Sábado, 16 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Alonso García de la Puente es psicólogo del centro Laguna de Madrid

Empezó a trabajar en un centro de paliativos siendo un «ateo acérrimo», y cambió al ver morir con fe

Alonso García de la Puente es psicólogo en el centro Laguna de Madrid
Alonso García de la Puente es psicólogo en el centro Laguna de Madrid

ReL

Los cuidados paliativos son la solución general que proponen los médicos para aliviar el sufrimiento y tener una verdadera buena muerte. Estos profesionales sanitarios tienen claro que si realmente se apostara por estos cuidados la eutanasia o el suicidio asistido no sería una opción para los pacientes. Sin embargo, la experiencia dice que donde se legaliza la eutanasia, los paliativos no se desarrollan y pasan a ser residuales.

Alonso García de la Puente es un psicólogo que ha acabado realizando su labor en el centro de cuidados paliativos Laguna y en él ha visto tanto amor y cómo los pacientes y sus familias afrontan la muerte que ha llegado incluso a convertirse.

Este centro es católico aunque los paliativos los descubrió primero de una manera muy diferente. En una entrevista que recoge Alfa y Omega, este psicólogo asegura que fue en la universidad leyendo un poema de Machado, concretamente Ars Moriendi, donde tuvo conocimiento de su existencia. “A partir de ahí sentí la necesidad de ayudar a quien está en el momento final de su vida. Hice un trabajo sobre la deshumanización de la sociedad y la tecnificación de la muerte, y me di cuenta de que esto sucede porque nos da miedo acercarnos al sufrimiento. El sufrimiento necesita un sentido, un para qué. Descubrí entonces la figura del paliativista; me puse a investigar y supe que en la antigua Roma existía ya una figura que acompañaba”.

Mirad cómo se aman

Posteriormente acabaría llegando al centro de cuidados paliativos Laguna, algo que considera totalmente providencial. “Antes de entrar era un ateo acérrimo”, confiesa Alonso.  Según relata, “una compañera me dijo que había una plaza libre de psicólogo en este hospital. Mandé mi currículo y, finalmente, entre muchísimos candidatos, me contrataron a mí”.

¿Por qué él?, se pregunta. “Porque Dios estaba detrás preparando un plan”, contesta este mismo psicólogo. Y es que afirma que “aquí encontré el cristianismo, viendo cómo la gente se quería y quería a los demás”.

Por otro lado, Alonso asegura que en este trabajo también vio la pérdida, lo que provocó en él dos reacciones. “La primera, un cambio. Me convertí porque experimenté de manera científica que las personas con fe mueren mejor que las personas sin fe. Y la segunda, querer solucionar el sufrimiento. Desde la psicología y la ciencia, la falta de amor es lo que nos hace sufrir. Descubrí que yo tengo que poner todo el amor y la profesionalidad para aliviar esa falta”.

Precisamente, sobre el sufrimiento Alonso considera que “debe tener sentido, el sentido no es sufrir porque sí. Sin embargo, yo como psicólogo no puedo darle sentido, eso es algo que tiene que hacer la propia persona, y no se improvisa al final, sino a lo largo de toda la vida”.

Cargar la cruz

Un caso que recuerda especialmente es el de un “enfermo muy encerrado en sí mismo”. Cuenta este psicólogo que “no podía hablar con él porque no se dejaba y su familia lo estaba pasando muy mal. Me pasé por la habitación y vi que llevaba el mismo Cristo de Dalí que yo, también sin cruz. Le dije: ‘¿Sabes por qué tú y yo llevamos esta imagen? Porque Cristo nos pide que le llevemos la cruz un rato’. Empezó a llorar y me dio las gracias, pero fue Dios quien le enseñó a llevar el sufrimiento”.

Otro caso que recuerda bien es el de otro paciente con todos los síntomas de a quien le faltan pocas horas de fallecer. “Sorprendentemente, con el tratamiento, la situación fue revertiendo, el paciente despertó del coma y pude hablar con él. Me confesó que durante toda la vida había maltratado a su mujer y a sus hijos, llevado por el alcoholismo. Hablando conmigo, empezó a sentir la gravedad de lo que había hecho y le sugerí pedir perdón a su familia. Después de pensarlo, se disculpó humildemente con su mujer, y habló con el capellán. Mejoró tanto que vivió dos años más en su casa y nunca más volvió a levantar la voz ni a su mujer, ni a nadie de su familia. Un día hablando, me dijo: ‘Alonso, hago lo que me dices: cuando me enfado mucho me voy a pasear, me fumo un cigarro, y se me pasa’. Cuando falleció, dos años después, su esposa y sus hijos me decían con lágrimas: ‘Nos habéis regalado al padre que nunca tuvimos, al marido que nunca tuve’”.

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