Religión en Libertad

Pintar iconos bajo las bombas en Israel: «No soy árabe ni judía, pero los abrazo en mi corazón»

De familia del Camino Neocatecumenal, María Ruiz es laica consagrada y trabaja como artista para el Patriarcado de Jerusalén.

"Más que una expresión artística, un icono es una profesión de fe", asegura María Ruiz.archivo

Redacción REL
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María Ruiz Rodríguez era de familia del Camino Neocatecumenal cuando ingresó a los 19 años en las Hermanas de Belén, dos décadas después sintió que Dios le llamaba a algo distinto y hoy vive como consagrada en Israel y pinta iconos para el Patriarcado de Jerusalén. Diario de Navarra cuenta su historia.

En la actualidad, su día a día gira en torno a la creación de iconos. A través de la pintura, encuentra una forma de oración y de expresión de la fe. Cuando todavía era monja perfeccionó sus habilidades artísticas, estudiando técnicas tradicionales como la iconografía bizantina y el arte románico, incluso formándose con maestros especializados.

La mayor herencia

Nacida en una familia Camino Neocatecumenal, donde la fe ocupaba un lugar central. La muerte de su madre marcó un momento clave en su vida, especialmente por el mensaje que ésta le dejó: considerar la fe como la mayor herencia. Algo que influyó decisivamente en su temprana decisión de consagrarse.

En 2020 comenzó a colaborar como voluntaria con jóvenes con discapacidad en Belén. Etapa que le aportó una gran alegría y le ayudó a descubrir que su lugar estaba en medio de la realidad cotidiana, acompañando a las personas. Fue entonces cuando empezó a considerar seriamente el Ordo Virginum como una opción de vida.

"Antes de comenzar el trabajo, invoco al Espíritu Santo", comenta María.archivo

Posteriormente, comenzó a trabajar en un proyecto vinculado al Patriarcado de Jerusalén, centrado en la representación visual de los Evangelios. Su labor consiste en crear miniaturas que acompañan textos en árabe, con el objetivo de facilitar su uso tanto en celebraciones litúrgicas como en contextos pastorales. Estas obras no solo tienen un valor artístico, sino también pedagógico y espiritual.

"Más que una expresión artística, un icono es una profesión de fe. Antes de comenzar el trabajo, invoco al Espíritu Santo y pido perdón por mis propios pecados y por los que venerarán estas imágenes. Estaba interesado en esta dimensión de la relación", decía Ruiz en una entrevista. 

"Leemos juntos el Evangelio y elegimos qué escenas representar, teniendo en cuenta la particularidad de cada evangelista. Le gusta especialmente resaltar pasajes que se representan con menos frecuencia en la tradición artística. Este es un proyecto cercano a su corazón", apuntaba sobre su trato con el cardenal Pizzaballa, patriarca de Jerusalén.

Uno de sus proyectos fue la creación de las imágenes para los evangelios de Mateo y Marcos, un proceso laborioso que implica múltiples etapas para cada página, como las letras a lápiz, la elaboración de los iconos, las letras en tinta y por último añadir los colores dorados. El resultado final será un volumen de unas 200 páginas con 250 imágenes.

Actualmente reside en una vivienda sencilla en el Monte Sión, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, muy cerca de lugares de gran significado para el cristianismo. Además de su trabajo artístico, participa activamente en la vida de su comunidad parroquial, acompañando a jóvenes y colaborando en distintas iniciativas. Su facilidad para los idiomas le ha permitido integrarse con relativa rapidez, aunque reconoce que aún sigue aprendiendo árabe.

"Creo que ser extranjero es una bendición para esta Iglesia. ¿Por qué había personas tan diferentes ese día? No soy ni árabe ni judía, y esto me permite unir a ambos pueblos en mi corazón. En alabanza a Dios éramos un solo pueblo, trascendiendo las divisiones que habitualmente nos separan. Esto también lo necesita la Iglesia en Jerusalén, recordar su vocación universal", reflexionó.

Su vida actual se desarrolla, además, en un contexto especialmente difícil: el de un territorio marcado por la guerra. Desde el estallido del conflicto en octubre de 2023, la situación en Jerusalén ha cambiado profundamente. Las sirenas, las alertas y la incertidumbre forman parte de la rutina diaria. Las restricciones afectan a la vida cotidiana, desde la educación de los niños hasta el funcionamiento del trabajo.

Este clima también ha impactado en las celebraciones religiosas. En particular, la Semana Santa, uno de los momentos más importantes para los cristianos en Tierra Santa, se vive con limitaciones significativas. Actos tradicionales como la procesión del Domingo de Ramos han sido suspendidos, y algunas celebraciones se realizan a puerta cerrada.

A pesar de todo, María insiste en la importancia de no dejarse arrastrar por el odio o el resentimiento. Desde su perspectiva, los conflictos no solo se desarrollan en el plano externo, sino que tienen su origen en el corazón humano. Por eso, su apuesta es seguir construyendo paz desde dentro, manteniendo viva la fe incluso en medio de la adversidad.

"Hacer que esto funcione en Jerusalén tiene un valor especial: puedo visitar los lugares donde se vivió ese Evangelio" pero también "sumergirme en la cultura judía", reconoció. "Esto me ha abierto los ojos a la riqueza que el judaísmo aporta al cristianismo. Hay una perfecta continuidad y al mismo tiempo una novedad sin precedentes en la persona de Cristo".

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