Domingo, 26 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

A finales de 2020 explicaba con detalle su hallazgo de la fe en un vídeo inteligente y emotivo

Muere Mikel Azurmendi, exmiembro de ETA, filósofo agnóstico: encontró a Cristo al final de su vida

Mikel Azurmendi en sus últimos años descubrió, primero, a los cristianos, y luego a Cristo y la fe plena
Mikel Azurmendi en sus últimos años descubrió, primero, a los cristianos, y luego a Cristo y la fe plena

P.J.Ginés/ReL

Ha fallecido con 79 años el intelectual, filósofo y activista por la paz y justicia social Mikel Azurmendi.

Fue uno de los fundadores y, arriesgándose mucho, el primer portavoz del Foro de Ermua en 1998, además de uno de los fundadores de la plataforma contra el terrorismo Basta Ya.

A medida que se extiende la noticia, las asociaciones de víctimas del terrorismo o de denuncia del nacionalismo intolerante expresan su pésame y reconocimiento.

De los primeros en entrar y en salir de ETA

Nacido en San Sebastián en 1942, fue de los primeras personas en hacerse militante del grupo terrorista ETA, y también uno de los primeros en abandonar esta organización al crecer en él la conciencia de su oposición a sus prácticas criminales.

Como portavoz del Foro Ermua sufrió un intento de atentado y una gran presión por parte de los violentos, por lo que, como muchos otros, tuvo que abandonar el País Vasco a finales de agosto del 2000. 

Hasta su jubilación, Azurmendi, filósofo por la Sorbona de París, fue profesor de Antropología en la Universidad del País Vasco. En el vídeo que recuperamos en esta noticia, de finales de 2020, recuerda cómo, durante casi toda su vida intelectual, pensó, como era común en sus entornos, que  "creer en Dios no es en nada diferente a creer en centauros, hadas o sirenas"

El testimonio y la argumentación de fe detallada de Mikel Azurmendi, presentada brevemente por el obispo vasco José Ignacio Munilla: "Jesucristo es el gran reconciliador, sólo Él puede sacarnos de ese 'laberinto vasco'", "cuando dejamos de ser creyentes, enseguida pasamos a ser idólatras, también de ideologías".

Pero hace unos años conoció cristianos "con una vida buena y bella" que le admiraron. Eso le hizo reflexionar y querer explorar a Cristo y su propuesta. 

Cuando sentía que Dios se acercaba

En 2018, en su libro El abrazo (editorial Almuzara) Azurmendi decía que ya se sentía "tocado" por Dios y Cristo, como en el juego de hundir la flota: "me entra como miedo porque, cuando en ese juego de barcos uno queda tocado, enseguida te lo hunden. ¡J*d*r, qué miedo me dio verme hundido! Así es como me entró este hormigueo de miedo de Dios que centellea en mi alma con una luz rojiza y un pitido parpadeante". 

Pero pocos años después, a finales de 2020, ya no hablaba de miedo, sino de confianza y gratitud hacia Dios, día a día.

Con Cristo, decía, "lo que cambia es la vida misma incluso a la edad de 78 años. Se trata de una experiencia de muerte del hombre viejo y recuperación del instante. Comienzas un nuevo aprendizaje. [...] Cada instante es una gloria de vida, como un anticipo de lo eterno; sin duda un estallido de alegría. Uno se ve re-nacido, ama la vida y da gracias a cada momento".

Mikel Azurmendi en el vídeo que explica su acercamiento a la fe

Hombre valiente, de visión amplia, pero... ¿y la fe?

Cuando tuvo que exiliarse del País Vasco, amenazado, recibió el Premio Hellman/Hammet de Derechos Humanos en 2001, también el Premio a la Convivencia 2001 por la Fundación Miguel Ángel Blanco.

Era un hombre a la vez analítico y creativo, de visión amplia, aunque sólo al final de la vida aplicó esa capacidad al estudio de la vida cristiana. Fue autor de varios libros en euskera, publicó dos libros de poesía, una novela y un libro de cuentos infantiles, y, por supuesto, numerosos ensayos de antropología.

En 1998 publicó La herida patriótica, él, que había sido independentista, marxista y hasta terrorista, intentando analizar la “identidad densa y absoluta” de "los casi 200.000 vascos que se consideran en guerra y, que en ella, han olvidado la libertad individual".

Diez años después, en 2008 publicó Tango de muerte, novela en la que recurrió a la ficción para constatar hechos reales que reflejaban el “dolor” que produce el terrorismo y la situación política en el País Vasco.

Siendo un hombre valiente e inteligente dispuesto a explorar nuevos puntos de vista, ¿cómo tardó tanto en prestar atención al cristianismo?

La razón estaba, dijo, en el entorno universitario moderno, "un espacio de hombres y mujeres aherrojados por el temor a salirse de lo correcto".

Durante años, no tenía miedo a oponerse a dar la cara y oponerse a ETA, pero sí a mostrar el más mínimo interés por el cristianismo. 

"Me pondré como ejemplo yo mismo, absolutamente prendado de la línea de pensamiento de [Alasdair] McIntyre en ética y de la de René Girard en antropología. En cuando me cercioré de que ambos acababan de convertirse al cristianismo, optando el filósofo exmarxista por el neo-tomismo y el antropólogo francés por Jesucristo como ejemplo de desvelamiento de lo sagrado de la violencia, corté con mi interés por sus doctrinas, que antes yo había juzgado muy argumentadas", recordó Azurmendi ya como cristiano.

¿Y el argumento ético, la idea de que si existe el bien y el mal lo lógico es que exista Dios?

"A lo que haya de gente 'culta' en la universidad de hoy le da risa aquel argumento ético del entorno del descreído Iván Karamazov de que lo que nos mueve a ser buenos y evitar el mal es creer en el más allá. O sea en Dios y la inmortalidad", lamentaba el antropólogo.

Cristianos sinceros y generosos

Lo que transformó a Azurmendi fue conocer personalmente cristianos sinceros, entregados y generosos, que visitaban a los pobres o acogían niños enfermos en sus casas, incluso en adopción o acogida permanente. O ver ejemplos como el de la enfermera Rose Busingye en Uganda, y su productividad para el bien.

Recuerda que por la misma razón, encontrar buenos cristianos en lugares insospechados, se convirtieron Dostoyevski y Solzhenitsyn en sus campos de trabajos forzados, o los filósofos ateos Maritain y Gabriel Marcel. "Se trata de una emoción que te conmociona hasta llevarte a la admiración impulsando un proceso racional de cambio absoluto de tus concepciones generales de la vida", detallaba. 

Esta asombro le llevó a reflexionar sobre varias enseñanzas de Jesucristo. Por ejemplo, “la vida es para darla. 'Quien la quiera guardar la perderá', y '¡lo que hagáis a vuestro próximo a mí me lo hacéis', amadlo como a vosotros mismos. O sea, la vida es para ofrecerla unos a otros en un servicio gratuito de amor", señalaba.

Después de tantos años de filosofía y antropología, ¿en qué sentido se puede decir que es mejor un cruel terrorista que una persona bondadosa y generosa? Sin Dios, los filósofos  sólo pueden dar preferencias personales más o menos arbitrarias. "Sólo encontraba 'elija usted lo que quiera, pero elija'".  

Pero con Jesús todo era distinto, entendió. "Jesús hace de puente, nos hace comprensible Dios, no como idea sino como oferta/exigencia de amor. Desde Jesús se percibe Dios como una espectacular bomba atómica de amor pues loco parecería estar cuando se hizo carne humana por puro amor, por enseñarnos otro modo de vivir. Dios nos aparece desde entonces como ese espacio de amor entre tú y otro, entre tú y tu mujer, entre tú y aquel con quien te relacionas. Lo sabes que es así porque Jesús lo aseguró practicándolo Él mismo", añade.

Un ejemplo era el cambio en sus apóstoles, que estando antes "tan llenos de mezquindad y miedo viviesen imitando su vida y muriendo asesinados", añade.

La vida con Dios, hacia el final

Una vez aceptada plenamente la fe y salvación en Cristo, Azurmendi explicaba como vivía sus días en diciembre de 2020, ocho meses antes de morir.

"Lo expresas en rezos, como al despertarte y expresar a Quien te hace vivir que te ayude a vivir lo mejor posible. O lo expresas en dejar lo que haces para atender al que te solicite, en ceder tu “precioso” tiempo a un pelma que te retiene al teléfono. Uno no pretende recuperar el tiempo perdido, el tiempo es solo el que tienes entre manos, es cada minuto, y lo ofreces a puñados. Uno está, sin más, receptivo y a disposición, estás en la vida, estás a flor de piel, abierto a la realidad, sin inyectarle doctrina ni ideología", concluye.

El tiempo de Azurmendi en la tierra se acabó, pero como demuestra una y otra vez la historia de los cristianos, sin duda se cumplirá una vez más la enseñanza de Jesús: "si la semilla cae y muere, entonces da mucho fruto".

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