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El ambiente conversacional familiar es vital para la adquisición y consolidación del lenguaje

El ambiente conversacional familiar es vital para la adquisición y consolidación del lenguaje

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El logos abre el mundo

Una de los primeras pasos vitales que unos padres, una familia, puede dar por su hijo recién nacido y en los primeros años de su vida es regalarle el don del lenguaje. Este presente no se reduce a transmitir palabras aisladas, sino que significa introducir al niño en el logos, en el pensamiento y en la razón, que le permitirán hacerse cargo de la realidad, comprenderla y, sobre todo, contemplarla. Josef Pieper señaló que la felicidad humana y el florecimiento espiritual dependen de esa capacidad de contemplación, de ese cultivo del alma como camino hacia reconocer la grandeza del ser.

El lenguaje como cimiento del éxito escolar

Desde el inicio de la vida, el niño se abre al lenguaje. La neurociencia ha mostrado que la plasticidad cerebral en los primeros años es especialmente receptiva a los estímulos lingüísticos: el balbuceo, la imitación de sonidos, el reconocimiento de gestos y entonaciones son ya el inicio de ese don. Hablarle al bebé, cantarle, mirarlo mientras se pronuncian palabras es introducirlo en una ventana de oportunidades que influirá decisivamente en su desarrollo lingüístico y cognitivo.

Es sabido que el manejo afinado del lenguaje es uno de los predictores más sólidos del éxito escolar. Vocabulario, sintaxis, lectura y escritura, también oratoria, no son aprendizajes que se improvisen al llegar a la escuela: se gestan en el hogar y en las primeras interacciones. Aquí se revela que el regalo del lenguaje no es un lujo cultural, sino la base de la equidad educativa.

La brecha de los 30 millones de palabras

El hallazgo clásico de Hart y Risley (The social world of children learning to talk. 1999. Paul H. Brookes Publishing) ilustra con fuerza esta tesis: a los cuatro años, los niños de las familias más pobres habían escuchado treinta millones de palabras menos que los de las familias acomodadas. Esta brecha léxica se traduce en desigualdad en la preparación escolar: unos llegan a primaria con soltura verbal y capacidad de comprensión, otros con serias limitaciones.

Allí donde los padres transmiten a sus hijos un caudal de palabras, de relatos y de conversaciones, los preparan para entrar en la escuela con más recursos, y, al mismo tiempo, los dotan de una apertura interior para comprender y contemplar. Y el camino a medio y largo plazo, desde una estrecha colaboración entre familia y escuela, consiste en consolidar la comprensión lectora, el gusto por la lectura, el hábito lector, junto a la capacidad de escribir con la mayor inteligencia y coronar estas habilidades lingüísticas con unas habilidades oratorias llenas de una ética y una argumentación que convencen al oyente. Pero estos fundamentales temas exigen ser abordados y desarrollados en otro artículo.

El lenguaje familiar como logos compartido

En estos primeros años, el lenguaje no es solo parte de la cantidad de vocabulario, sino de la calidad en la interacción. Cuando el niño experimenta que sus palabras son escuchadas y respondidas, que sus gestos son comprendidos, que hay un turno respetado en la conversación, entra en un círculo virtuoso de confianza y crecimiento. Esta parentalidad responsiva y sensible es el vehículo en que el don del lenguaje se convierte en logos compartido. Una parentalidad que está, entonces, apuntalada en la base del apego seguro.

Pieper decía que contemplar la realidad exige silencio, escucha y diálogo interior. Estas disposiciones comienzan a cultivarse en el hogar cuando los padres conversan con sus hijos, les leen cuentos, les cantan canciones y responden con calidez. Este clima lingüístico-afectivo es tanto o más importante que la riqueza del vocabulario en sí. Un clima lingüístico-afectivo que se debe prolonga en la escuela infantil bajo la atenta mirada de los padres y maestros.

Narración, lectura y contemplación

Un elemento fundamental que debe ser destacado es la capacidad narrativa. Los niños que aprenden a relatar historias, a hilar experiencias en un discurso coherente, disponen de un precursor esencial de esa alfabetización relacional que proponemos. Contar y escuchar historias abre a la contemplación, porque invita a detenerse en los matices de los personajes, en las emociones y en las situaciones descritas.

La lectura compartida, en voz alta, con gestos, silencios y énfasis, constituye uno de los momentos más intensos de este regalo del lenguaje. Sentar al niño en el regazo y leerle un cuento no solo desarrolla su comprensión gramatical, sino que lo introduce en la reverencia hacia la palabra, en la atención conjunta y en el asombro. Ahí se produce lo que Pieper llamaría una experiencia de contemplación: el niño descubre que el lenguaje no solo sirve para comunicar, sino para abrirse al misterio de la realidad.

Las amenazas de las pantallas

No todos los niños reciben este don en igualdad de condiciones. Muchos crecen en entornos en los que los padres, agotados o desinformados, hablan poco con sus hijos, reduciendo la interacción a órdenes básicas. Otros niños pasan gran parte del tiempo frente a pantallas que los aíslan de la palabra viva. La sobreestimulación visual y acelerada de los dispositivos digitales disminuye la capacidad de atención y desplaza la conversación familiar como señala el neurocientífico Michel Desmurget (2024) en su libro Más libros y menos pantallas: Cómo acabar con los cretinos digitales (Editorial Península).

La intervención familiar: visitas domiciliarias

Una medida concreta en estos primeros años es asistir a familias colapsadas en visitas domiciliarias de especialistas en parentalidad, apego, promoción del lenguaje y el juego. Estas visitas enseñan a los padres a conversar con sus hijos, a leerles en voz alta, a cantar y jugar con ellos. Lo que se transmite no es solo un repertorio de técnicas, sino la conciencia de que la primera y muy decisiva herencia que pueden dejar es el lenguaje. Ahí se siembran las habilidades lingüísticas que facilitarán el éxito académico, pero también la disposición interior para contemplar y encontrar sentido en la vida. La tosquedad lingüística no es un buen augurio para calibrar la verdad del ser.

El aprendizaje lingüístico leído desde la perspectiva de Pieper, revela que el lenguaje es más que un recurso pedagógico: es un don fundante. Cuando los padres regalan a sus hijos palabras, relatos y conversaciones, base de la futura lectura, los abren al logos, al pensamiento y a la contemplación. Este regalo es la raíz tanto del éxito escolar como de una vida lograda.

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