Martes, 04 de agosto de 2020

Religión en Libertad

Yon Cuadrado es uno de los tres nuevos sacerdotes ordenados en San Sebastián

Ni era practicante ni conocía la Iglesia: el joven vasco que iba para cocinero y ahora es sacerdote

Yon soñaba con ser cocinero, pero finalmente no alimentará el cuerpo sino el alma de sus vecinos / Aleteia
Yon soñaba con ser cocinero, pero finalmente no alimentará el cuerpo sino el alma de sus vecinos / Aleteia

ReL

Yon Cuadrado ha sido uno de los tres nuevos sacerdotes ordenados por monseñor José Ignacio Munilla para la Diócesis de San Sebastián a finales del pasado mes de junio. Con 32 años este joven de Azpeitia, que estudió Informática, que quiso ser chef y que no tenía relación con la Iglesia finalmente descubrió a Dios hasta tal punto de dejarlo todo para entregarse plenamente a él.

Este sacerdote vasco relata que en su familia no había una práctica religiosa arraigada ni frecuentaba la iglesia. Y así creció. Su primer recuerdo relacionado con Dios se produjo cuando siendo niño su abuela materna enfermo y estaba impedida en casa, por lo que algún fin de semana cuidaban de ella.

De querer ser cocinero, a informático... y de vuelta a la cocina

En sus recuerdos está el llevar a su abuela el desayuno y que ésta pese a no ser muy religiosa le pidiera ver la misa en televisión. “Mi abuela no iba a misa los domingos, ni era especialmente piadosa, pero en su enfermedad sí que creo que volvió de algún modo a la fe…”, cuenta en una entrevista con Marta León en Aleteia.  

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Para remontarse a su conversión primero, y su llamada vocacional después, Yon tiene que remontarse a la adolescencia y al momento en el que tuvo que elegir qué quería estudiar. Él soñaba con ser cocinero pero su madre acabó convenciéndole de que era muy sacrificado. Al final optó por estudiar Informática en San Sebastián.

Al terminar tuvo claro que no quería dedicarse a la Informática y volvió con la cocina. Así que en esta ocasión sus padres le dieron el visto bueno y empezó en una escuela de cocina. Al principio todo era fantástico y estaba encantando. El segundo año comenzó las prácticas en un restaurante. “Estaba encantado con el trabajo y con los estudios, pero empecé a sentirme un poco raro. Cuando estaba en la escuela o trabajando estaba bien, pero cuando volvía a casa, aun teniendo una familia que me quería y una cuadrilla con la que hacía mil planes, me encontraba como vacío, sin ilusión, tristón. Yo mismo me decía: ‘¡Jope Yon!, toda la vida queriendo esto y ahora que casi lo tienes…no entiendo por qué no estoy más feliz…’”, confiesa.

El sacerdote que acabaría siendo fundamental en su vocación

Él seguía alejado de Dios, sin ningún tipo de relación o conocimiento de la Iglesia. Pero entonces gracias a la prima de un amigo suyo, tanto él como Yon acabaron ayudando en un grupo de ocio y tiempo libre. Y resulta que era de la parroquia.

“El caso es que allí conocí a Mikel Aranguren, que era el cura que llevaba eso. Era un cura joven y majo y no sé muy bien porqué, pero yo empecé a contarle a él la insatisfacción que yo sentía. Él me dijo que me iba a ayudar a ver qué es lo que pasaba en mi corazón, por qué no estaba más feliz. Empezamos así un camino de profundización, como para separar el grano de la paja, por decirlo de algún modo”, relata Yon.

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Poco después a su madre le diagnosticaron un cáncer de pulmón y unos meses más tarde fallecía. Era enero de 2014. Yon afirma que “aquello fue un golpe durísimo para mí. Si tenemos en cuenta que yo no estaba muy bien antes, su muerte me dejó K.O. Hasta el punto de no querer levantarme por la mañana”.

En ese momento –agrega Yon- “le pedía a Dios, si existía, que no me regalara otro día. Lo único que quería era ir donde estaba mi madre. No tenía costumbre de rezar ni nada, pero sabía lo básico, que Dios estaba ahí y que me quería.”

Dios se muestra en la debilidad

Pero fue en ese momento de enorme sufrimiento cuando Dios se manifestó fuertemente. Relata este joven guipuzcoano que “un día de esos, en los que no tenía ganas ni de estar con mi padre ni con mi hermano, ni de hacer planes con los amigos, ni de cocinar… ni de nada, yo sentí algo fuerte dentro de mí. Lo asemejo a la imagen de una gata que coge a su cachorro del pescuezo o a esa mano que coge y saca a alguien de un pozo muy profundo. Yo sentí que conmigo alguien hacía lo mismo”.

Este fue el momento clave para él. “Sentí que alguien me levantaba, también entendí que se me estaba pidiendo algo más, y esto sí que es el principio de mi vocación. Fue un volver a nacer. Algo dentro de mí hizo un click. A partir de ahí, mi vida cambió, volví a sentir una ilusión, una esperanza de vida, un deseo de querer hacer el bien. Hablaba con el Señor y le decía: ‘Si esto he sentido, no es por mí. Esto que ahora estoy sintiendo alguien me lo ha dado, porque yo sé bien como estaba hace unas horas. Si es tuyo, ya me lo dirás y si es así yo me comprometo a hacer lo que tú digas”… y fue…y fue… ¡y fue!’

Sobre aquel momento concreto, Yon asegura que “a veces decimos muy a la ligera que Dios nos ama, pero yo en ese momento me sentí muy amado, había perdido a mi madre, y sin embargo, me sentí muy amado por Dios, no me sentí huérfano, sino sentí que Alguien me decía: ‘¡Yon, aquí estoy!’”.

Entonces empezó esa búsqueda de Aquel que le salvó. “Mikel me ayudó mucho y poco a poco fui viendo que ser sacerdote era lo mío. No es algo que yo hubiera elegido, no me atraía nada de nada pero fui viendo que mi entrega era por ahí, por ese camino, llevando una vida coherente, ayudando a las personas… sirviendo. En septiembre de ese año en el que mi madre falleció entré en el seminario”. Era 2014 y casi seis años después era ya nuevo sacerdote de la Diócesis de San Sebastián.

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