Martes, 07 de julio de 2020

Religión en Libertad

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La justicia mira desde el cielo

por Contemplata aliis tradere

 

             

            El día de Nochebuena de este año 2012 me sentía especialmente ungido y gozoso. Rezaba temprano los maitines en la cama con el móvil. Mi hermana, que vive en el piso de arriba, bajó y, al verme, me preguntó:

- ¿Qué haces?

-Rezando, le respondí.

-¿Con ese chisme? Acuérdate de cuando te decía mamá que por qué no rezabas el rosario. Si te ve ahora, pensaría que ni rosario ni nada.

No le hice mucho caso porque yo estaba a lo mío. Y lo mío, nada más y nada menos, era la segunda lectura de los maitines de ese día. Es de San Agustín, de su sermón 185.  Las palabras introductorias dicen: La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. Me quedé clavado, al leerlas, porque durante todo el adviento sentía yo bullir estas frases en mi corazón.

San Agustín nos dice: “Despiértate”. Yo me preguntaba: ¿Estoy dormido? Y empecé a reflexionar: ¿Dónde está mi corazón ahora? ¿Cuáles son mis preocupaciones? Yo, amigo, ya reflexioné. Ahora te traslado a ti el imperativo de Agustín. ¿Estás dormido? Tú me dirás que tus preocupaciones son tener un trabajo, dar de comer a tus hijos, la situación precaria de tu matrimonio, el pesimismo social, la corrupción e ineficacia política, la enfermedad que te aqueja… Vale, estas cosas son importantes pero no dejes de escuchar: “Despiértate”.

Tienes que despertarte porque si no hablará el vacío de tu corazón. Te agobiarán las pesadillas nocturnas. Pensarás que estás a punto de hundirte. ¿Sabes cuáles son algunas de mis preocupaciones ahora? Que no se me repita el cáncer y me tengan que dar quimio y ponerme otra bolsa de colostomía. Ya me han puesto una aunque sólo por cuatro meses. Cada vez que lo pienso trato de despertarme. Me dice San Agustín: “Hubieses muerto para siempre si él no hubiese nacido en el tiempo. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca tendrías vida si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado si él no te hubiera ayudado”. Vamos a despertarnos porque yo creo que nos falta fe y por eso nos pesan tanto las cosas.

Sin fe la nimiedad de la vida tiene un poder tremendo. La quimio, la bolsa, cualquier cosa que nos acaeciera nos reduciría a la miseria. Podemos negarlo, distraernos, racionalizarlo, pero ahí está la amenaza. El poder del pecado y sus consecuencias nos llevan a la muerte; no hay salida. Yo no sé otros, pero para mí no hay salida. No me dejan ni subirme a una silla para bajar algo del armario porque soy viejo. La soledad de la muerte y la del pecado me aterran. No la de los pecados que he cometido yo, ¡pobre hombre! que no he valido ni para pecar, sino la metafísica, la de la nada, la del pecado original, la de la ruptura con Dios. De esa soledad y de esa muerte no quiero ni oír hablar. No obstante, estoy abocado a ella; la veo venir. Si yo sólo fuera carne no tendría remedio.

Pero no. Puedo celebrar con alegría en estos días de navidad el misterio de nuestra salvación. Quiero celebrar el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Quiero celebrarlo porque éste que bajó, se ha convertido para nosotros en justicia, santificación y redención. ¡Qué palabras, Dios mío, qué realidad! Nunca pudo uno imaginarse regalo tal.

Es que, hermanos, la justicia mira desde el cielo. Leed el salmo 85, uno de los que nos ofrece mayor consuelo. No creáis que es la justicia distributiva de los bienes de este mundo. No, nos están hablando a otro nivel. No es una justicia para arreglar al mundo, sino para que descubras el deseo que Dios tiene de ti. Con esa justicia la astucia del hombre, su valentía, su poder de voluntad han sido desarmados. El que se gloríe que se gloríe en el Señor. Todo es suyo y todo viene de él. Sin esa justicia te destruirías Nadie puede salvarse por sí mismo, tus problemas te hundirían, tu falta de fe es una soberbia inmensa y además una mentira. No me digas que te respete; en tu soberbia no puedo respetarte. La gratuidad de la salvación nos la ofrecen desde el cielo y se hace realidad y verdad en la tierra, en el pesebre, en Belén durante estos días.

Es maravilloso que la justicia mire desde el cielo porque si el peso de mi salvación recayera en mí, me moriría. Lo que necesito ahora es tener fe, mucha más, porque me paso el día ocupado de mí mismo y no me entero de nada. ¡Qué agotadora es la superficialidad! ¡Qué ser más aburrido soy! ¿Puedo yo interesar a Dios de alguna manera? Me encantaría ser interesante, hacer obras interesantes, tener algo que presentar? Pero, ¿me encantaría de verdad?

No, no me encantaría, ni me importa mucho ya que habiendo recibido la justificación por la fe estamos en paz con Dios. No me puedo justificar con mi justicia, sólo con la que viene de la fe en que es Dios quien nos justifica. ¿Para qué necesito ser importante? Todo viene de arriba. Si me creo todo esto, si me creo todo lo que escribo en este artículo, soy justo. Sí, me lo creo, por eso lo escribo no para ser justo sino porque lo soy. Es maravilloso porque San Agustín también se lo cree y se emociona contándoselo a su gente de hace mil quinientos años. No veo gran diferencia, para él fue un regalo como para mí.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios porque la justicia y la paz se besan. La justificación por la fe nos pone en paz con Dios. Esta paz es el correlato de la justificación, por eso se besan. No puede existir la una sin la otra. La una viene del cielo, del Padre de la gloria, la otra, la paz brota de la tierra, es decir, sucede en la humanidad de Jesucristo. La justicia viene desde el cielo y engendra la paz en el hombre pecador y caduco, por eso se besan. La justicia de Dios quita el aguijón de mi cáncer y de mi quimio y engendra la paz en mí. Si además de mi cáncer, de mi pecado y de mi miseria no estuviera justificado el absurdo más hondo me rondaría.

El beso de la justicia en mí engendra la paz. Querido amigo, tú, el ateo, el que no crees, ¿por qué te dejas hundir en la soledad?¿No te das cuenta de que lo que quieres es justificarte a ti mismo? Quieres comprar la paz con tus actos y la tienes regalada. Escucha lo que te dicen los ángeles en estos días de navidad: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor. Tú eres de esos, de los que ama el Señor porque él ha venido a la tierra en tu búsqueda. No le pongas malas intenciones al niño, pensando que viene para unos y no para otros. Viene por ti, abre tu corazón para que no se te pudran los sentimientos dentro.

Los niños son los protagonistas de estos días. Míralos y quiérelos mucho porque pronto dejarán de serlo. Pero después vendrán otros y después otros y más tarde más porque ¿cómo podríamos conocer a Dios si en algún tiempo faltaran los niños? ¿Te atreverías a creer como ellos en los Reyes Magos? Te digo una cosa: ellos están más cerca de la verdad que tú, están más capacitados para el misterio. Yo tenía un amigo del alma que se llamaba Julio. Era un joven dominico de 27 años y pletórico de salud. En la navidad de 1981 me decía paseando  y mirando como a una especie de vacío:

-No existe, Chus, esto no existe, te lo digo de verdad. No es nada más que niebla.

 -¿Pero qué es lo que no existe? 

-Pues todo: los edificios, la carretera, los coches…

Nunca había dado muestras ese chico de fallarle la cabeza, pero me lo decía con tanta convicción que me preocupó un poco. Tres días más tarde, el 28, día de Inocentes, tuvo un accidente y el primero de enero murió. Entonces caí en la cuenta de sus palabras. Dios lo estaba preparando para la verdadera realidad. Era un sacerdote de una profunda fe. Este hombre sembró en mí un toque de gratuidad que aún me sigue haciendo feliz. Gracias a esta siembra de gratuidad yo entiendo que la justicia viene del cielo y me siento feliz.

Hoy es también el día de los Inocentes, treinta y un años después. Los inocentes son los santos más ajenos al mérito entre todos los que celebra la Iglesia. No pudieron hacer nada por sí mismos. Todo les ha sido regalado: la santidad y el mérito. ¿Por qué? Porque la justicia mira desde el cielo. Muchos no están conformes con tal gratuidad. Eso es lo que les falta para llegar a la santidad. Yo coincido con San Agustín que termina esta lectura de maitines amonestándonos a todos para nuestra vida: “Busca méritos, busca justicia, busca motivos, a ver si encuentras algo que no sea gracia”.  

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