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«Mi corazón sangraba gritando amor verdadero»: Miguel revela por qué la «vida gay» no sació su sed

De una vida gay activa al encuentro con Cristo: Miguel de la Fuente relata su proceso de sanación y cómo la Iglesia le ayudó en darle esperanza.

Miguel de la Fuente cuenta su testimonio en

Miguel de la Fuente cuenta su testimonio en "La herida del corazón del hombre" (Editorial Campomanes)Shalom Ejiofor en Unsplash

Álex Rosal
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La historia de Miguel de la Fuente no es un camino lineal, sino una "aventura" circular de caídas, descubrimientos y, sobre todo, de una profunda sed de trascendencia. 

Tras años de una vida gay activa marcada por el vacío y las relaciones utilitaristas, este joven decidió bajar a las llagas de su propia biografía para entender qué había detrás de su atracción hacia personas del mismo sexo. 

En esta entrevista, Miguel de la Fuente desglosa con valentía cómo el "trauma de apego" y la ausencia de afecto paterno marcaron su identidad, y cómo solo a través de la vida sacramental y el acompañamiento eclesial, ha logrado transfigurar su herida en un camino de santidad.

Su libro "La herida del corazón del hombre", publicado en la editorial Campomanes es, a la vez, un testimonio y un manual para profundizar en el entendimiento de las propias heridas.

- Miguel, en tu libro “La herida del corazón del hombre” (Campomanes) explicas que has tenido una vida gay muy activa, pero que en un momento determinado te das cuenta de que las heridas de tu infancia (maltrato físico y psicológico), sumado al trauma de apego, te llevó a una confusión de identidad que se canalizó en una proyección hacia personas de tu mismo sexo…

- Así es. Durante varios años he vivido lo que podríamos llamar una «vida gay» activa. Mi corazón, sin yo saberlo con certeza, estaba sediento, implorando a gritos ser colmado y abrazado por un amor verdadero. Algo que no encontré nunca en esa forma de vida. He tenido relaciones de muchos tipos con distintos varones.

Dentro de esa dinámica degradante y de búsqueda de amar y ser amado por medio de relaciones dependientes y utilitaristas, llegó un momento de mi vida que me di cuenta de que algo en mí no estaba bien. Tenía un vacío enorme en el pecho y en el corazón. Concretamente, cuando tenía 22 años, mi padre, con un profundo deseo de hacer todo por mí, buscó ayuda en un sacerdote que se ofreció a ayudarme.

A través de su ayuda y de tantas personas que se cruzaron en mi camino, fui descubriendo que, en mi persona, más allá de la atracción o proyección hacia personas de mi mismo sexo, existían unas profundas heridas de desamor, fruto de un deterioro de las relaciones fundantes y fundamentales que forjan la identidad de la persona, es decir, fruto de las relaciones familiares.

Estas heridas afectaron muy hondamente a mi identidad personal socavando los cimientos de mi personalidad (¿quién soy yo?, ¿por qué no me siento amado?, etc.). 

Dichas heridas afectaron, así mismo, a mi identidad sexual. El no experimentar el amor me llevó a una confusión profunda en mi autocomprensión de ser varón. Sentía una enorme desconexión con mi corporalidad y con mi sexualidad masculina.

Todo ello, vivido en la más tierna infancia, durante la adolescencia, se canalizó de forma sexual. Es decir, la necesidad de apego, de vínculo, de relacionarse para sobrevivir que tiene toda persona humana, en mi caso, por mis heridas en mi ser y en mi sexualidad, se sexualizó. 

Todo el mundo necesita vincularse a “otro” para sobrevivir porque somos seres relacionales, llamados a relaciones de comunión y solidaridad. Nuestro ser, nuestra identidad, se forja en las relaciones. Cuando esas relaciones no han sido adecuadas, la forma de vincularse y de buscar esas relaciones se torna inadecuada y, en muchos casos, de forma destructiva.

- Escribes que “he descubierto, con dolor, que las relaciones llamadas homosexuales empiezan con sexo y terminan con sexo”…

- Así es. En las relaciones “homosexuales” el amor no es posible. Después de todo un proceso de descubrimiento y de descenso a mis heridas y a las de otras personas, he podido experimentar que el Amor es una Persona, Jesús de Nazaret. Y esa Persona, siendo el Amor, ha mostrado qué es ese Amor: dar la vida por el otro. Asumir el dolor de la propia herida y de la de tantas personas que nos rodean y, abrazando esas heridas, ofrecerlas al Padre en comunión íntima con su Hijo, por el Espíritu Santo que nos concede la gracia para vivirlo.

Esta profunda y hermosa forma de vivir el amor, que es la única verdadera, no es posible en las relaciones entre personas del mismo sexo, por el simple hecho de que, desde mi experiencia, puedo decir que estas relaciones se dan entre personas profundamente heridas que les impide mirar al “otro” en cuanto “otro”, más allá de mis necesidades. 

Son relaciones, en este sentido, profundamente egoístas y narcisistas, donde el “otro” cubre mi necesidad de ser mirado, de ser tocado, de ser amado. Pero que, con tal de cubrir esa necesidad, soy capaz de utilizarlo y considerarlo como “objeto”, en lugar de como una persona con dignidad sagrada.

Es por ello por lo que, desde mi propia experiencia, puedo decir que, la mayoría de relaciones entre personas del mismo sexo, es una cuestión sexual-genital, en el sentido de que se busca, a través de la relación sexual, paliar una profunda necesidad narcisista de ser mirado y tocado por otro. 

En el caso de relaciones entre varones, las relaciones afectivas suelen comenzar por un deseo muy fuerte de unirse al otro sexualmente, incluso ansiosamente, por la falsa ilusión de que a través de esa “fusión” sexual, se colmará un vacío del corazón, una herida nuclear que, en el fondo, no sólo no se llena o se sana, sino que se va agrandando más y más.

El libro de Miguel de la Fuente

El libro de Miguel de la Fuente "La herida del corazón del hombre" (Editorial Campomanes)Campomanes

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- ¿Qué es lo que te motivó dejar la “vida gay” y comenzar a vivir de una manera nueva?

- La motivación principal para dejar la “vida gay” y comenzar a vivir de una manera nueva fue descubrir que era posible el amor verdadero y la esperanza a pesar de las múltiples heridas que tenía y que aún sigo teniendo. Es decir, el vacío, la degradación, las codependencias, la utilización y el mercantilismo que se vive en el “mundo gay” fue socavando lenta y profundamente la esperanza de encontrar el amor verdadero en dicho mundo.

Cuando pude comprender, después de dejar esa forma de vida, que el amor humano, aunque herido, puede ser transfigurado y recreado por el amor de Cristo que se derrama en su Iglesia, la esperanza fue prendiendo en mí. Y, aunque sé que es un proceso largo, lento y muchas veces doloroso, creo que es la única forma auténtica de vivir la vida humana y cristiana, dejarse moldear por ese amor y abandonarse a él para que en mí vaya naciendo esa vida nueva a la que Dios, en su Hijo, me llama.

- Dices que “he deseado siempre amar y ser amado” y que eras un “mendigo de amor” a la búsqueda del amor verdadero…

- Si. Toda persona humana desea profundamente amar y ser amada, pues nuestro corazón, desde el origen, está creado para eso: para un amor eterno. Cuando, por el pecado, surgen en nuestra vida heridas y más pecados que, a su vez, generan más heridas, ese deseo de amar y ser amado se oscurece e intentamos saciarlo y colmarlo de cualquier manera. Pues, por naturaleza, estamos creador para el amor. Pero no para cualquier tipo de “amor”, sino para el Amor en Mayúsculas, que sólo podemos encontrar y experimentar en Cristo Jesús que se nos da en su Iglesia santa y pecadora.

Cuando miro y contemplo mi historia, pasada y presente, así mismo, cuando contemplo a muchos conocidos que aún viven esa “vida gay”, sólo puede generarse en mí compasión. 

No me sale el juicio o el reproche, pues, verdaderamente, las personas que deciden, en su libertad, vivir esa vida, en el fondo, sólo están deseando cubrir esa necesidad profunda del corazón de amar y ser amados. La cuestión es descubrir en qué consiste realmente ese amor.

- ¿Dónde has encontrado ese amor verdadero?

- Ese amor verdadero sólo lo he encontrado en Cristo Jesús que se me ha dado en el seno de Su Iglesia. Cuando, después de una vida muy desordenada, encontré personas que me han amado gratuitamente, en mí se fue recreando muchas heridas que tenía. Ese amor humano gratuito, desinteresado, me mostró la bondad, la verdad y la belleza del amor divino al que estoy llamado.

Desde ahí, he podido profundizar e ir encontrando un «apego» seguro en el Corazón traspasado de Jesús. Contemplando, con dolor, Sus llagas, he podido mirar de otra forma las mías propias. Sus llagas me han mostrado qué es el amor verdadero. Y Su amor ha hecho despertar en mí el amor, pues, como dicen los místicos del Carmelo, «el amor sólo con amor se paga».

Estas llagas de Jesús no se contemplan de forma etérea o abstracta, sino contemplando las propias heridas y las de tantos hermanos que están heridos. Dios te va, poco a poco, dando la gracia de contemplar sus llagas de amor en las llagas de tantos hermanos que sufren.

- ¿Podrías contar cuál ha sido el recorrido vital que has tenido para desengancharte de la “vida gay”?

- Pues esta pregunta es bastante compleja, pues no he tenido como tal un “recorrido” digamos “lineal”. Todo ha sido un proceso lento, de muchos retrocesos y descubrimientos. Ha sido, digámoslo así, un recorrido más bien “circular”.

La experiencia más definitiva y que arrancó ese “desenganche”, en mi caso, fue el poder vivir una experiencia intensa de comunidad, trabajo físico, acompañamiento y espiritualidad, en un espacio concreto, acondicionado para ello y con el objetivo, no sólo de “sanar”, sino de vivir la santidad desde lo cotidiano, desde las limitaciones y debilidades de cada uno, ofrecidas a Cristo, en unión con Él, por toda la humanidad herida.

Cuando tenía 22 años tenía una especie de “relación estable”, sentimental, afectiva y sexual con otro varón, un poco mayor que yo. Mantuvimos esta relación durante más de un año aproximadamente. El detonante que me impulsó a abandonar esta relación y, en general, todo el “mundo gay”, fue el profundo vacío que había en mi corazón. Algo en mí, sin saberlo, me decía que mi corazón sangraba profundamente gritando amor verdadero, cosa que nunca encontré en ese “mundo”.

Posteriormente, cuando tuve la gracia y la oportunidad de vivir durante más de tres años en este espacio de maduración, de sanación y de santificación a través de un camino, de un itinerario que buscaba el trabajo integral de la persona, poco a poco, en mí se fue dando un cambio muy gradual y progresivo, de abrirme a la gracia, de descubrir el por qué de muchas cosas en mi historia. 

Fui reencontrándome con la espiritualidad, a través de la lectura de los santos, especialmente de los santos del Carmelo. Asimismo, la experiencia del trabajo físico, de sudar, de entrar en contacto con la tierra, con el cemento, etc., fueron para mí, ajeno a todo esto, una experiencia de unificación de mi persona.

Durante todo este proceso, como he dicho, he tenido caídas y retrocesos. He vivido experiencias desgarradoras y degradantes que me han hecho comprender, cada vez más, el “infierno” al que puede llevar una herida no sanada. 

Más allá de abandonar la “vida gay”, lo que mi corazón ansiaba ha sido y es romper las dinámicas autolesivas y degradantes a las que me han llevado mis heridas no sanadas. Sólo a través de este proceso de ir tomando conciencia de que estoy realmente herido y que esas heridas tienen un “por qué”, pero también y, sobre todo, un “para qué”, han hecho que mi corazón vaya dejando ese “amor” que me ofrecían en esa “vida gay” por un Amor Mayor que, como decía Santa Teresa, “siempre me esperó”.

- Y me imagino que has tenido un acompañamiento de personas que te han estado ayudando a descubrir tus heridas…

- Así es. En el proceso de sanación y, realmente, en cualquier proceso de crecimiento y de descubrimiento personal, es necesario y fundamental el acompañamiento, la compañía de otro u otros que vayan guiándote en el camino de la santidad. Esto nos muestra, una vez más, que no nos realizamos en soledad, sino en comunidad. 

No nos autorrealizamos por nosotros mismos, sino que nuestro corazón es relacional, está llamado a la comunión con los otros y sólo ese contexto comunional puede sanar y recrear las heridas profundas del corazón humano.

En mi caso, el acompañamiento fue a través de muchas personas que el Señor fue poniendo a lo largo de todos estos años. Por ejemplo, en Es posible la esperanza (EPE). También he tenido el privilegio de contar con el apoyo incondicional de un sacerdote que siempre me ha acompañado en los momentos más difíciles. 

También con distintas comunidades religiosas que han orado en todo momento por mi proceso. Asimismo, he vivido la amistad y el acompañamiento de matrimonios santos y de muchas personas que, en su sencillez y cercanía, viven la voluntad de Dios en lo pequeño y cotidiano de cada día.

- Aunque hoy en día es difícil, también para la Iglesia, ofrecer espacios en los que se puedan tener procesos de sanción…

- Creo que el Espíritu Santo impulsa y conduce, silenciosamente, sin hacer ruido, a la Iglesia, a través de la purificación y, muchas veces, de la pérdida de muchos de sus hijos. La Iglesia es Madre que siempre acompaña y ofrece el don del encuentro con Cristo en todo momento, que es el único que puede sanar y reparar el corazón herido para convertirlo en fuente de vida, como el Suyo.

En ese sentido, personalmente, creo que el Espíritu Santo está suscitando en muchos corazones especialmente heridos el deseo de darse completamente a Dios. Creo que este acontecimiento de que personas que han vivido el infierno del pecado, de la degradación, de la desesperación supone un motivo de esperanza para suscitar esos procesos de sanación y de santificación que tantas personas necesitan hoy actualmente, también dentro de la Iglesia.

La Iglesia, como ha señalado tanto el Magisterio de la Iglesia en las últimas décadas, está llamada a ofrecer espacios de sanación, contextos relacionales, comunionales, donde se cultiven y se vivan experiencias reparadoras de comunión y solidaridad que recreen el corazón humano profundamente herido en nuestro momento histórico actual. Creo que a esto se refería Francisco cuando hablaba, de forma insistente, de generar una “cultura del encuentro” que haga del encuentro, es decir, de las relaciones de comunión y solidaridad la clave que suscita la sanación del corazón. 

Estas relaciones han de darse en un espacio concreto, físico, donde el centro sea vivir el proceso de unión mística con Cristo a través de los sacramentos y del encuentro con Él en los más pobres de nuestro mundo. Sólo el espacio en el que se den estas circunstancias podrá ser el adecuado para transfigurar una herida tan profunda como la que padece el hombre de hoy.

- En un momento del texto, escribes: “Creo que cuanto más carga un ser una limitación o una herida, tanto más ese sufrimiento lo precipita en el corazón de Dios”. Miguel, has experimentado como el poder de Dios ha actuado con fuerza en tu vida en medio de la debilidad…

- Así es. Creo que la frase es una cita de un libro que me impactó mucho cuando lo leí, de un autor canadiense, que se titula El camino de la imperfección. Lo que el autor quiere transmitir es que sólo cuando somos conscientes de que estamos heridos, de que somos frágiles, débiles y pobres, podemos abrirnos y abandonarnos a la Misericordia de Dios para que Su gracia actúe en nosotros a través, precisamente, de esa herida, de esa pobreza o de esa fragilidad. El autor se basa mucho, en esta línea, en la espiritualidad carmelitana, especialmente, de santa Teresa del Niño Jesús.

Personalmente, esta conciencia de fragilidad, de debilidad, de saberme herido es lo que me ha concedido el don de abrirme a la Misericordia de Dios, experimentando que esa herida, esa debilidad es “habitada” por el amor de Dios que va convirtiendo “la tiniebla en luz, lo escabroso en llano” (Is 42,16). 

Yo soy una persona muy frágil, muy herida, llena de limitaciones y con mil tentaciones cada día de “abandonar” el proceso y dejarme llevar por lo que el “mundo” y la sociedad me ofrece. Experimentar la fragilidad, la pobreza y la dureza de la herida, no es fácil, al contrario, es el camino arduo, la “puerta angosta”. 

Lo fácil, humanamente hablando, sería dar rienda suelta a las dinámicas de degradación y apropiación que se dan, por las consecuencias del pecado, en mí corazón. Pero sé, por experiencia, que ese no éste último no es el camino. El único camino es la ofrenda de todas esas heridas y dinámicas al Dios herido de amor por mí, una ofrenda que acontece en el abandono, en la confianza ciega en los brazos misericordiosos de un Padre que nos ha dado y nos da, cada día, por el Espíritu Santo, a su Hijo Amado.

- ¿La vida espiritual -la oración, los sacramentos…- ha sido clave para iluminar tu pasado y sanar las heridas de la infancia?

- La vida espiritual y sacramental, en el seno de la Iglesia, es, desde mi propia experiencia, algo esencial en todo este proceso de encuentro con el Cristo que sana, que redime y que abraza. Cuando empecé esta “aventura” no frecuentaba mucho los sacramentos. Estaba bastante alejado de la Iglesia, a pesar de que había recibido, en casa, una educación cristiana.

A medida que iba descubriendo e introduciéndome en este proceso de aprender a amar y ser amado, se fue dando, de forma natural, la asistencia a los sacramentos. Tanto la eucaristía, como la confesión son dos regalos que el Señor nos da para unirnos con Él en este mundo. Los sacramentos son momentos de unión. 

Sólo desde una vida sacramental y orante, como intento mostrar en el libro, puede acontecer la sanación y transfiguración de la herida. Introducirnos, progresivamente, en esa relación de comunión y donación con Jesús que constituyen la oración y los sacramentos, es lo que va recreando, silenciosa y progresivamente, el corazón herido.

- Me ha llamado la atención que en el libro hay mucha presencia de lo que llamas “trauma de apego”. ¿Qué es?

- El “trauma de apego” es una herida profunda en las relaciones fundantes y fundamentales que vive toda persona humana. La palabra trauma viene del griego y significa “daño, herida o conmoción”. Y el apego es ese contexto íntimo y relacional que se da entre el niño, en los primeros años de su vida y sus figuras de apego principales, que son, normalmente, los padres. 

Ese contexto de relaciones íntimas y exclusivas, aunque se dan desde el inicio de la concepción, no desaparecen nunca, tampoco en la vida adulta. Es decir, como digo en el libro, la necesidad de apego nunca disminuye. Esto es así porque, ontológicamente, somos seres relacionales, llamados a la comunión, a la relación de vida con los otros. Y estos es lo que significa el apego.

Cuando esta profunda necesidad de apego, de vínculo, de pertenencia con los otros, especialmente durante los primeros años de la vida, en el contexto familiar, no ha sido cubierta, se genera en el niño un “trauma de apego”. Este trauma condiciona y configura la identidad, la personalidad y la forma de relacionarse del niño que, posteriormente, se convertirá en joven y en adulto.

Este trauma de apego, que se da en un contexto relacional íntimo, generar, como digo, un profundo impacto en la persona, hasta el punto de que puede afectar a la propia identidad personal y sexual de la persona. Creo, desde los numerosos estudios realizados por diversos autores, que el origen de lo que hoy se llama “homosexualidad” puede encontrarse en este profundo trauma relacional.

- Teresita de Lisieux decía que “no basta con amar, hay que demostrarlo”, y señalas que siempre, pero sobre todo en la infancia, hay que demostrar ese amor al bebé también de forma corporal…

- Si, personalmente, esa frase de Teresa de Lisieux es muy profunda y ella, cuando la escribe en su Historia de un alma, sabe la profundidad y las consecuencias de esa afirmación, pues está hablando de cómo, en la vida de comunidad en la que ella vivía, también había que demostrar ese amor, incluida a las hermanas que más costaba amar.

Análogamente, en la vida familiar también es necesario demostrar de forma concreta ese amor que prodigamos. Estoy seguro de que, en la mayoría de los casos, los padres de hijos profundamente heridos han amado a sus hijos hasta el agotamiento. Muchos padres han amado y aman a sus hijos. Sin embargo, el niño, por su psicología y por la etapa crucial de su vida en la que vive, necesita experimentar, concretar de forma palpable y visible que sus padres le aman. Ese amor, cuando se es niño, se transmite, en un alto grado, a través del cuerpo. La caricia, la sonrisa, la mirada, el juego, el abrazo son canales fundamentales por los que el padre o la madre ha de transmitir ese amor que, efectivamente es real, pero que el niño necesita materializar de forma concreta.

Es fundamental que un niño o una niña sean abrazados, besados, acariciados, besados, alzados en brazos por sus padres. Ello le dará, quizás sin darse cuenta, a ese niño o niña, la conciencia de saberse amado, de sentir que su cuerpo, que su persona, es digna o digno de ser amado. Además, ese padre o esa madre también necesitan dar ese abrazo, ese beso o esa caricia que materializa y manifiesta, en un acto corporal, la realidad y potencia de un amor profundo por su hijo. La paternidad y la maternidad crecen y se despliegan en la manifestación de este amor por los hijos.

- ¿Por qué la ausencia afectiva del padre provoca tantas heridas en los chicos?

- Un padre es fundamental en la configuración de la identidad y de la personalidad de un niño. Tanto la madre como el padre son esenciales en el desarrollo y maduración de esa identidad y personalidad.

Es cierto que en la literatura y estudios psicológicos sobre la atracción al mismo sexo se ha puesto mucho énfasis en la figura del padre en el caso del niño varón. 

Las consecuencias para un niño (aunque también para una niña) de la ausencia física o afectiva del padre es devastadora, pues el padre, como intento mostrar en el libro, constituye un punto de referencia fundamental para el hijo. Es aquel que introduce la alteridad en la relación simbiótica del niño con su madre. Es el “otro” que se introduce en la relación madre-hijo y hace ver al niño que existe la alteridad, que existe un “tú” más allá de él y su madre y que ese “tú”, si el niño es varón, es con el que puedo identificarme como varón dotado de masculinidad

Es el padre el que introduce al niño varón, con delicadeza y, a la vez, con firmeza, en el mundo masculino, mostrándose receptivo y cercano al niño con aprobación, apoyo y afecto.

Sin embargo, siendo esto totalmente cierto, si bien es verdad que aún hay mucho que profundizar en las consecuencias y repercusiones de la figura materna en el niño varón que desarrolla una proyección o atracción hacia otros varones. 

El trauma de apego del que hemos hablado antes tiene su origen primero en esta relación del niño con su madre. Y esta relación madre-hijo, desde el momento de la concepción, forja, incluso a un nivel psicobiológico, la identidad del niño.

Es, por tanto, fundamental, en todo este proceso, profundizar en las dos relaciones básicas y fundamentales que vive toda persona, es decir, en la relación con el padre y con la madre.

- ¿Hay esperanza para una persona que quiere abandonar la “vida gay” y encaminarse a otros caminos?

Siempre hay esperanza. El Papa León, en una de sus bellas y profundas homilías en el Jubileo de la Esperanza en el año 2025, nos invitaba constantemente a ello.

Cualquier persona, por muy herida que esté, incluso, por muy degradante o desesperante que sea su situación, puede aspirar y vivir la santidad. Tan sólo se le pide que abrace y acoja esas heridas con humildad y que se abandone al abrazo misericordioso de un Dios que es Amor.

En concreto, la persona que pueda estar viviendo una “vida gay” también tiene esperanza. Desde mi experiencia personal, puedo decir que romper con esa forma de vida degradante y destructiva es posible. Mi corazón sigue herido por esa forma de vida y sé que lo seguirá estando. Pero no me angustia la herida en sí misma, puesto que está es la “puerta” por la que el Señor ha querido entrar en mi corazón y ofrecerme una vida nueva. Y a través de esta “puerta” no sólo quiere darme vida a mí, sino a otros muchos que viven en esa misma situación.

La meta no es abandonar “la vida gay”, sino encontrarse con el Amor verdadero que es Jesús y que ese amor transfigure cada historia de mi vida y cada rincón de mi ser. 

A través de esta experiencia radical de amor, el corazón irá abandonando, progresivamente, todo aquello que es contrario a dicho Amor. Y, queramos verlo o no, la “vida gay” no sólo no conduce a este Amor verdadero, que es donación, entrega, vida, comunión y solidaridad, sino que, dolorosamente, es contraria a ese Amor, pues encierra a la persona en una profunda dinámica de narcisismo, de egoísmo y de utilización del otro. Y esto no lo digo desde la acusación, sino desde el dolor. Pues las personas que viven una “vida gay” tan sólo son víctimas y supervivientes que intentan paliar el dolor que les provoca su vacío e insatisfacción a través de “amoríos” que no llenan el corazón.

En este sentido, repito, siempre hay esperanza. Siempre que un corazón herido y desesperado, se abra, humildemente, a la gracia de Dios desde el abandono y la confianza, habrá esperanza para un mundo que se desangra por no saber qué hacer con sus heridas. Quisiera terminar esta entrevista, no con mis palabras, sino con las palabras del Papa León XIV que he mencionado antes, que muestran, de una forma más bella y profunda que las mías, esta idea intento expresar:

«Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios» .

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