Sábado, 31 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Diez palabras de amor

por Canta y camina

Hace unos días asistí a una charla acerca de Los Mandamientos, ya sabes, los 10 Mandamientos de la Ley de Dios, esos que estudiamos en el catecismo cuando íbamos a la catequesis de Primera Comunión.

Fue preciosa y muy aclaratoria, además me hizo ver que no soy un bicho raro, pues la ponente había sentido lo mismo que yo durante mucho tiempo, hasta que a ella le aclararon y explicaron bien lo mismo que ella nos explicaba a los asistentes a su propia charla: que los mandamientos no eran una carga de obligaciones y prohibiciones sino 10 palabras de amor, 10 preceptos de amor que podían sintetizarse en 2.

¿Tú no has sentido alguna vez que los mandamientos son órdenes para hacer cosas o prohibiciones, y que si no los cumples cometes pecados? Yo sí lo he sentido así muchas veces y durante mucho tiempo;  la Ley de Dios me parecía una carga muy pesada de llevar y que debía cumplir para no ir al infierno, algo a lo que temer si no lo cumplía porque estaría pecando, y además de sentirme culpable y avergonzada tendría que confesarme. Y yo no quería eso, yo quería ser buena y no pecar.

Pues en esa charla aprendí que no es eso, para nada, ni de lejos; lo que pasa es que a las personas de mi generación y mayores que yo nos enseñaron muy mal la fe cristiana, nos inculcaron una serie de normas de obligado cumplimiento o de prohibiciones porque sí y ya está. Y Dios no es así ni mucho menos, Dios es amor y su ley es una ley de amor.

Los que somos padres tenemos una ley en nuestra casa, las normas de conducta que establecemos para nuestra familia. En esas normas hay obligaciones y prohibiciones para todos: hora de llegar, avisar si vamos a llegar más tarde, hacer cada uno sus encargos, estudiar, la higiene personal, no emborracharse, no pelearse con los hermanos, no llevarse el móvil o el Ipad al dormitorio por la noche… no sé, cada familia tiene su propia ley.

Esas normas que establecemos no son para fastidiar a nuestros hijos, aunque a ellos a veces se lo parezca,  sino que las ponemos porque los queremos, por amor, para su propio bien y para el buen funcionamiento de la casa.

Pues lo mismo hace Dios. Los mandamientos no los puso para castigar a Adán y Eva y por extensión  a nosotros, los puso porque conoce nuestra naturaleza y nuestras tendencias y quiere protegernos del daño que podemos hacernos a nosotros mismos y a los demás.

Aprendí también que no hay que limitarse al texto literal de los mandamientos, que estos van más allá de la letra, por ejemplo “no robarás” no significa sólo no robar las cosas de los demás sino también no robarle su tiempo de descanso haciéndole quedarse más en el trabajo, no robarle su buena fama difundiendo rumores o calumnias, no robarle sus méritos apropiándonos de ellos, y así con los 10.

Y eso no lo dice la persona que dio la charla, lo dice Jesús en Mateo 5, 17-41, traigo algún fragmento: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. (…)Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. “ 

 

Entendí como nunca antes este pasaje de Marcos 12, 28-32:  

Un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Respondió Jesús: “El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos”.

La Ley no se la  inventó Jesús, los mandamientos ya aparecen en el libro del Éxodo y en el Deuteronomio; Jesús vino, según sus propias palabras, a darle plenitud, a desempolvarla, a desenredar el lío que se habían hecho los judíos interpretando la Ley sin haberla entendido: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mateo 5, 17). Y ahí, en Mateo 5, 17 tenemos una explicación de la Ley de Dios hecha por el mismo Jesús.

Ahora veo los mandamientos con otros ojos, con otra luz, tirando más a lo que Dios pensó en origen y no a lo que me enseñaron cuando era pequeñita, viciado y habiendo perdido el sentido original y verdadero.

Ya no son una carga, ya no les tengo miedo, ya no me agobian porque he comprendido que están en mi corazón de forma natural-sé sin que nadie me lo explique que está mal mentir, robar, hacer daño a los demás de cualquier forma-, que Dios los pone en cada hombre porque nos quiere y con ellos nos cuida y nos protege, como hacemos nosotros con nuestros hijos.

Y cuando desobedecemos Cristo condena nuestro pecado pero a nosotros nos acoge, nos perdona, nos sana las heridas que nos hemos hecho al pecar porque nos ama.

¿Tú crees que si Dios hubiera inventado los mandamientos para jorobar también habría inventado el sacramento de la penitencia para perdonarnos? 

Pues eso.

 

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