Domingo, 17 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Risto Mejide, Arcadi Espada y nuestra hipocresía

por No tengáis miedo

Probablemente llego muy tarde para escribir sobre esto. En la vorágine de este mundo, donde las noticias o las polémicas de hoy desaparecen en dos días de todo titular, y hay que tirar de hemeroteca para encontrarlas, tardar una semana en escribir sobre unos hechos se antoja disparatado. Pero es la humilde realidad de un bloguero no profesional.

A lo que vamos: la entrevista de Risto Mejide al periodista Arcadi Espada, la polémica de si el primero echó al segundo o el segundo decidió irse, y el retorno a la palestra de las opiniones de Espada, fuente del conflicto. A saber: “Si alguien deja nacer a alguien enfermo, pudiéndolo haber evitado, ese alguien deberá someterse  a la posibilidad, no sólo de que el enfermo lo denuncie por su crimen, sino de que sea la propia sociedad, que habrá de sufragar el coste de los tratamientos, la que lo haga. Este tipo de gente averiada alza la voz histérica cada vez que se plantea la posibilidad de diseñar hijos más inteligentes, más sanos y mejores. Por el contrario ellos tratan impunemente de imponernos su particular diseño eugenésico: hijos tontos, enfermos y peores.” Fuente: https://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/2013/05/09/un-crimen-contra-la-humanidad.html

Las reacciones no se han hecho esperar. Por una parte, encendidas defensas de amigos y compañeros de profesión del periodista, como Salvador Sostres, que atacan el tele-espectáculo de Risto Mejide, pero que no dice ni “mu” sobre el pensamiento de fondo de Espada. Y por otra parte, como era de esperar, una ingente masa de personas que se han lanzado sobre el periodista, que está siendo acribillado en redes sociales.

Yo francamente pienso que estamos inundados de hipocresía. Porque nos escandaliza cuando alguien, en este caso Arcadi Espada, plasma a las claras un pensamiento tan radical e incómodo, y nos remueve las tripas y protestamos, cuando la realidad nos demuestra que sus palabras ya se cumplen hoy.

Porque cuando escuchábamos en la gala de los Goya hablar al protagonista de “Campeones”, nos emocionábamos, y clamábamos por la diversidad, por la integración. Y cuando vemos a un pequeño con síndrome de Down, con su sonrisa, con su ternura, con su pureza, y escuchamos hablar a sus padres, se nos enternece el corazón. Y al que tiene parálisis cerebral, y al autista, y a tantos otros. Cuando se cambia el nombre del diagnóstico por el de una persona de carne y hueso, con un nombre, con una historia, alguien que tenemos delante, todo se vuelve más emocional. Aplicamos el supuesto uso de la razón al nombre de una discapacidad, cuya existencia en verdad nos aterra y querríamos desterrar, y pasamos al corazón a las personas concretas que ponen rostro a la discapacidad, enfermedad o simple característica diferencial.

Estos “grandísimos” periodistas y pensadores, como el señor Espada y sus compañeros, están por encima del bien y el mal, hasta el punto de plantear tranquilamente un diseño de especie humana que, irremediablemente, recuerda al de los nazis. Al menos lo dicen con claridad. El resto de la sociedad, la que pone el grito en el cielo, la que es capaz de emocionarse, es la que va cumpliendo este exterminio silencioso.

Porque se aborta a prácticamente al 100 % de niños con diagnóstico de síndrome de Down. Nacen los que no se diagnosticaron (cuyos responsables médicos se exponen a ser demandados, en algo parecido a lo que Espada exponía), y pocos más. Y lo mismo se puede decir de cualquier feto que no cumpla “nuestros estándares de calidad”. Es la nueva raza aria. Cuando llegue el momento, por ejemplo, en que el autismo sea detectable en el embarazo… ¿cuántos niños autistas creen que nacerán?

Estar a un lado u otro del vientre materno es la fina pared que nos otorga o priva de derechos, de despertar emoción en otros y ser amados, de ser dignos o no de estar en este mundo, de conservar la vida o de ser exterminados. Esa pared del vientre materno es la otrora frontera de la Alemania nazi, que marcaba la diferencia entre vida o muerte. 

No sé qué clase de mundo podría ser aquel del perfecto diseño genético de la especie humana, al que nos vamos paulatinamente acercando. Sí sé que vamos a perder mucho, muchísimo. No es el mundo que yo quiero. Y no me vale que nadie me diga “tampoco yo”, si luego no defiende la vida hasta sus últimas consecuencias. De hipocresía, como ya decía, andamos bien servidos...

 

 

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