en lo que fue no sólo una dura lucha de diplomacia entre órdenes religiosas sino también a nivel político, con el papel jugado por diversas casas reales como la española o la francesa.

“La canonización fue muy compleja en este sentido, pero también un éxito de la diplomacia vaticana”, confirma este experto en Historia de la Iglesia.

Como la única canonización prevista al principio era la de San Isidro, todo se hizo en torno a él. En San Pedro, que todavía no contaba con el baldaquino de Bernini, era costumbre construir lo que llamaban teatro, un gran escenario en el interior de la basílica. Esta construcción temporal era costeada por el promotor de la causa, en este caso la Villa de Madrid. Por ello, pese a ser finalmente una ceremonia con cinco santos todos los emblemas y adornos estaban relacionados con San Isidro, visibles junto a los escudos del Rey de España Felipe IV y de la Villa de Madrid.

Tras el santo madrileño la segunda en ser añadida fue Santa Teresa de Ávila, cuya causa estaba tan bien preparada que desde la Congregación de Ritos afirmaron que nunca les habían presentado un trabajo tan bien hecho. Finalmente, explica el padre Labarga, “los carmelitas consiguieron que el Papa accediera a una canonización conjuntamente con San Isidro”.

Sin embargo, los jesuitas no querían desaprovechar esta oportunidad y tras tener acabado el proceso querían ver ya canonizado a su fundador. La Compañía de Jesús tenía importantes e influyentes apoyos, especialmente el del rey de Francia, y así logró la introducción de San Ignacio.

La de San Francisco Javier fue la siguiente en añadirse, pero de manera distinta al resto. “Fue el propio Papa quien la introdujo. Era un Papa muy motivado por las misiones. Hay que recordar que fundó la Congregación para la Propaganda Fide poco después. Ya entonces Francisco Javier tenía una gran popularidad”, explica el profesor de la Universidad de Navarra.

Canonización de 1622.

Con el paso de los años esta canonización se ha percibido como más histórica aún ante la grandeza de aquellos santos.

Repercusiones más allá de lo religioso

Por último, fue la propia Congregación de Ritos, encargada de llevar a cabo los procesos, la que sugirió al Papa que no fuera únicamente una canonización de españoles. Al estar ya concluido el proceso de San Felipe Neri, un santo muy popular en la ciudad de Roma, se decidió a última hora incorporarlo a esta canonización, que se acabaría convirtiendo en histórica.

Gregorio XV dio con la solución idónea. Todos debían ceder para no quedarse fuera: el rey de España y la villa de Madrid transigían con la celebración de una ceremonia de canonización múltiple a cambio de conservar el primer puesto y el protagonismo escénico; el monarca francés aceptaba el status quo iconográfico y renunciaba a cualquier presencia simbólica en la celebración a cambio de hacerse presente como promotor de la causa ignaciana; la Compañía de Jesús renunciaba al  primer puesto para su fundador a cambio de la certeza de una canonización inminente y un segundo puesto muy honorífico, además del hecho doblemente gratificante de contar en el nómina con otro jesuita igualmente canonizado; y, por último, los  carmelitas, sabiendo que no contaban con apoyos externos tan soberanos, aceptaban  con resignación y elegancia el último lugar a cambio de no tener problemas ni con la Compañía ni con Francia en vistas a su expansión”, cuenta Labarga sobre esta complicada mezcla de negociaciones, influencias y presiones tanto en el seno de la Iglesia como fuera de ella.

Como se puede observar, el Papa tuvo que hilar muy fino en un momento en el que las cuestiones religiosas tenían grandes repercusiones políticas. “Todo iba entrelazado –agrega el profesor de Teología- y las Cortes europeas movieron ficha para hacerse presentes. Los grandes promotores de la Compañía de Jesús fueron los reyes de Francia. Pero los carmelitas contaban con el apoyo de la corte de Viena. Todas las potencias quisieron intervenir en una ocasión que se intuía histórica. Incluso se nombraron embajadores para la ocasión”.

A partir de esta canonización de 1622 la Iglesia tomó medidas para regular los procesos de beatificación, pero también las cortes europeas empezaron a influir bastante, pues “la canonización de los santos revertía en la gloria del propio país”.

En este sentido, “la Corte española sufragó y patrocinó algunos procesos porque se entendía que era una gloria que un país tuviera muchos santos canonizados”, concluye Labarga.

(Puede profundizar en más detalles de esta histórica canonización en el artículo de Fermín Labarga en el Anuario de Historia de la Iglesia).

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