Göring, el sucesor de Hitler que renegó de Cristo poco antes de suicidarse cuando acabó Núremberg
El Führer le mantuvo como su sucesor hasta cuatro días antes de suicidarse él también.

Adolf Hitler (1889-1945) nombró sucesor a Hermann Goering (1893-1946, en el centro de la imagen), aunque le destituyó cuatro días antes de morir en beneficio del almirante Karl Dönitz (1891-1980).
Nuevamente en candelero gracias a la película Núremberg (dirigida por James Vanderbilt en 2025), la figura de Hermann Göring, número dos del nazismo, encarnó varias ideologías que aún hoy siguen siendo dominantes.
Y hasta el final renegó de Cristo.
Francesco Agnoli hace su retrato en Il Timone:
Las filosofías del siglo XIX habían estado proclamando la llegada del regnum hominis: "Cristo ha fracasado", "Dios ha muerto", se decía; está a punto de aparecer el superhombre en la historia. Después llegó la Primera Guerra Mundial y el desastre indescriptible de la Segunda: más de 50 millones de muertos, las monstruosidades más atroces y la necesidad de lidiar con el misterio del mal.
El Tribunal de Núremberg, llamado a juzgar a los nazis al final de la guerra, fue también esto: no solo el ajuste de cuentas entre vencedores y vencidos; no solo el intento un tanto puritano de los estadounidenses de erguirse en brújula moral de la humanidad (de ahí el episodio falso y un tanto ridículo del encuentro entre el fiscal Robert Jackson y el Papa Pío XII en la película Núremberg, recientemente estrenada en los cines), sino también el intento de comprender el fracaso del hombre contemporáneo, de entender de dónde había surgido el infierno en la tierra, pasando por la Alemania moderna y secularizada, patria de los filósofos y científicos más importantes de la época.
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Comunistas acusadores
En realidad nacía un intento, que aunque no carecía de buenas intenciones, estaba cargado de una profunda ambigüedad: entre los acusadores se encontraban también los comunistas, culpables no solo de haber inventado los Gulags antes que los campos de concentración, sino también de haber favorecido el ascenso de Hitler, colaborando durante años con los nazis en el derrocamiento de la República de Weimar.
Ni siquiera los jueces estadounidenses podían decir que representaban a gobiernos inmunes a los crímenes, cometidos no solo en tiempos de guerra (pensemos en las bombas atómicas), sino también en tiempos de paz (me refiero en particular al hecho de que varias leyes racistas y eugenésicas de los nazis estaban inspiradas en leyes similares promulgadas anteriormente en Estados Unidos).
El caso es que faltaba el actor principal, porque Adolf Hitler había logrado escapar al juicio: nunca había creído en la conciencia, en una ley divina superior, en un Dios personal y juez y, ante la derrota, había reivindicado el "derecho" del superhombre a decidir sobre su propia vida, con el suicidio.
La ausencia del Führer
Así, cuando se celebró el juicio de Núremberg, nadie tuvo la oportunidad de hacerle preguntas: ni los jueces, ni los psiquiatras, ni los capellanes. Quizás, si Hitler hubiera sobrevivido, alguien le habría preguntado no solo por los crímenes de guerra y sus perversiones sexuales, sino también por qué le gustaban tanto la magia y la astrología y se deleitaba estudiando los textos de un mago, Ernst Schertel, según el cual "Satanás es el guerrero fecundo que crea y destruye": ¿la sangre derramada a raudales en la Segunda Guerra Mundial había sido también un sacrificio ofrecido al Príncipe de las Tinieblas?
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Tras la muerte de Hitler, los aliados se vieron en la necesidad de conformarse: ninguno de los jerarcas nazis estaba a la altura del Führer; todos, en comparación, eran comparsas descoloridas, marionetas más o menos diligentes. El único que gozaba de cierta fama era Hermann Wilhelm Göring, por su cercanía a Hitler, de quien había sido vicepresidente y heredero designado. Por eso, el fiscal le preguntó si se daba cuenta de que era el único hombre vivo capaz de explicar al mundo los verdaderos principios del Partido Nazi y los mecanismos más ocultos de su dirección suprema.
Parecía "una señora gorda"
Pero, ¿quién decía eso, creía realmente en esas palabras? Sin duda, esas frases tenían un fundamento: antes de convertirse en el sucesor designado del Führer, Göring había sido un héroe de la Primera Guerra Mundial; había utilizado su fama y sus condecoraciones para favorecer el ascenso del oscuro cabo austriaco; había dirigido y potenciado las SA, planeado el fallido golpe de Estado de Múnich y buscado en vano el apoyo de Mussolini con un viaje a Italia...
Una vez que los nazis llegaron al poder, participó en primera línea en la Noche de los Cuchillos Largos y en la eliminación de Ernst Julius Günther Röhm (que se había vuelto incómodo por su ostentosa homosexualidad y por sus ideas no solo muy negras, sino también rojas) y creó la Gestapo y los campos de concentración para los enemigos políticos...
Pero, había un pero: los aliados también sabían que, más allá de todas estas aventuras, Göring no había sido un teórico (como mucho, se había involucrado en alguna campaña animalista contra la vivisección) y no tenía el carisma luciferino de su líder. Su físico también contribuía a restarle credibilidad: tras ser herido en la Primera Guerra Mundial, el uso de la morfina lo había vuelto dependiente, gordo y flácido... Parecía "una señora gorda" que avanzaba sudando y jadeando.
Limitó las acusaciones
Cuando aún era jefe de la fuerza aérea alemana, a veces se quedaba dormido durante las reuniones y, a menudo, a la guerra prefería las comidas solemnes, el saqueo de obras de arte por toda Europa y una vida sexual intensa y extravagante. De esto también se sabía algo: los estadounidenses tenían un expediente sobre Hitler, al que definían como "bisexual", mientras que de Göring sabían que gozaba de una fama similar, alimentada sobre todo por su ropa extravagante, sus uñas pintadas, su colección de cremas y su morbosa pasión por las joyas y el lujo.
Un expediente fabricado sobre él, cuando los nazis aún estaban en la oposición, decía: "Muestra signos evidentes de homosexualidad reprimida, como lo atestigua su inclinación por la ropa llamativa y el uso de cosméticos".
Aun no estando a la altura del papel que le había asignado el Tribunal, Göring no dejó de dar espectáculo con notable capacidad retórica, quizás halagado por ser el acusado más importante, declaró su lealtad a Hitler, asumió sus responsabilidades, pero al mismo tiempo limitó las acusaciones, en algunos casos con razón.
Leyó a Nietzsche y Hegel
Aseguró que el incendio del Reichstag no había sido obra de los nazis, que solo se habían aprovechado de él (esta es la tesis dominante hoy en día), declaró que sí, había iniciado la represión económica de los judíos, pero que no tenía ninguna responsabilidad en su exterminio; reivindicó haber intentado mantener buenas relaciones con Inglaterra, no haber estado de acuerdo con el ataque a la URSS y haber perdido el favor del gran líder, cada vez más sombrío e intransigente, a partir de 1943.
En el juicio, un testigo declaró: "Göring nunca pisó un campo de exterminio. No tenía valor", mientras que su ayudante añadió: "Cuando se avecinaba una tormenta, huía a París o a Italia".
El 21 de mayo de 1946, Göring confió al psiquiatra Leon Goldensohn que había leído, entre otros filósofos, a Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Hegel y Feuerbach, en su mayoría ateos y detractores del judaísmo del Antiguo Testamento y del cristianismo. Al comprender que se encaminaba hacia la muerte, Göring pidió morir fusilado, como un soldado. Pero ante la decisión de los jueces de condenarlo a la horca, lo consideró intolerable y prefirió "morir como un gran Aníbal", suicidándose con cianuro.
Se consideraba inocente.
Antes de morir, tuvo la oportunidad de escribir que se sentía "inmune a las culpas que un tribunal enemigo me ha atribuido", "ante Dios, mi país y mi conciencia". Al capellán que lo invitaba a la confesión y la comunión, Hermann Göring contestó que no creía en la divinidad de Cristo y escribió estas palabras: "He rezado mucho a mi Dios y siento que hago lo correcto".
Göring, sobre Jesús
Unos quince años más tarde, antes de enfrentarse también a la muerte, el ya citado Eichmann habría declarado creer, como todos los verdaderos nazis, en el Dios del panteísmo, en el Destino de los antiguos, no en el Dios personal que se ocupa del destino de cada criatura; y habría añadido, en línea con Göring: "No he pecado, no tengo remordimientos... No creo en el infierno. El infierno no existe". Alguien habría comentado que los nazis no creían en el infierno, pero lo habían "creado" para los demás en la tierra... y ellos mismos lo alcanzarían en el más allá.