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Dolorosa Montañés

Dolorosa MontañésJesús Ortiz

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«Hay acontecimientos en los que la tragedia es tan terrible que solo cabe el silencio, el abrazo, la oración y la fraternidad solidaria» ha escrito en las redes sociales mons. Luis Argüello el presidente de la Conferencia Episcopal, resumiendo el sentir de la Iglesia, después del accidente ferroviario en Adamuz.

Ola de solidaridad

Y el Santo Padre se ha mostrado profundamente apenado por la dolorosa noticia, con palabras de fe para consuelo de los familiares, a la vez que ofrece sufragios por el eterno descanso de los difuntos. Se puede destacar en estos momentos la unión afectiva y real de todos creyentes y no creyentes en solidaridad con los familiares.

Los creyentes tenemos esperanza en la misericordia de Dios y experiencia de la caridad vivida en la Iglesia en la forma de comunión de los santos. No porque seamos santos sino porque estamos llamados a la santidad desde el Bautismo y tenemos los medios para llevar este mundo, con sus gozos y dolores, hacia Dios. Y convencidos de que un gran mal Dios puede sacar un gran bien, el primero es esa ola de solidaridad y de experimentar los valores imperecederos. Este accidente puede ser un frenazo para mirar con atención hacia fuera, hacia los demás, acompañar y querer al que sufre, a olvidarse de los pequeños problemas personales para conectar con el prójimo.

Acontecimiento eclesial

Se acerca la fiesta de la conversión de san Pablo fecha en la que termina el Octavario por la unidad de los cristianos. Y una desgracia como la que vivimos ahora nos hace más conscientes de la comunión profunda con los que seguimos a Jesucristo, a pesar de los pesares, aprendiendo de la historia. En efecto, desde el principio han surgido divisiones entre los cristianos causadas por celotipias e intereses humanos, y también motivadas otras veces por los poderosos en su afán de condicionar a la Iglesia y sujetar las conciencias.

Recordemos dos grandes cismas, el de Oriente en el siglo XI el de Occidente en el siglo XIV, y después el intento de reforma a cargo de Lutero, rompieron la unidad. Ya al principio Pedro fue librado de las cadenas en la cárcel por un ángel mientras la Iglesia rezaba por él, comunión de los santos y cadenas que se conservan en un templo en Roma, la Ciudad Eterna. Son un singo de las dificultades de la Iglesia para vivir en libertad en tantos lugares y a veces maltratada por los mismos creyentes.

Esa aspiración a la unidad de los cristianos no trata tanto de recuperar el pasado como de desarrollar la evangelización abrazando a los hermanos separados y atrayendo a los que todavía no conocen a Jesucristo.

Conocerse y comprenderse

El Decreto sobre el ecumenismo del Vaticano II lo sitúa como uno de los principales propósitos del Concilio, porque la división histórica contradice abiertamente la voluntad de Jesucristo y es obstáculo para la evangelización. Desde noviembre del año 1964 mucho se ha avanzado en el camino de la unidad, de la comprensión, del entendimiento y de la comprensión entre hermanos separados.

No se trata de una tarea diplomática por decirlo así sino de necesidad imperiosa de vivir en la única Iglesia fundada por Jesucristo e impulsada por el Espíritu como camino de salvación para todos. El documento exhorta a celebrar el Octavario anual de oración y conversión de los corazones: «El auténtico ecumenismo no se da sin la conversión interior. Porque es de la renovación interior, de la abnegación propia y de la libérrima efusión de la caridad de donde brotan y maduran los deseos de la unidad».

Los Doce con Pedro a la cabeza y Pablo, el apóstol de las gentes, desarrollaron la primera Iglesia y desde el primer concilio de Jerusalén, promovieron la unidad saliendo al paso de las desviaciones desintegradoras. Siguen intercediendo ante Dios Uno y Trino para que la Iglesia genuina llegue al mundo entero sin mutaciones ni anquilosamientos.

Por eso en el Octavario procuramos vivir la unidad con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro Vicario de Cristo, y también miramos a Pablo para aprender de un santo excepcional y un líder humano sin precedentes, que empezó la aventura maravillosa de una vida comprometida con la fe aquel día que Jesús frenó cerca de Damasco su camino de violencia contra los cristianos. Lo recordaremos especialmente el próximo día 25 en el que la Iglesia celebra la conversión de san Pablo.

«Conocerse y comprenderse» es el título de una obra de la teóloga Jutta Burggraf que resume bien la aspiración de la Iglesia católica y de nuestros hermanos separados de poner en práctica la oración de Jesucristo en el Cenáculo: Que todos sean uno.

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