Domingo, 25 de febrero de 2024

Religión en Libertad

Según el cardenal Brandmüller

Los altares cara al pueblo y la eliminación del latín «no son frutos del Concilio»

El purpurado alemán, de 83 años, afirma que sí lo son el Catecismo de la Iglesia Católica y el Código de Derecho Canónico de 1983.

Guido Horst / Vatican Insider

El cardenal Walter Branmüller, alemán de 83 años, es un reconocido teólogo. Está considerado uno de los intépretes del Concilio Vaticano II más en sintonía con el Papa, quien en el último consistorio, en 2010, le concedió a la vez el episcopado y la púrpura en homenaje a toda una vida de investigación vinculada a la Curia romana.

Ha concedido una entrevista a Vatican Insider, con motivo de acercarse el quincuagésimo aniversario del inicio de la histórica asamblea.

El Vaticano II fue un Concilio pastoral que también ofreció explicaciones dogmáticas. ¿Existe algo semejante en la historia de la Iglesia?
Efectivamente, parecería que justamente con el Vaticano II se inauguró un nuevo tipo de Concilio. El lenguaje que se empleó y la exhaustividad de los textos demuestran que los padres conciliares no tenían como motivación sentenciar con respecto de las nuevas cuestiones controvertidas a nivel eclesiástico, sino más bien el deseo de dirigirse a la opinión pública de la Iglesia y al mundo entero en el espíritu de la anunciación.

Si a cincuenta años de distancia un Concilio no ha sido recibido de forma adecuada por el pueblo de la Iglesia, ¿no habría que declararlo un fracaso? Benedicto XVI ha advertido acerca de una lectura engañosa del Concilio, sobre todo en relación con la hermenéutica de la ruptura...
Ésta es una de esas preguntas que ya se ha convertido en parte del repertorio definido por el nuevo sentimiento existencial típico de las convulsiones de nuestro tiempo. Porque, a fin de cuentas, ¿qué son cincuenta años? Recuerde el Concilio de Nicea de 325. Las disputas en torno al dogma de aquel Concilio (la naturaleza del Hijo, o bien si tenía la misma sustancia del Padre o no) duraron más de cien años. Al cumplirse el quincuagésimo aniversario del Concilio de Nicea, San Ambrosio fue ordenado obispo de Milán y hasta su muerte tuvo que luchar contra los arrianos que rechazaban aceptar las disposiciones del Concilio. Poco después se dio otro Concilio, el primero de Constantinopla en 381 -necesario para completar la profesión de fe del de Nicea-, en el que San Agustín tuvo que oponerse a los herejes, hasta que se apagaron en 430. También el Concilio de Trento, a decir verdad, tuvo pocos frutos hasta el jubileo de oro de 1596. Hubo que esperar a que una nueva generación de obispos y de prelados madurara en el “espíritu del Concilio” para que éste pudiera surtir su efecto. Así que tendremos que darnos un respiro.

Hablemos ahora un poco sobre los frutos del Concilio Vaticano II.
Antes que nada, evidentemente, está el Catecismo de la Iglesia católica, en analogía con el tridentino: después del Concilio de Trento se hizo el Catechismus Romanus para ofrecer a los párrocos, predicadores, etc., los parámetros para la predicación y el anuncio o la evangelización. También el Código de Derecho Canónico de 1983 se puede definir como uno de los frutos del Concilio.

»Habría que decir que la forma de la liturgia postconciliar, con sus distorsiones, no se debe achacar al Concilio o a la constitución litúrgica que instituyó el mismo (Sacrosanctum Concilium), por lo que ésta todavía no ha sido verdaderamente adoptada.

»La eliminación indiscriminada del latín o de los cantos gregorianos, además de la erección de altares cara al pueblo no se pueden llamar frutos del Concilio. Echemos la vista atrás a la falta de sensibilidad en el cuidado de las almas y en el cuidado pastoral de la forma litúrgica. Sólo hay que pensar en unos excesos que evocan la iconoclastia (el Beeldenstorm, la lucha contra las imágenes) del siglo VIII, excesos que catapultaron a numerosos fieles a un auténtico caos y les dejaron sumergidos en la oscuridad.

»Pero sobre esto ya se ha dicho todo. Luego se ha empezado a comprender la liturgia como una imagen especular de la vida de la Iglesia, sujeta, sin duda, a una evolución histórica orgánica, pero que no puede ser decretada de golpe, como se hizo. Todavía estamos pagando las consecuencias.
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