Jueves, 01 de diciembre de 2022

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Los sustratos ideológicos del transhumanismo.

Los sustratos ideológicos del transhumanismo.

por Benigno Blanco

Los sustratos ideológicos del transhumanismo.

Cuando se analizan las grandes ideologías de la modernidad casi siempre se encuentran viejas ideas de la cristiandad que se han vuelto locas, como Chesterton dijo de las virtudes. Rafael Monterde, profesor de la Universidad Católica de Ávila, ha rastreado los antecedentes de la ideología transhumanista tal y como se formuló por Raymond Kurzweil, director de ingeniería de Google, fundador de la Universidad de la Singularidad en la que colaboran la NASA y Google, y teorizador de la teoría de la Singularidad que anuncia para mediados de este siglo el paso a la siguiente fase de la evolución con la superación de la fase biológica del ser humano que será sustituido por el posthumano en soporte digital o mixto. Para Kurzweil es una obligación moral poner los medios para que el ser humano actual programe y ejecute esta transición al posthumano apoyándose en las nuevas tecnologías.

Monterde estudia en su tesis doctoral El ocaso de la humanidad: la singularidad tecnológica como fin de la historia, presentada en la Católica de Valencia en 2021, el trasfondo conceptual de las concepciones de Kurzweil que localiza en las teorías de Joaquín de Fiore en el siglo XII con su hipótesis sobre los tres estados de la humanidad vinculados a las tres Personas de la Trinidad que se suceden –se supone- en la dirección de la historia hasta alumbrar una era del Espíritu en que la conciencia sustituirá a la biología y alumbrará el fin de la historia. Las teorías joaquinistas se actualizan y encarnan en el siglo XX en la visión de la evolución y el hombre de Theilhard de Chardin y Julian Huxley que en los años 50 del siglo XX colaboran intelectualmente mientras Huxley dirige la UNESCO, recién creada, y formula por primera vez la propuesta transhumanista, inventando incluso el término en cuestión.

La propuesta transhumanista consiste en esencia en considerar que el hombre es un producto defectuoso de la evolución ciega (Huxley estaba obsesionado con la eugenesia) y que ahora toca ya pasar a una fase de la evolución en que sea el propio hombre quien diseñe la siguiente fase de la evolución alumbrando al posthumano que heredará la tierra. Monterde detecta en esta propuesta los ecos de las ideas de Joaquín de Fiore, Hegel y Nietzsche en mezcla con el darwinismo eugenésico que formaba parte de la herencia intelectual familiar de los Huxley. El transhumanismo hace suyas algunas de las ideas básicas de la modernidad: se trata de construir un hombre nuevo para alumbrar una nueva época de plenitud (mito del progreso) que superando la naturaleza alumbre una nueva (¿y definitiva?) etapa de la historia en la que ya no habrá ni injusticia ni muerte ni dolor. El transhumanismo (producto intelectual del siglo XX y del XXI) añade a estas ideas la tecnociencia como medio asequible –se supone- para hacer realidad ese ideal.

El problema es que estas ideas hacen abstracción del hombre real y su libertad para sacrificarlos al ideal ideológico transhumanista, como si éste justificase cualesquiera transgresiones de la ética y los derechos humanos. El transhumanismo, como antes la revolución francesa, el nazismo o el comunismo, se presentan como un ideal liberador de la humanidad … aún a costa de las personas concretas que importan poco o nada al lado de ese ideal. Y siempre detrás de estas propuestas está el poder de algunos o el dinero y la riqueza de otros, porque el transhumanismo hoy es –también- tecnología y servicios a vender en el mercado. No en vano el teórico de la Singularidad transhumanista trabaja para Google, empresa que financia también su Universidad.

 

El director de ingeniería de Google, Kurzweil, teoriza todo este batubirrillo de ideas como propuesta tecnológica a plazo fijo y como obligación moral de la humanidad en su obra de 2005 La singularidad está cerca: cuando los humanos trascendamos la biología, que Monterde analiza con detalle en el capítulo final de su trabajo. No debemos olvidar que Kurzweil no es solo un pensador, sino un director de ingeniería de Google e inspirador de una Universidad que tiene como objeto formar en estas ideas a los líderes de las grandes tecnológicas norteamericanas.

Monterde en su tesis se circunscribe al análisis de las ideas teológicas y antropológicas que subyacen e inspiran las propuestas transhumanistas como proyecto de recreación del ser humano y avance –teórico- hacia el fin de la historia. Pero también existe un transhumanismo que el autor denomina liberal y que solo presta atención a las posibilidades que el nuevo mercado tecnológico ofrecerá para que algunos puedan teóricamente comprar en el mercado mejor salud, menos dolor e incluso la superación de la muerte (dicen). Detrás de estas ideas hoy, de hecho, hay negocio, dinero y mercado sobre todo. La mezcla de ideología, intereses económicos y poder es explosiva, como demuestra la historia.

Las categorías intelectuales de la propuesta transhumanista recuerdan mucho al marxismo: la Singularidad de Kurzweil se presenta con los mismos rasgos míticos de la Revolución en la obra de Marx: el santo advenimiento de la felicidad universal; el desprecio o rechazo a la dignidad humana personal para centrarse solo en el género abstracto humanidad; la sustitución de la teoría por la praxis como único criterio de verdad, la praxis revolucionaria en el marxismo y la praxis tecnológica en el transhumanismo; el desprecio a la ética como mero e irracional retardatorio de la inevitable tendencia histórica definida por el ideólogo de turno; el desprecio de la dimensión religiosa del ser humano como absurdo mito del pasado; la infudamentada pretensión científica de los subjetivos planteamientos ideológicos;  la tendencia a la imposición totalitaria en nombre de un teórico fin de felicidad universal garantizada; etc.

Esperemos que en el siglo XXI no cometamos en nombre del transhumanismo los mismos errores que cometimos en nombre del marxismo en el siglo XX. Las consecuencias podrían ser aún más dramáticas.

 

Benigno Blanco

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