Viernes, 23 de febrero de 2024

Religión en Libertad

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El auge y caída de los santones carismáticos

por Una iglesia provocativa

Ha vuelto a pasar.  

A finales de la semana pasada corría como la pólvora la enésima noticia de la estrepitosa caída de un predicador carismático que colgaba los hábitos dejando a todo el mundo estupefacto. Se trata de alguien que ha tenido mucho predicamento en nuestro país y en ambientes que nos son muy cercanos, a quien le llovían invitaciones por todos lados en los últimos meses. 

Sin entrar en detalles del caso, me gustaría hacer algunas consideraciones al respecto de esa aficion tan turismática de ir siempre detrás del predicador o santón de turno, así como de sus derivadas.  

Hace años, hablando precisamente con un compañero de diócesis del interfecto, nos preguntábamos porqué en los círculos carismáticos españoles había tan poco "producto nacional" y siempre había que traer a predicadores de todos los lugares imaginables. No es que tuvieran nada de malo, sino que nos parecía sintomática esa dependencia hacia lo de fuera y la escasez de lo de dentro. 

Está claro que a los humanos, nos gusta la novedad, y muchas veces necesitamos que sea alguien de fuera el que nos diga lo que no queremos oir por boca de quienes tenemos más cerca. Nada como poner a un sacerdote a predicar ante sus compañeros cercanos, para darse cuenta de lo cierto que es el adagio que dice que nadie es profeta en su propia tierra. 

Pero, ¿a qué viene tanta dependencia de personas, experiencias y subidones que no son más que fogonazos en la vida de fe? Es evidente que cuando hacemos de algo que debiera ser puntual una costumbre mantenida en el tiempo, hay una carencia cuya sintomatología es el síndrome del santón carismático. 

El santón carismatico es aquella persona a quien atribuimos los dones y carismas que debieran suceder en el seno de cualquier comunidad cristiana. La gente se le acerca para que les hable de lo que deben hacer en su vida, para que ore por sus intenciones o para que les imponga las manos y se sanen. 

Recuerdo una ocasión en la que me tocó traducir a un predicador extranjero, y después de la prédica todo el mundo le atosigaba con las más dispares peticiones. Como respuesta invariable, me tocó traducir la misma frase para cada uno de los que se le acercó: Dios quiere que te ames más. Parecerá aburrido, pero al menos, este hombre no se lo creía, y simplemente daba un consejo sabio y acertado para cualquiera, sin pretensiones de haberse convertido en el oráculo de Dios para cada uno de los que estaban en el acto.  

Gente equilibrada hay en todas partes. En mis inicios carismáticos, yo mismo caí en el síndrome del santón haciendo una cola enorme para preguntar a Ralph Martin, un destacado pionero de lo carismático, qué tenía que hacer con mi vida ahora que había descubierto la Renovación. Con mucho criterio me preguntó si tenía director espiritual y me dijo que hablara con él.  

Pero cuando la gente se desequilibra, y eso puede pasar en los ambientes carismáticos por "exceso de elevación", se empiezan a ver cosas raras o que rechinan. Créanme si les digo que yo he visto de todo. Lo que pasa es que estas cosas empiezan por hacer discordancia de una manera muy sutil, y lo normal es no darse cuenta hasta que el santón de turno la ha armado muy gorda. 

Quizás esto suceda por lo que se describe en el experimento Milgram: la gente tiende a tragarlo todo cuando proviene de una persona investida de autoridad e incluso es capaz de llegar a realizar comportamientos contrarios a su propia moral dejándose inducir a hacerlos por quien tiene una bata blanca, un uniforme o un alzacuellos.  

Por alguna razón, tendemos a encumbrar a quienes están en posición de enseñar y atribuimos a personas humanas falibles cosas que solo debiéramos esperar de la comunidad y de Dios. Por supuesto, no es un fenómeno exclusivamente carismático; se da en todos los ámbitos de la Iglesia cuando hacemos seguidismo de personas en vez de seguir a Jesucristo. Cuántas veces la genialidad de un fundador deriva en una fijación con su persona o la imitación de sus costumbres y sus tics que no es para nada sana. Quizás por eso el Papa ha puesto límite a los mandatos de los superiores y los sucesores en los movimientos apostólicos, evitando así todo personalismo más allá del necesario momento fundacional. 

Pero la cosa no queda ahí. Igual que atribuimos excesiva autoridad o aureolas de santidad a personas concretas, también podemos caer en repetir el mismo esquema pero atribuyéndoselo a experiencias, lugares o teofanías de turno. Sin quitar valor a las experiencias reconocidas por la Iglesia, la línea entre una devoción y una asiduidad sanas, y una afición desmedida a buscar fuera de casa lo que debiéramos encontrar dentro, es muy fina y borrosa en muchos casos.  

Probablemente nos iría mejor si tuviéramos todos la referencia concreta y arraigada en la tierra de una comunidad cercana y "ordinaria" que nos diera seguimiento. En otras palabras, si nuestras parroquias, comunidades o movimientos estuvieran fuertes e hicieran de lo ordinario algo extraordinario, no tendríamos a la gente en peregrinación yendo de santón en santón, a la caza del milagro, el subidón espiritual o la comunicación directa con Dios. 

En esto, creo que los carismáticos tenemos que entonar un doble mea culpa. Como cualquier cristiano, tenemos el milagro de la Eucaristía todos los días que es el sacrificio de alabanza por excelencia, presencia manifestada de Jesús entre nosotros ¡a quien podemos comulgar!  Y, por añadidura, disfrutamos de la presencia viva del Espíritu Santo que se manifiesta con sus dones allá donde se le invoca con fe en las asambleas de oración y los encuentros de hermanos. Es la democratización de la gracia, donde todos son místicos porque todo el mundo palpa a Dios.  

Entonces, ¿por qué esperamos que nos venga de fuera un predicador a hablar de parte de Dios, a sanar a los enfermos y a liberar a los oprimidos? ¿Por qué no somos maduros/adultos y dejamos que Dios lo haga por medio de nosotros mismos? Para eso tenemos sacramentos, pastores, hermanos y el cuerpo de Cristo. Para eso disfrutamos de la extraordinaria ordinariedad de la presencia de Jesús donde dos o tres están reunidos en su nombre.  

Lo confieso, me sigue fascinando la incongruencia de andar detrás de las señales y la última aparición de turno en personas que han vivido la acción poderosa de Dios en el seno de sus comunidades. Como le dijo el P. Tardif a un querido amigo, lo que el Evangelio dice es que las señales seguirán a los cristianos, no que los cristianos seguirán a las señales (Mc 16,17). Y por cierto, el padre Emiliano que con todo derecho podía haber ido de taumaturgo por la vida, fue el primero en enseñar que el carisma era de la comunidad y en poner a orar también a la gente por los enfermos. 

Cada vez que cae una persona de Dios, ya sea porque se aparta por escándalo propio, o porque escandaliza a la Iglesia queriendo que los demás participen de su delirio, es un dolor para todos los cristianos. No solo no debemos hacer leña del arbol caído; debemos orar por esta persona y por los que confiaron en ella, sabiendo que el Señor es capaz de hacer que todo obre para bien. 

Pero eso no quita para que extraigamos alguna que otra lección y aprendamos, para no volver a tropezar en la misma piedra a la primera de cambio. 

De entrada, la primera lección es que la intensidad no es fruto del Espíritu Santo. Algo en mí me hace desconfiar de quienes se toman su ministerio, su persona o su predicación tan en serio, que no les cabe ni un momento de relax ni una broma sobre ellos mismos o lo que hacen. 

Lo segundo, salvador solo hay uno y se llama Jesucristo. Si dependemos de alguien que no sea la comunidad de la Iglesia para que Jesús haga su obra, vamos mal. Y si ese alguien, o ese algo, encima nos abruman con la obligación de rezar y penar para salvar el mundo y que no nos caigan todas las plagas del apocalipsis, entonces nos hemos cargado la necesidad de un redentor.  

Lo tercero, cuando alguien tiene que venir a predicar lo mismo tres veces, además de que nos sobran dos visitas, estamos sustituyendo la actuación de Dios y la responsabilidad de nuestra respuesta por una reiteración inútil que puede ser glotonería espiritual, turismatismo o generar dependencias insanas.  

Lo cuarto es que si alguien siempre tiene que coger el micrófono y es la única persona que puede dar el mensaje, te quedan dos telediarios para ver cómo esa persona se acaba creyendo indispensable. Lo cierto es que lo más carismático es la impartición, que consiste en saber que Dios actúa mediante todos los bautizados y hay que enseñarles que ellos también pueden orar y anunciar el Reino, dándole todo el protagonismo a Dios. 

Quinto, busquemos a la gente que viene en comunidad y desde la comunidad. No solo que traigan una encomienda de su obispo (enviados por la Iglesia), sino que estén arraigados en algo más grande que ellos mismos, que les sirva de medida y contrapeso a la hora de andar por ahí predicando en nombre de Dios.  

Sexto, como decía San Francisco de Borja, no sirvamos a rey que se nos pueda morir. Las personas somos eso, personas. Tenemos defectos y metemos la pata. Y los santos de verdad también, y son santos porque lo saben. La deformada imagen de los santos de las hagiografías, que ni siquiera mamaban los viernes de Cuaresma, ha hecho mucho daño a la Iglesia, generando unas expectativas que tienen todas las papeletas para defraudarnos.  

Séptimo y último, busquemos la maternidad de la Iglesia vivida en la familia que es la comunidad. Muchos de los fiascos de estos santones suceden porque vamos por la vida como huérfanos de padre y madre, buscando a quién seguir ante el vacío de una Iglesia comunidad con mayúsculas que se ha olvidado de cómo ser comunidad con minúsculas y en lo inmediato. Si nos fascinamos tanto mirando al de fuera y olvidamos lo que tenemos en casa, acabaremos en medio de ninguna parte, porque el santón de turno tiene que seguir su gira e irse a otro lugar. 

Concluyendo, no quiero sonar derrotista, ni dar una imagen negativa de todo el mundo que viene a visitar nuestras comunidades con una palabra de ánimo, de enseñanza o de sanación de parte de Dios. Nosotros somos los primeros que invitamos a venir a amigos y hermanos a nuestros encuentros, que pueden enriquecernos con su vivencia y abrirnos alguna perspectiva nueva de Dios. 

Pero no todo el monte es orégano, ni es oro todo lo que reluce. Debemos cuestionarnos seriamente porqué pasan estas cosas, tantos auges y caídas de personas, comunidades y experiencias que encumbramos un día, que al otro dan un petardazo y nos dejan confundidos. 

Quizás sea toda una cultura en la Iglesia, una manera de hacer las cosas y ver la experiencia religiosa que peligrosamente se parece a la experiencia del supermercado consumista, en el que siempre queremos probar la última novedad. 

Me temo que lo más sintomático del fenómeno turismático del santón carismatico de turno, demuestra que en el fondo nos aburrimos en nuestra casa (en nuestra parroquia o comunidad) y no llegamos a profundizar en la verdadera comunidad de discípulos de Jesús.  

Pero la fe es emocionante, seguir a Jesucristo una aventura, y la comunidad de todos los días, es el mayor desafío que podemos tener. El milagro mayor es la fidelidad cotidiana, en el matrimonio, la familia y la comunidad, y cada mañana somos testigos del milagro de la Eucaristía en medio de nosotros. Y encima, Dios usa a nuestros pastores y a nuestros hermanos para hacerse presente de forma viva en nuestra inmediatez.  

No nos dejemos desanimar por auges y caídas de héroes de barro que un día caminaron sobre las aguas y nos fascinaron, y hoy chapotean en el agua calados hasta las trancas, y han perdido todo el encanto y la atracción. Fijémonos en los héroes de la fe, los de Hebreos 11 que esperaron contra toda esperanza, que conquistaron reinos y corazones, y fueron fieles al Señor corriendo la buena carrera hasta el final.  

Querámonos un poco más a nosotros mismos, y no andemos siempre tras las faldas del santón de turno, queriendo encontrar fuera lo que llevamos dentro como una marca indeleble, la del bautismo que nos hace hijos e hijas, inhabitación del Espíritu Santo y por lo tanto, presencia de Dios en el mundo junto con nuestros hermanos, el resto del cuerpo de la Iglesia.   

 

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