Domingo, 18 de agosto de 2019

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Centinelas de esperanza

por Kairós Blog

Un profesor de Biblia expresaba que si valoramos la magnitud de la desgracia que se cernió sobre el reino de Judá en el año 587 a.C., sorprende que el pueblo de Israel no hubiera desaparecido de la historia como tantas otras naciones del antiguo Oriente.

Jerusalén fue arrasada, el templo incendiado y una gran parte de la población llevada al exilio. Algunos israelitas, abrumados por la catástrofe, pusieron en duda la justicia divina (cf. Ez 18,2); otros se desmoronaban en la desesperanza, pensando que todo había terminado para Israel como nación (cf. Ez 37,11); y otros imploraban la misericordia de Dios sin llegar a ver el fin de sus angustias.

Para entender mejor al profeta Ezequiel es necesario tomar conciencia de la gravedad de la crisis que debió realzarse cuando los deportados a Babilonia, arrancados de su patria, entraron en contacto con aquel gran centro político y cultural, y se vieron inmersos en un esplendor y un poderío extraordinarios. Su propia cultura debió parecerles extremadamente pobre y atrasada ante semejante fulgor y grandeza. No es de extrañar, por tanto, que muchos de los exiliados se adaptaran, quizás con resignación al comienzo y después de buena gana, a las nuevas circunstancias que encontraron en el país del exilio.

Hoy puede estar sucediendo algo similar entre nosotros. Cuando bajamos los brazos y la apatía generalizada por las cosas de Dios se apodera de la vida eclesial, nos topamos con una verdadera tragedia. El mundo en el que estamos inmersos pero del que no somos parte (cf. Jn 15,19), demasiadas veces nos absorbe y nos seduce; por eso, muchos creyentes se adaptan con resignación o de buena gana, sin apenas darse cuenta de que terminan por buscar una Iglesia que se mueva con el mundo en vez de apostar por una Iglesia que mueva al mundo, como decía el genial Chesterton. Necesitamos preguntarnos el por qué de esto para volver a alentar, con pasión, el resurgir de la esperanza entre las ruinas.

En la Iglesia del tercer milenio también necesitamos profetas al estilo de Ezequiel, para contribuir a mantener despierta la conciencia de los cristianos en este destierro espiritual. Necesitamos un mensaje profético, ubicado en el límite de una realidad que ya se muere y de otra que debe nacer y surgir. Estamos llamados a ser profetas y centinelas de esperanza que vivan y proclamen la vida en el Espíritu, desde el encuentro personal con Cristo que cambia y transforma toda nuestra existencia.

La visión del agua que brota del templo (Ez 47,1-12) me hace pensar en el tipo de Iglesia que el Espíritu Santo está suscitando hoy, especialmente desde el Concilio Vaticano II. Todavía somos una Iglesia que en demasiadas ocasiones se parece a un estanque, como la piscina de Betesda (cf. Jn 5,2-8), en el que el agua no corre y únicamente se encuentra detenida y encerrada entre cuatro paredes. La visión de Ezequiel me inspira, por el contrario, una Iglesia que se parece a un río, en salida misionera, que se va desplegando y es capaz de salir de sí misma para inundar el mundo entero con el agua viva, la vida en el Espíritu que nos ha traído Jesucristo con su pasión, muerte y resurrección.

La imagen del río que brota del interior del templo nos habla de una comunidad viva que sirve a la Iglesia para congregarse, por una parte, y que ayuda a los discípulos a desplegarse para llevar la Buena Noticia del Reino hasta los confines de la tierra. Es la teología neotestamentaria la que aplicaría esta alegoría a Jesús (Jn 7,38), el cual garantiza con ello el acceso a la vida celeste (Ap 22,1-2). Con esta preciosa y profética escena del río y del agua, creo que Ezequiel nos ha dejado una de las mejores visiones acerca de un nuevo tiempo para el pueblo de Dios, la Iglesia de Jesucristo del tercer milenio.

 

Fuente: "Renovación y Evangelización. Los huesos secos y el río de agua viva" (Onofre Sousa), Editorial Bendita María (2016)

 

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