Martes, 26 de octubre de 2021

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Fernando III

¿Vale la pena recordar a un santo tan antiguo?

por Piedras vivas

¿Vale la pena recordar a un santo tan antiguo? ¿A quién puede interesar especialmente? Repasemos algo de su vida y apliquemos sus cualidades al modo de gobernar hoy. En dos sesiones.

Un reciente documental de HM muestra algunos aspectos de la vida del rey Fernando III, presentado por catedráticos expertos en historia medieval. El santo rey aparece como un hombre de excelentes cualidades para reinar que supo desarrollar con sacrificio y gran espíritu de servicio.

La hombría crece desde la cuna

Dios ha sido el centro de su vida personal y familiar de Fernando, que ha ejercido su autoridad como se espera de un cristiano cabal. Pues los santos no nacen sino que se hacen, y no hay exageración interesada cuando la Iglesia canoniza a uno de ellos: Fernando III el Santo.

Primer pilar de su vida fue su madre Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla, mujer profundamente cristiana, de buena formación humana y cristiana, que tenía clara su misión en la vida como madre y educadora, y que transmitió a su hijo Fernando no tanto en la leche materna cuando en la educación desde pequeño. Sabemos que la rectitud de vida se asimila en el hogar, cualquiera que sea: un castillo, un señorío, o una casuca de una pequeña villa. Y así Fernando aprendió las verdades de la fe, el ejercicio de las virtudes, y el sentido de una vida de servicio.

Su padre, Alfonso IX, no facilitó las cosas al principio: obtuvo la debida declaración de nulidad de su matrimonio con su sobrina Berenguela, y más tarde otorgó a las hijas de su segundo matrimonio el reino de León. Al morir, su hijo Fernando, ya designado como rey de Castilla en 1217, reclamó aquel reino frente a las hijas de su padre y fue reconocido por la mayoría de la nobleza, en 1230.

Fernando se emplea en recuperar los territorios invadidos por los musulmanes en los últimos siglos. El nieto de Alfonso VIII emprende la conquista sin perder una batalla y en 1225,  consigue que el Papa otorgue la bula de cruzada a fin de recuperar un territorio cristiano y reanudar la evangelización del sur de la Península. Sus conquistas le acreditan como rey valiente, intrépido y sagaz en las guerras, dominando el arte de sorprender, aprovechando la desunión entre los adversarios. Una lección también actual.

Fernando nace en una familia cristiana y formará después también una familia cristiana. Se casó con Beatriz de Suavia de cuyo matrimonio nacieron ocho hijos; pero al morir más tarde su esposa contrajo nuevas nupcias con Juana de Ponthieu, de cuyo matrimonio nacieron otros cinco hijos, aunque en ese tiempo murieron varios de esa descendencia numerosa. Fue un hombre cristiano que vivió la caridad, la humildad, y la castidad según su estado, algo infrecuente entre los reyes y nobles que tuvieron hijos bastardos. Una lección también actual para gobernantes con frecuentes líos amorosos.

Aunque la fama de santidad le acompañó en vida y principalmente a partir de su muerte en 1252, su canonización se demoró hasta 1650: una espera que contribuyó a extender la fama de santidad, no solo por las reconquistas y gobierno sino por haber formado una familia cristiana, piadosa, culta -recordemos a su hijo Alfonso X el Sabio-, y educada en el espíritu de servicio y en el ejercicio de la caridad. (Continuará)

 

Fernando III y el gobierno de una nación (y II)

¿Vale la pena recordar a un santo tan antiguo? ¿A quién puede interesar especialmente? Repasemos algo de su vida y apliquemos sus cualidades al modo de gobernar hoy.

 

No conoció el vicio ni el ocio

Fernando III fue reinó y gobernó con justicia y prudencia, vividas en sus relaciones con la Iglesia, los nobles, los municipios, y las recién fundadas universidades, siempre buscando la unidad del reino. Además promovió la administración económica, el ordenamiento de las ciudades conquistadas, e impulsó la codificación y reforma del derecho español, así como su protección al arte. Mandó construir las catedrales de Burgos, que ahora cumple su octavo aniversario, la catedral de Toledo, y la de León; también se inició la de Toledo.

Todo esto debe ser completado desde el sentido de misión que Fernando tuvo como cristiano rey, en vez de rey cristiano; porque era consciente de que antes que nada es seguidor fiel de Jesucristo e hijo de su Iglesia, y por ello procura cumplir la voluntad específica de Dios para él. Se sabía rey como podría haber sido príncipe, caballero, o clérigo, vistos como formas distintas de servir a Dios y al prójimo.

Tuvo muy en cuenta la importante advertencia de Jesucristo: «Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen,  los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos». Una lección no asimilada por los gobiernos actuales.

Cultivó las virtudes con fortaleza, austeridad, y servicio a todos, incluidos los enemigos, con los que fue magnánimo en la victoria, hasta el punto de que fue elogiado por ellos como un rey digno de ser reconocido por la rectitud de sus obras, el sentido religioso, y ser promotor de cultura. Su propio hijo y sucesor, Alfonso X el Sabio, escribió de él que «no conoció el vicio ni el ocio».

El secreto era su vida de oración, de penitencia, y de recepción piadosa de los sacramentos, y sobre todo su especial devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. A imitación de los caballeros de su tiempo, que llevaban un recuerdo de su dama consigo, Fernando portaba junto al arzón de su caballo, una imagen de marfil de Santa María, la venerable Virgen de las Batallas que se guarda en la Catedral de Sevilla. En ella construyó la capilla de la Virgen de los Reyes pidiendo ser enterrado a sus pies, como así es venerado desde hace siglos. Muere a los 53 años con una vida gastada y lograda, fecunda y santa para ejemplo de gobernantes.

Cómo gobiernan ahora

Si hacemos comparación con el modo de gobernar desde hace tiempo en los países de Occidente -no digamos de otros continentes- el contraste es abismal. Se trata de mirar a los hechos, aunque sin entrar en las intenciones ocultas, de tantos Gobiernos que muestran la decadencia del Occidente actual, no solo el de Spengler que lo veía venir.

Hoy las leyes no se ordenan el bien común sino a intereses de grupos e ideologías inhumanas, contradicen el orden moral, y deconstruyen demasiadas veces el orden del ser de las personas y su dignidad. Una consecuencia buscada es que la mente de la gente y principalmente de los jóvenes -por eso quieren dominar toda la educación- llegan a creer que todo lo legal es moral (si es que aún conservan alguna noción de moralidad y de conciencia).

Hace décadas que los mejores pensadores en las materias más importantes para la vida vienen advirtiendo que el individualismo es un cáncer que está corroyendo desde dentro la vida de las sociedades opulentas, y de que precisamente esa exaltación del egoísmo será aplastada por un nuevo orden mundial o una nueva normalidad que tratará a las masas informatizadas como servidores de una élite, detentadora de la peor ideología que es, en última instancia, la cultura de la muerte como personas. En esa dirección caminan las leyes en España sobre el aborto como un derecho, la eutanasia como un derecho, la transexualidad como un derecho, la educación como un derecho pero solamente del Estado: los hijos no son de los padres. Y naturalmente la destrucción de la división de poderes y contrapesos que era capital en la democracia.

Por lo visto, hoy quienes se han instalado en la élite de nuevo cuño se consideran «elegidos del destino a los que todo está permitido», como dijo Hitler: unas palabras que por cierto recogía aquella dura película titulada «La caída de los dioses». Tremendamente aleccionadora pues narra la decadencia de una familia de industriales, y su degradación moral en paralelo con la ascensión del nazismo.  

Jesús Ortiz López

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