Una frase sobre la Iglesia
Siguiendo la estela de la entrada de ayer, voy a transcribir una frase de Lutero de 1523. Aunque, en principio, se refiere solamente a la predicación la obra en que aparece, sin embargo, es exponente de una mentalidad que, en lo que a la comprensión de la Iglesia respecta, es de una gran importancia.
Una asamblea cristiana o comunidad tiene el derecho y la autoridad de juzgar sobre toda doctrina y de convocar, nombrar y deponer a sus maestros en la fe (Lutero, WA 11, 408-416).
Como fácilmente se echa de ver, detrás de muchas cosas que oímos está esto. Aquí aparece enfrentado el sacerdocio común de los fieles a la sucesión apostólica, y la iglesia local a la universal. Aquí están también todas las demandas de democratización de la Iglesia. Pero aquí vemos también el origen de lo que luego sería la dispersión de doctrina y de práxis de las comunidades originadas en la crisis protestante del s. XVI. Este dato histórico debería de ser suficiente para vacunarnos de determinadas cosas. Ni la iglesia local debe anular a la universal ni a la inversa, ni el sacerdocio común de los fieles debe anular el sacerdocio ministerial ni viceversa. La relación y lugar de cada uno los podemos encontrar en la Lumen Gentium. A ella os remito. Leer este documento es un modo de conocer a nuestra madre. Seguramente la afirmación del joven Lutero automáticamente, en su literalidad, despierte nuestro rechazo. Sin embargo, creo que, como quiera que es una mentalidad muy extendida, no estaría de más que cada uno nos preguntáramos por nosotros mismos. No creo que a ninguno se nos haya pasado por la cabeza convocar una asamblea para deponer a nuestro obispo, pero es mucho más cercana la tentación de adaptarme el evangelio a la carta o de hacer oídos sordos a las predicaciones que no interesan. Y cuántas veces pesa más lo que se dice, se opina o dicen machaconamente en la televisión que lo que diga la enseñanza del Papa. O el extremo opuesto, decir creer todo lo que dice la Iglesia y no tomarse la molestia de enterarse de lo que dice para hacerlo propio. Es muy significativo el bajo número de católicos que dedican tiempo semanalmente a su formación o que muestren interés por profundizar en la Sagrada Escritura o crecer en la oración. Vayamos a la celebración eucarística. No es infrecuente encontrarse con personas que van a diario a misa y no saben, por ejemplo, qué significan los gestos y símbolos de la celebración y, pese a ello, no tienen el más mínimo interés en saberlo. Y una última palabra sobre la responsabilidad. Una cosa es que se pretenda que la Iglesia sea una organización asamblearia y otra que sea una inmensa masa de irresponsables con pastores al frente; ni lo uno ni lo otro. Todos y cada uno, en el lugar que Dios nos haya asignado, tenemos nuestra responsabilidad en la Iglesia. Aunque la comunidad no tenga derecho a convocar, nombrar y deponer a los pastores, no obstante, cada uno tiene el deber de cuidar de la Iglesia y de cada miembro de ella. Si un párroco dice tonterías o cosas peores, tengo que darme cuenta. No hace falta tener estudios de teología, es suficiente con una mínima sensibilidad fiducial madurada en la comunión de la Iglesia. Y, si es eso lo que pasa, por amor al párroco, se lo tengo que decir; eso sí, prudentemente y con un inmenso amor fraterno. Si no se corrige, pues habrá que decírselo al Vicario, al Obispo o a quien corresponda. Y, si se ve que la cosa no tiene remedio, cambiar de parroquia. La Iglesia no es una democracia, pero cada uno de sus miembros tiene un poder mayor que la votación: la gracia divina. Si alguien quiere ser poderoso en la Iglesia, si alguien quiere influir, que sea el último y el servidor de todos.