Martes, 29 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Fe en medio del covid: las historias del padre Paul Schneider, misionero de Getafe en Etiopía

Los niños protagonistas de una de las impactantes historias del padre Schneider.
Los niños protagonistas de una de las impactantes historias del padre Schneider.

ReL

Paul Schneider Esteban, de 37 años, nació en Rockford (Illinois, Estados Unidos), aunque creció en España y es sacerdote de la diócesis de Getafe. Tras su ordenación en 2007 y diez años de ministerio, sintió la necesidad de ser misionero y en 2017 llegó a Etiopía, un país de cien millones de habitantes donde solo hay 700.000 católicos, a quienes asisten, entre otros, una veintena de misioneros españoles.

Ejerce su labor pastoral en el valle de Lagarba, una zona montañosa de difícil acceso donde viven de la agricultura unas tres mil familias. Allí es párroco de la iglesia de San Francisco, fundada hace 130 años por religiosos capuchinos.

Con fecha 17 de agosto, el padre Schneider ha remitido una carta a sus amigos explicando cómo es la situación en la misión y, sobre todo, relatando dos historias de fe en medio de las dificultades que, por su interés, reproducimos a continuación (los ladillos son de ReL):

Carta del padre Paul Schneider

Lagarba, 17 de agosto de 2020

Queridos amigos:

Estoy bien, con salud y buen ánimo. La experiencia de la pandemia, del confinamiento de meses y de la incertidumbre del futuro es un hecho que nos ha marcado a todos, también a mí y a mi comunidad en este sitio apartado. Me consta que en España ha sido mucho más duro, por los contagios y las muertes y las medidas tan duras de confinamiento y distancia social. Este año 2020 lo recordaremos toda la vida, y quiera Dios que, aparte de los momentos de hastío y angustia, podamos apreciar los momentos positivos, agradecer más aún el regalo que es esta vida, y custodiar los signos de gracia y de humanidad de los que hayamos sido testigos.

El impacto del covid

Yo he estado 6 meses sin salir de la misión, sin montarme en ningún coche ni coger transporte público, hasta la semana pasada que por fin pude acudir a una reunión con el obispo y los sacerdotes etíopes del Vicariato en AsebeTeferi, y también pude pasar por Addis Abeba, la capital, para renovar papeles.

Me encantaría ir a veros en octubre, pero esperaré a que las restricciones para entrar y salir del país se despejen. Etiopía con el Covid corre el riesgo de entrar en una profunda recesión económica y social, eso dicen los expertos. Los países pobres pueden llegar a tener más muertes por estancamiento económico y hambre que por la enfermedad en sí. Entonces, rezad por los países más pobres, que salgan bien parados de esta prueba. 

Aquí en Lagarba sigo adelante con la construcción de las casas de tejado de chapa, cuyos materiales podemos proporcionar gracias a vuestras generosas donaciones. Ya van 30 familias que han podido mejorar sustancialmente sus viviendas. ¡Gracias, gracias de corazón! 

Por fin, luz

Por otro lado, y mediante la inestimable ayuda de unos amigos de Madrid -los dos matrimonios que vinieron en febrero- que han conseguido la financiación, en septiembre vamos a instalar un equipo potente de energía solar para la clínica de Kirara, en el pueblo de abajo, que pertenece a la administración pública, a la Woreda de Guba Koricha. La clínica no tiene generador propio y el tendido eléctrico que llega hasta Kirara casi nunca funciona. Imaginaos, hasta ahora los enfermos o los heridos o las mujeres que van a dar a luz, si vienen por la noche, son atendidos a oscuras, sin más luz que la de las linternas. Eso cambiará en breve. Esta clínica atiende a todos los habitantes del valle, a miles de personas.

Me interesa siempre el progreso de la gente. Yo celebro la Eucaristía por todos ellos, y por vosotros, cada día. Quiero que sean fieles y responsables, y soy exigente con ellos. Ayudar a las familias a mejorar su casa es una labor que me gratifica, pero como os he dicho otras veces, mi tarea constante es educarles en la gratitud, la laboriosidad, la entrega, la unidad del pueblo, la fe. A veces me dan diez vueltas en estas cosas, y entonces son ellos los que me evangelizan a mí, por decirlo de algún modo, y esto también me causa alegría.

Rentable ganadería

En otros mensajes os he hablado de casas para la gente y de agricultura. Ahora os comento un poco de ganadería. Porque voy aprendiendo, ¿eh? Me he dado cuenta de una cosa: la agricultura es la base, es imprescindible, pero a la hora de sacar beneficio, lo importante es el ganado.

Por muy bien que cultives, lo que sea, no renta más que unos 24 euros por cada saco de cien kilos, ó hasta 36 euros como mucho, en el caso de las cebollas, que es un cultivo de alto precio. Pero donde está el beneficio grande es en el ganado bovino. Por eso en estos meses pasados he ido adquiriendo reses de entre 400 y 600 euros, y ahora tenemos una vaca, su ternero, y seis bueyes, para alimentarlos y engordarlos, y venderlos después a un precio mayor.

Aparte de forraje como los tallos del maíz y del sorgo, tenemos pasto de sobra con la hierba del terreno de la misión. Confío en que llegaremos a ser autosuficientes para los gastos corrientes, si bien siempre vendrá bien la ayuda extra para proyectos extraordinarios.

Aprender y evangelizar

Veréis, el grano y las hortalizas sólo las compran comerciantes o familias de la zona, pero para los bueyes vienen intermediarios desde la capital, desde Addis Abeba, y ahí es donde hay beneficio significativo. ¡Si lo hubiera sabido desde el principio..! Pero nada como estar continuamente en un lugar, continuamente observando, para poder aprender.

Y lo importante de todo esto es que el pueblo me apoya: les consulto a menudo los cambios o adquisiciones, y no quiero dar pasos sin ellos, porque la misión es suya y al fin y al cabo mucho depende de que ellos lo acepten y se comprometan a cuidarlo. Yo soy un aprendiz y ellos me están enseñando mucho en todos estos temas.

Mejoras en el templo

Dentro de poco vamos a instalar un buen equipo de sonido en nuestra iglesia de San Francisco, con teclado eléctrico y altavoces. Aunque no es un proyecto básico social, tampoco es un gran desembolso, y a los jóvenes les entusiasma, y como han trabajado fenomenal últimamente y llevaban dos años pidiéndomelo, no me he podido negar, la verdad es que se lo han ganado.

También quieren hacer una iglesia nueva, pero a eso todavía me resisto, en parte porque me he encariñado de nuestro pobre y rústico templo y también porque antes de eso hará falta una carretera que conecte nuestra misión con el pueblo de Rabsu, al norte, y de ahí tendremos ya acceso a Asebot y a las principales ciudades, Addis Abeba y Dire Dawa. Traer hasta aquí cemento y materiales de construcción hoy por hoy es muy difícil.

Termino con un par de historias personales.

De la depresión a la alegría

He tenido viviendo en mi casa durante un mes a un hombre de la misión, llamado Negash, que tiene depresión, y está saliendo de ella. Tiene unos 50 años y es padre de 9 hijos. Hace pocos años dos de sus hijos aceptaron hacerse musulmanes para poder casarse con chicas de esa religión, y su mujer se fue de casa y, sea por esas razones o por lo que fuera, entró en depresión.

De ser un hombre muy activo y trabajador -además había sido catequista-, pasó a estarse todo el día tumbado, taciturno, deseando morir. Hace año y medio, cuando supe de su caso, empecé a animarle para que se internara durante un tiempo con las Misioneras de la Caridad de Dire Dawa para recibir tratamiento.

Por fin se decidió a ir el pasado septiembre, le acompañé yo mismo hasta dicha ciudad, y ha estado allí restableciéndose hasta primeros de julio, cuando ha vuelto a Lagarba, para terminar aquí la medicación.

Entre tanto, su mujer, de la que nadie sabía nada, volvió a casa. Él, después de estar todo el mes de julio en la misión viviendo conmigo, ha vuelto con su mujer y con los dos hijos pequeños, y parece que viven en armonía. Ahora me doy cuenta de que, de no haber sido por el confinamiento del Covid, probablemente no hubiera podido acoger a Negash en mi casa, porque yo no habría parado aquí tanto tiempo seguido. Ha sido un regalo poder compartir con él comidas, paseos, conversaciones, y la misa de cada mañana, en la que muchas veces sólo estábamos él y yo. Ha vuelto a reír y a sonreír. Su vida era un infierno interior, y bendita liberación poder salir de eso.

Treinta y ocho años de amor conyugal

Otra historia que me conmueve es la de Almaz, que se acaba de quedar viuda de su marido Seife hace un mes y medio. Todos los que habéis venido a visitarme en estos dos años habéis conocido a este matrimonio encantador, cuya casa está muy cerca de la misión.

Él ha sido un hombre excepcional y tuvo mucha responsabilidad al cuidado de la misión durante más de dos décadas, cuando los sacerdotes apenas venían por aquí.

Ella, madre de muchos, es comadrona tradicional, y ha ayudado a muchas madres a dar a luz, y lo sigue haciendo. Es de las personas que más vienen a la iglesia, a misa entre semana incluso. Durante la agonía de su marido me pedía a menudo la comunión para él, y ella también la recibía. Ahora está de luto y viste de luto, y aparte de todo esto, cuando la veo me doy cuenta de lo mucho que amaba a su marido.

Me parece un milagro asombroso cuando el amor de la juventud sigue ardiendo durante décadas, durante los 38 años que han vivido casados. Ella no es muy mayor, pero es que se casaron muy jóvenes. Cuando conoces personas así, es difícil no admirarlas y fijarse en ellas como ejemplo de lo que quieres para tu vida.

Nada más por ahora, amigos. Ruego por vosotros y por vuestras familias, y pido que la alegría de Cristo os colme y os consuele. Ojalá nos podamos ver pronto.

Un abrazo, 

P. Paul Schneider

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