Lunes, 04 de julio de 2022

Religión en Libertad

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La sana masculinidad en The Mandalorian

por Patxi Bronchalo

¿Habéis visto The Mandalorian?  Yo si. Me gustó mucho y hoy quiero hablaros de lo que tiene que ver esta serie con la sana masculinidad, con ser hombres de verdad. Aviso que hay spoilers.

Cuando doy charlas en institutos y parroquias y hay muchas chicas les suelo preguntar si les gusta The Mandalorian y si les gustaría tener un novio así y casarse con un hombre así. No todas saben quien es, pero las que lo saben siempre dicen que si. 

La siguiente pregunta que les hago es: ¿y por qué os gusta tanto y os casaríais con un hombre así, si ni siquiera se le ve la cara? (Ya sabéis que tarda varios capítulos en quitarse el casco y son pocos los momentos que lo hace). Normalmente no responden y ponen cara de sorpresa. Alguna a veces lo dice muy bien: “por como es y cómo se porta”. Y es que, chicos, el corazón de la mujer lo tiene clarísimo. Para un compromiso para toda la vida, una muchacha no busca a un tío guapote de cara que luego resulta ser un zángano.  Más bien bien busca un hombre que actúe como tal, es decir, que haga tres cosas: cuidar, proteger y sostener. A ella y a la familia que pueda venir. Y esto es lo que hace muy el Mandaloriano con Grogu y con la gente de los pueblos a los que va ayudando y librando, una y otra vez, de todo mal y de todo peligro. No se le ve la cara, pero es todo un hombre y se comporta como tal, protegiendo, cuidando y sosteniendo.

Los hombres tenemos escrito en nuestra naturaleza el deseo de ser y obrar así. Hacemos mal si tapamos o mutilamos y no desarrollamos este deseo que se corresponde con lo que la mujer espera. Eso es egoísta. Corregidme las chicas: una mujer no espera de un hombre que la anule sino que la proteja en las dificultades. No busca que la quite esas dificultades como si fuera una niña tonta sino que quiere que la acompañe y sostenga cuando ella las afronta. De igual manera que los hombres llevamos escrito en el corazón lo que de una mujer queremos, lo que nos complementa y enamora, ellas lo tienen también. 

Hombre y mujeres estamos muy bien hechos, los unos para los otros nos complementamos. Que no os engañen, detrás de las ideologías que enfrentan a hombres y mujeres hay, además de gente que instrumentaliza y saca partido, muchas chicas que arrastran heridas por el vergonzoso y doloroso comportamiento y ejemplo de algunos hombres cercanos en sus vidas. Estas ideologías provocan a veces la sensación a algunos chicos de que tienen que pedir perdón por lo que son, o que todo comportamiento masculino es tóxico, cuando es la verdadera masculinidad la que hay que recuperar: cuidarlas, protegerlas, sostenerlas. No es más hombre el más animal, ni el más empanado y alelado, ni el más friki, ni el más cafre y cabestro, sino aquel que vive aquello para lo que ha nacido y lo que la mujer espera, lo cual es, repito: cuidar, sostener, proteger. 

La Palabra de Dios lo dice de una manera muy hermosa. San Pablo en su Carta a los Efesios exhorta a los hombres a amar a sus mujeres de la misma manera que Cristo ama a su Iglesia. ¿Y cómo ama Cristo a su Iglesia? Dando la vida por ella. Derramando hasta la última gota de su sangre en la Cruz. Así los hombres por las esposas. 

Pero, ¿y los sacerdotes? Los sacerdotes no somos menos hombres por ser célibes, al contrario. También nosotros llevamos en el corazón el deseo de cuidar, sostener y proteger.  Estamos llamados también a amar como Cristo ama a su Iglesia. ¿A qué mujer? A la propia Iglesia, en el rostro concreto de la misión que se nos ha encomendado. La Iglesia espera ser cuidada, protegida y sostenida por nosotros los sacerdotes, no ridiculizada o vilipendiada.

Dar la vida. Para eso estamos los hombres en el mundo y esa es la verdadera masculinidad, la cual a los chicos os animo a vivir, cuidar y desarrollar como un tesoro con el que donaros en medio del mundo.  Hombres de verdad se necesitan. ¡Ánimo y a vivirlo y trasmitirlo!

Como ves se aprenden cosas con The Mandalorian, ¿verdad? Si has llegado hasta aquí te pido que reces por mi. La paz. 

P. Patxi Bronchalo

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