Religión en Libertad

Cuando el alma se cansa de comprar

Poco a poco me he vuelto nada consumista. No por mérito, sino porque empiezo a sospechar que el alma, cuando se la atiborra de cosas, acaba pidiendo auxilio

Consumismo

Consumismo

Creado:

Actualizado:

No fue una conversión dramática. No hubo rayo, ni propósito solemne, ni renuncia heroica digna de biografía espiritual. Simplemente, con el tiempo —ese gran pedagogo sin vocación de influencer— me he ido volviendo nada consumista. Y digo “nada” no como virtud, sino casi como efecto secundario, como quien desarrolla una inmunidad tardía frente a algo que antes devoraba con entusiasmo y sin preguntas.

Instagram se ha convertido en un ecosistema fascinante de señoras de mi edad —o de una edad que prefiero no concretar por elemental caridad cristiana— ejecutando coreografías imposibles frente al espejo, desempaquetando ropa con una felicidad tan insistente que resulta casi metafísica. Como si el sentido último de la existencia consistiera en abrir cajas con luz natural y sonrisa profesional. Y algo en mí hizo clic. No fue indignación. Fue extrañeza. Una perplejidad silenciosa.

Cada día la misma liturgia, con ligeras variaciones: “os enseño lo que me ha llegado”, “imprescindibles”, “básicos”, “necesarios”. Ropa y más ropa. Objetos y más objetos. No para cubrir una necesidad real, sino para producir otra nueva, cuidadosamente diseñada para no agotarse nunca. Al final del carrusel, la misma promesa tácita: si compras esto, quizá encuentres tu lugar en el mundo.

No quiero sonar superior. Entiendo que tiene que haber de todo. No todos estamos llamados a la mística, ni a vivir con tres túnicas y un cuenco. El mundo funciona porque hay comercio, belleza, intercambio. Pero confieso que algo me chirría cada vez más. No es la ropa. Es la ausencia de horizonte. Como si toda esa energía, ese tiempo, esa creatividad, se consumiera en sostener una rueda que gira sin ir a ninguna parte.

Me inquieta ver cómo el deseo se educa para no descansar jamás, cómo se normaliza una vida entera dedicada a producir necesidades absurdas en otros. No por maldad —eso sería demasiado fácil—, sino por pura inercia. Porque hay que subir contenido. Porque el algoritmo no perdona. Porque si no generas deseo, desapareces. Y desaparecer, en nuestra cultura, parece un pecado capital.

Poco a poco he dejado de comprar por impulso. No por mérito, sino porque ya no me apetece. Me descubro preguntándome, antes de adquirir algo: ¿esto me ayuda a vivir mejor o solo me distrae de vivir? Y la respuesta, con frecuencia, resulta incómoda: distrae. Nos distrae de lo esencial. Del tiempo. De la relación. De la oración. De esa vida interior que no produce rendimiento medible, pero sostiene todo lo demás.

Quizá tenga que ver con la fe. O quizá la fe simplemente me ha dado palabras para algo que ya estaba ocurriendo. El cristianismo siempre ha sido sospechosamente poco consumista. No desprecia la materia, pero sabe que el corazón humano no tolera bien la acumulación sin sentido. “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21). Y a veces nuestro tesoro cabe en un carrito virtual; otras, solo cabe en un silencio compartido con Dios.

Me preocupa la pedagogía que nos ofrecemos a nosotros mismos —y a los más jóvenes—: la idea de que la vida buena es una sucesión de adquisiciones, que el tiempo se rellena comprando, que el vacío se gestiona con descuentos. Es una espiritualidad pobre, aunque venga envuelta en papel bonito. Y, sin embargo, incluso en medio de este ruido, uno puede detenerse y recordar que la verdadera riqueza está en la presencia, en la gratitud, en la sencillez.

Acepto la lapidación preventiva. Sé que esto suena a juicio. Sé que alguien pensará que exagero, que es solo entretenimiento, que cada uno haga lo que quiera. Y tiene razón. No pretendo imponer nada. Y también es justo decir que me da un vuelco el corazón, de alegría, cuando veo perfiles afiliados. Con pensamiento, de verdad y con humanidad no monetizable.

No necesitamos más objetos. Necesitamos más sentido. Más silencio. Más belleza que no se pueda comprar. Más personas que se atrevan a no vendernos nada, solo a acompañarnos un rato. La verdadera abundancia no está en el paquete recién abierto, sino en la mirada compartida, en la escucha que no exige, en la oración que sostiene sin pedir nada a cambio.

No todos tenemos que ser místicos. Pero quizá todos necesitamos dejar de comportarnos como si el sentido de la vida estuviera siempre en el próximo paquete por abrir. Poco a poco me he vuelto nada consumista. No porque sea mejor. Sino porque empiezo a sospechar que el alma, cuando se la atiborra de cosas, acaba pidiendo auxilio. Y últimamente, la mía lo hace con una claridad bastante elocuente.

Esperar, al final, es aprender a mirar lo que ya tenemos sin codicia. Es descubrir la alegría en lo sencillo, en lo cotidiano, en lo invisible. Mientras haya hombres y mujeres dispuestos a dejar de producir deseo constante y a abrir espacio para lo esencial —no desde la ingenuidad, sino desde una fe humilde y probada— la historia seguirá abierta. Y Dios, fiel a su promesa, seguirá viniendo. No siempre de manera visible. No siempre de forma inmediata. Pero siempre, siempre, de verdad.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking