Sábado, 20 de agosto de 2022

Religión en Libertad

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A mis queridos hermanos gays

A mis queridos hermanos gays

por Josue Fonseca

 

Queridos amigos, ¡son tantas las cosas que ahora mismo se me vienen a la mente! Muchos rostros, muchas conversaciones. Bastantes lágrimas, y risas también, alguna que otra vez. Bastantes historias con nombre y apellidos. Empiezo con una de ellas.

Un día vino a verme Verónica. Era una alumna calladita en la que, a decir verdad, no había reparado mucho. Quería hablar conmigo, así que, una vez que cerró la puerta del Departamento se sentó, y comentamos las trivialidades típicas de los inicios de una conversación, fue al grano enseguida:

- Verás… estoy enamorada.

Bueno, ya se pueden imaginar que no di un respingo en mi sillón: ¡ciertamente se pueden confesar cosas mucho más preocupantes a los 16 años!, así que puse el piloto automático:

 - ¡Vaya!, bueno, ya sabes que a tu edad esas cosas pasan y es normal, forma parte del desarrollo de nuestra sensibilidad… (etc., etc.).

- No, si todo eso ya lo sé. Verás, yo venía a hablar contigo porque no sé si es bueno decírselo o no…

- Humm, ¿sabes si el chico tiene novia ya?

- No, se trata  de Blanca.

Ahora sí que di un respingo. Pero uno tiene ciertas tablas y creo que no se me notó. Seguí la conversación con absoluta naturalidad y logré convencerla que no se declarara a Blanca (que era una belleza y una chica muy popular en su clase).

Dejé ese instituto al curso siguiente, pero mi relación con Verónica continuó varios años más. Pienso que me ocupé bastante seriamente de su caso. Le expliqué que a su edad la orientación sexual puede ser difusa y le aconsejé que no se implicara “físicamente” en relaciones con otras chicas. Le recomendé incluso un excelente terapeuta de Valladolid.

Pero dio igual. Ante mis ojos, la cándida adolescente fue convirtiéndose en una mujer. Y en nuestras sucesivas entrevistas pude ver como desoía mis consejos y se consolidaba en su opción de lesbiana. Así son las cosas.  

Verónica no fue el único caso. Hubo otros más cercanos: amigos, familiares: gente a la que quieres y que un día te “suelta” su secreto. No suele constituir una sorpresa, la verdad; pero siempre marca un antes y un después; la evidencia se impone en la relación y, en adelante, la mediatiza, de un modo u otro.

Quiero confesaros hoy como me he sentido y como me siento de verdad respecto a vosotros. Y quiero empezar diciendo que nunca me avergoncé de mis amigos. Nunca me dio reparo que me vieran por la calle (ni siquiera cuando Héctor se presentó a nuestra cita con un abrigo años 30, ceñido y con cuello de zorro). Nunca me ha gustado la gente que os despreciaba, ni los chistes que os denigraban, ni los trabajos o las oportunidades que durante tanto tiempo se os negaron, simplemente por ser como erais.

Ya sé que hoy las cosas han cambiado. Los chistes de mariquitas están casi prohibidos, y existe una férrea censura de lo políticamente correcto que no permite transgresiones. Me acuerdo de la que le cayó al pobre Durán i Lleida cuando se le ocurrió decir lo de las “clínicas para ayudar a los que quisieran cambiar su orientación” ¡y eso a pesar de que insistió que “la homosexualidad no era una enfermedad”!

De hecho han cambiado tanto que, fijaros, ahora soy yo el que se siente atacado. Hace unos meses detuvieron (creo que fue, como no,  en el liberal Massachussets) a un padre de familia por negarse a que sus hijos acudieran a una  charla que daban dos gays en su colegio. Tal vez yo hubiera hecho lo mismo. ¿Me habrían detenido a mí también?

Es terrible la ley de la historia: los perseguidos tienden a hacerse perseguidores. Pasó con los cristianos, con los herejes, con los ilustrados y los liberales. Con los comunistas. Ahora ya pasa con vosotros: si alguien se sale de lo políticamente correcto, si insinúa que la atracción homosexual no es natural, si rechaza de plano los absurdos de las teorías de género, puede meterse en problemas, es un “homofobo”. Y el abuso de esa palabra, cargándose toda etimología, se ha convertido en una nueva bandera inquisitorial que ridiculiza, humilla y persigue al disidente. Igual que hicieron con vosotros.

Por mi parte no temáis, de verdad. Yo seguiré queriéndoos. No voy a ser como uno de esos chiflados que se apostan en el barrio de Castro, en San Francisco, con pancartas que anuncian vuestra inminente condenación. Tampoco haré pintadas por Chueca.

Pero, por favor, dejadme que sí exprese que vuestra inclinación no me parece natural. ¡Biológicamente, eh! Dejando aparte la moral. Evolutivamente el sexo es para la procreación y, (repito, desde el punto de vista meramente evolutivo) a la Naturaleza le importa un rábano todo lo demás, aunque se dan casos probados de comportamiento homosexual entre los animales (que sin embargo, y por lo que sé, no son generalizadamente exclusivos, como sí ocurre en la mayoría de los  humanos). Así que me parece una variable incorrecta, como muchas otras. Y todos tenemos alguna.

Quiero dejar muy claro que no me opongo a vuestras uniones, ni a qué tengáis los derechos que se conceden a las parejas heterosexuales. A ninguno salvo a dos. El primero es el de la adopción porque no existe: el único derecho que hay es el de “ser adoptado”, y cualquier niño o niña deben tener primordialmente la oportunidad de formar parte de un hogar con un hombre y una mujer, eso que nuestra propia historia natural, como especie, ha tardado decenas de miles de años en configurar como opción. Sobre todo cuando hay miles de familias “normales” en lista de espera.

El segundo es el nombre. Los significados de las palabras aluden a conceptos concretos que forman parte de la propia biografía antropológica del lenguaje. En la raíz indoeuropea el término “matrimonio” se construye sobre un significante específico que alude a una relación heterosexual (de hecho en inglés el término husband, significa literalmente “cultivador” de la mujer, y podríamos poner muchos más ejemplos). No es, como decía Rubalcaba, igual que la palabra “siesta”… y ningún Parlamento puede cambiar las estructuras semánticas profundas por decreto: no es justo.

Dejadme, por un momento, ser liberal. Os propongo sentarnos y charlar: siempre es bueno conocerse y no estaría mal que un obispo, o un cardenal se sentara a escuchar a vuestros representantes, ni que, incluso la Iglesia misma, organizara una encuentro con cristianos de esta inclinación (pues hay muchos, créanme los católicos de toda la vida ) para conocer mejor los problemas, las ayudas y las  propuestas que tengáis que hacer.

Sé que no es fácil, y cuando me encuentro con la realidad homosexual, continuamente me estoy preguntando qué haría Jesús en mi lugar y cómo lo haría. Siempre termino en lo mismo, y es pensar que lo que dice es Magisterio es lo correcto. Pero pienso que hace falta mucho más contacto, mucho más conocimiento, más valor y menos miedo. Creo que sería una buena noticia si la Pontificia Academia de Ciencias coordinara un estudio  interdisciplinar entre especialistas de las distintas universidades católicas del mundo que pudiera darnos una visión científica más clara y objetiva del tema, lejos de las presiones del lobby progre, pero sin pretender tampoco llevar el agua a ningún molino.

Una amiga, a la que yo aconsejaba castidad, me dijo una vez: “sí, cómo si fuera tan fácil, imagínate compartir toda tu vida el vestuario con las chicas…, dormir en la misma cama con tus amigas…! Claro, no hay que dar recetas fáciles, ni decir bobadas. Creo que en ciertos casos las tendencias homosexuales se pueden corregir. En otros no queda más remedio que la castidad (como a los viudos, a los solteros, a los separados heterosexuales). Y tiene que quedar muy claro que la Iglesia nunca ha realizado condenas concretas contra la inclinación, ni siquiera contra la afectividad normal, sino contra la práctica, pura y dura con lo que todo el tinglado moral entre el cristianismo y los gays queda sustancialmente reducido al tema de las relaciones sexuales. No hay más.

Que se yo. ¡Hay tantas cosas que me gustaría deciros! Fundamentalmente las resumo en una, y no me importa si os parece contradictoria con lo que acabo de escribir. Yo os amo. Nunca he tenido motivos para otra cosa, y no pienso echaros jamás de mi vida.

Estoy completamente convencido de que el Señor os ama también. El resto, es vuestra conciencia.

¡Un abrazo y feliz 2012!

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