Religión en Libertad

Mientras España arde: la fe, la tibieza y el riesgo de ser espectadores de nuestra propia decadencia

Mientras la moral y la vida espiritual se desmoronan en España, muchos católicos prefieren la comodidad de la rutina y los cafés al sol antes que actuar. La pasividad social y la falta de valentía están convirtiendo la fe en un adorno, y recuperar coherencia, compromiso y coraje es más urgente que nunca.

Terapia de grupo

Terapia de grupoFoto de Gunnar Ridderström en

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España es un país fascinante donde todo parece debatirse con pasión, excepto lo que de verdad importa. La educación, la moral pública y la vida espiritual se transforman con rapidez. Mientras tanto, seguimos sentados en nuestras terrazas, contemplando el panorama con la misma elegancia con la que se observa un amanecer en Instagram. Tomamos una cerveza y fingimos que estamos atentos a la realidad que nos rodea, porque es más cómodo que mover un dedo. Resulta mucho más entretenido comentar en voz baja lo mal que van las cosas y asentir con aire solemne, que arriesgarse a una opinión que pueda incomodar a alguien o incluso a nosotros mismos. Mientras tanto, todo arde discretamente a nuestro alrededor y nadie parece notar que estamos ahí.

Los debates se suceden con puntualidad impecable. Los símbolos se cuestionan y las leyes cambian. Aun así, nuestra mayor muestra de valentía consiste en arrugar la frente con cierto gesto de preocupación elegante antes de pedir otra caña. Asentimos con un suspiro casi poético, como si el mundo dependiera de nuestra capacidad de permanecer cómodos, mientras el cambio se nos escapa de las manos. Nuestra prudencia se ha convertido en un manto de terciopelo bajo el que cubrimos nuestra tibieza, y creemos que al hacerlo somos sabios, cuando en realidad estamos dormidos.

Lo que de verdad me inquieta —y no por exceso de café— es recordar que la Iglesia española ha sabido plantar cara en tiempos mucho más duros. Hubo persecuciones de verdad, cárceles, exilios, sangre y miedo palpable. Y sin embargo, ahora el mayor riesgo parece ser perder la compostura en una conversación de sobremesa. Hemos transformado la prudencia en un arte de no molestar que nos permite sentirnos virtuosos mientras dejamos que la historia avance sin pedirnos permiso. Mientras Roma arde, seguimos tocando nuestra particular melodía de Nerón, marcando el ritmo con la servilleta y brindando por la tranquilidad de no tener que implicarnos demasiado.

Ese oasis donde la cordura todavía parece posible —y ojo, que no hablo de criticar a los bares, que me parecen auténticos oasis— me golpea con una idea incómoda y persistente: ¿y si el verdadero problema no está fuera, sino dentro de nosotros mismos? ¿Y si nuestra mansedumbre, nuestra costumbre de asentir educadamente y mirar hacia otro lado, es en realidad el lubricante que mantiene funcionando esta maquinaria cultural que nos arrincona? ¿Y si la gran crisis del catolicismo español no viene de fuerzas externas, sino de nuestra propia falta de nervio moral y de coherencia con lo que decimos que creemos?

No voy a dar lecciones. Bastante tengo con sobrevivir a mis propias contradicciones. Pero sí puedo decir con absoluta claridad que la fe no es un tranquilizante que se toma para pasar la tarde. La verdad no es un accesorio bonito que se exhibe. La lealtad no se practica solo cuando hace buen tiempo. La fe exige músculo. La verdad exige volumen. La lealtad exige valentía, aunque duela, aunque incomode, aunque nos haga sentir ridículos. Mientras seguimos comentando la decadencia en tertulias informales y cafés soleados, la historia avanza y no espera a nadie. Quizá pensemos que nuestra inacción es discreta y elegante, pero hay silencios que no son prudentes y que no son elegantes, y que tienen el poder de dejarnos en la irrelevancia y de convertir nuestra comodidad en complicidad sin que nos demos cuenta.

Tal vez la pregunta correcta no sea qué hace el mundo con nosotros, sino qué hacemos nosotros con lo que sabemos que es bueno, justo y necesario. Si algún día la historia nos pregunta dónde estábamos mientras todo cambiaba, tendremos que responder la verdad sin adornos. Estábamos en una terraza comentando lo mal que iba todo, pidiendo otra ronda al sol, mientras la civilización realizaba acrobacias sin red que nosotros preferíamos mirar de lejos porque era más cómodo, más seguro y menos comprometido.

Porque una fe que solo se ejerce cuando es cómoda y socialmente aceptable no es fe, es decoración de salón. Y si seguimos pensando que nuestra indignación matutina y nuestras tertulias de domingo sustituyen la acción y el compromiso, no nos engañemos: nos convertimos en espectadores refinados de nuestra propia decadencia.

Así que brindemos por la cordura, por los bares, por la terraza y por otra ronda… pero no olvidemos que mientras seguimos allí, todo sigue ardiendo, y la historia no espera a los que se quedan cómodos en la sombra. Algunos, por suerte o por nervio, ya estamos cansados de ser solo espectadores y nos hemos levantado de la mesa.

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