Religión en Libertad

Periodismo, conciencia y poder

El periodismo no está llamado a salvar la sociedad, pero sí a impedir que esta pierda la capacidad de distinguir entre hechos y construcciones interesadas

Periodistas en el Vaticano 

Periodistas en el Vaticano 

Creado:

Actualizado:

Toda reflexión rigurosa sobre el periodismo desemboca, inevitablemente, en una cuestión de orden moral: ¿a qué instancia última responde el periodista cuando informa? No responde solo al lector, cuya percepción puede ser dirigida; ni al medio, cuya lógica responde a intereses estructurales; ni siquiera al marco legal, siempre insuficiente para regular la ética. El periodismo responde, en última instancia, a la conciencia. Y cuando esta se erosiona, el periodismo deja de ser un contrapeso del poder para convertirse en uno de sus dispositivos más eficaces.

El periodismo moderno nació vinculado a la idea de espacio público: un ámbito donde los hechos podían ser expuestos, debatidos y comprendidos racionalmente. Esa función no era meramente informativa, sino profundamente política en el sentido clásico del término: permitía a los ciudadanos formarse un juicio. Cuando el periodismo renuncia a esa tarea y sustituye la comprensión por la persuasión, no solo empobrece el debate público, sino que vacía de contenido la libertad informativa.

El poder contemporáneo ya no se ejerce principalmente mediante la prohibición, sino mediante la producción de sentido. No silencia: orienta. No censura: satura. La abundancia de información, lejos de garantizar la verdad, puede convertirse en un mecanismo de desactivación crítica. En ese contexto, el periodista deja de ser un mediador entre realidad y ciudadanía para transformarse, muchas veces sin plena conciencia, en un gestor de narrativas funcionales al orden dominante.

Aquí emerge la cuestión decisiva de la conciencia profesional. No como sentimiento subjetivo, sino como instancia racional y ética capaz de reconocer que la realidad precede al relato. Sin esta convicción, el periodismo se desliza hacia una forma de constructivismo irresponsable: todo se vuelve interpretable, moldeable, intercambiable. Cuando los hechos dejan de resistir al discurso, la verdad se convierte en una variable estratégica y la información en una herramienta de poder.

Vivimos una mutación profunda del ethos periodístico. El criterio ha sido desplazado por la alineación; el contraste por la afinidad; la verificación por la velocidad. El periodista ya no se pregunta tanto si algo es verdadero, sino si es coherente con el marco ideológico en el que opera. Este desplazamiento no es accidental: responde a un ecosistema mediático que premia la pertenencia y castiga la disonancia.

Desde esta lógica, la opinión se disfraza de información y la emoción sustituye al argumento. El resultado no es solo una degradación técnica del oficio, sino una transformación antropológica del periodista, que pasa de ser un sujeto responsable a un actor identitario. Cuando la identidad precede a los hechos, la verdad deja de ser un horizonte común y se convierte en una posesión de grupo.

El periodismo, así entendido, deja de contribuir a la construcción de una esfera pública racional y se convierte en un amplificador de polarización. No busca esclarecer, sino confirmar; no pretende comprender, sino movilizar. Y cuando la información se orienta prioritariamente a producir adhesión, el ciudadano deja de ser interlocutor para convertirse en destinatario pasivo de estímulos.

Frente a esta deriva, conviene recordar que la ética periodística no consiste en una imposible neutralidad, sino en una lealtad inquebrantable a los hechos. Esa lealtad implica aceptar que la verdad puede ser incómoda, contradictoria y, en ocasiones, políticamente inconveniente. Informar con integridad supone asumir el conflicto entre conciencia y poder, y estar dispuesto a pagar el precio que ese conflicto conlleva.

El poder no teme a los medios alineados; los integra. Teme, en cambio, a la conciencia libre, porque esta introduce un elemento imprevisible: la negativa a instrumentalizar la realidad. La conciencia actúa como límite, como resistencia interna frente a la tentación de convertir la información en propaganda, incluso cuando la causa parece justa.

Existe una tentación recurrente en el periodismo contemporáneo: sacrificar el rigor en nombre de una finalidad moral superior. Pero cuando el fin justifica los medios, el periodismo abdica de su función crítica. La verdad no puede ser un instrumento sin dejar de ser verdad. Convertirla en arma es vaciarla de su capacidad de interpelación universal.

Desde una perspectiva más amplia, la crisis del periodismo refleja una crisis de la razón pública. La incapacidad de sostener discursos complejos, la impaciencia frente a la ambigüedad y el rechazo a la duda son síntomas de una cultura que confunde claridad con simplificación. El periodismo, en lugar de resistir esta tendencia, la ha acelerado.

Recuperar la centralidad de la conciencia no es un gesto nostálgico, sino una exigencia estructural para la salud democrática. Sin periodistas dispuestos a incomodar a su propio entorno, la libertad informativa se convierte en un ritual vacío. Sin un compromiso real con la verdad, el espacio público se degrada en una sucesión de relatos inconmensurables.

El periodismo no está llamado a salvar la sociedad, pero sí a impedir que esta pierda la capacidad de distinguir entre hechos y construcciones interesadas. Esa tarea exige periodistas que comprendan que informar no es solo comunicar, sino responder ante algo que los trasciende: la realidad misma.

Porque cuando el periodismo renuncia a la conciencia, el poder ya no necesita imponerse. Basta con que el relato circule. Y cuando eso ocurre, la libertad sigue existiendo en el lenguaje, pero ha desaparecido en los hechos.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking