Religión en Libertad

Tu vestuario habla por ti

Vestirnos bien nos incita a comportarnos mejor. La vestimenta es una expresión externa de la personalidad y las intenciones de la persona.

La modestia, virtud que muestra el respeto por Dios, por uno mismo y por el prójimo, no limita, eleva; no prohíbe, libera; no reduce, ennoblece.

La modestia, virtud que muestra el respeto por Dios, por uno mismo y por el prójimo, no limita, eleva; no prohíbe, libera; no reduce, ennoblece.Catholic Dress Co.

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Hace un par de meses, el secretario de transporte de los Estados Unidos, Sean Duffy (católico devoto y padre de nueve hijos), en una intervención en el aeropuerto de Newark en Nueva Jersey, declaró haber notado una disminución del civismo y de la cortesía entre los viajeros aéreos. En efecto, los datos recientes de la Administración Federal de Aviación avalan su observación, ya que desde el 2021 se han reportado 13.800 altercados, que van desde comportamientos disruptivos hasta violentos. 

Para contrarrestar esto, Duffy animó a los viajeros a: dar las gracias, pedir las cosas con educación, ayudar a los pasajeros cercanos y vestirse “un poco mejor”, demostrando de esta manera respeto por los demás, tratando de “no usar pantuflas ni pijamas en el aeropuerto o avión”.

Esta última recomendación nos recuerda algo que, aunque obvio, parece completamente olvidado, cuando no rechazado por la mayor parte de la sociedad: el vestirnos bien nos incita a comportarnos mejor. Pues, aunque la vestimenta parece ser algo puramente superficial que solo repercute en la estética, la realidad es que ésta constituye una expresión externa del carácter, de la personalidad y de las intenciones de la persona. De ahí que la vestimenta ayude a identificar a la persona e influya en cómo nos sentimos, cómo actuamos e incluso en el comportamiento de quienes nos rodean.

Desafortunadamente, la crisis de decoro en el vestir se ha vuelto universal y no es privativa de los Estados Unidos, aun cuando ahí es común que los colegios permitan, al menos una vez al año, que los estudiantes asistan en pijama o con ropa ridícula y extravagante (en los llamados “Wacky Tacky Days”). Pero ¿qué podemos esperar de una sociedad en la cual incluso varias “celebridades” han puesto de moda el pasear por el aeropuerto en pijama? ¿Y qué decir de los diseños de ropa rota, desgastada y hasta con manchas? Pues si antes hasta la clase más humilde trataba vestir con dignidad (pues usaba ropa vieja, desgastada de manera natural, pero siempre limpia, bien planchada y, en caso de ser necesario, bien zurcida) ahora se llevan los costosos diseños de ropa guanga, rota, descocida y hasta sucia.

La vestimenta ha perdido su armonía y belleza, ya que muchas de las prendas de moda parecen diseñadas para competir tanto en fealdad como en inmodestia. Así, nos hemos acostumbrado a usar al exterior prendas que por siglos se usaron al interior. Y, mientras que el hombre se decanta por la ropa cómoda de cualquier tipo o sin estilo alguno, la mujer usa la ropa de moda sin cuestionar la moralidad de ésta.

La actual pérdida del decoro y la modestia en el vestir revela la degradación de nuestra sociedad. Desde hace ya varias décadas se ha incitado a una inmodestia cada vez más abyecta y evidente que cosifica especialmente el cuerpo femenino. Sin embargo, por más que las feministas aleguen su “derecho” a vestir como les venga en gana, la realidad es que el cerebro masculino responde de forma instintiva a los estímulos sexuales visuales

Una renombrada revista académica de psicología, Frontiers in Psychology [From Attire to Assault: Clothing, Objectification, and De-humanization. A Possible Prelude to Sexual Violence?, 10 de marzo de 2017, de Bhuvanesh Awasthi, del Instituto de Neurociencia y Psicología de la Universidad de Glasgow], analizó diversos estudios sobre el tema y descubrió que los hombres que observan imágenes de mujeres con ropa muy reveladora o en ropa interior tienden a cosificar y deshumanizar a la mujer, la cual es percibida solo como un cuerpo que existe para el placer y el uso de otros.

Además, los hombres expuestos a programas que presentaban a las mujeres como objetos sexuales reportaron una mayor probabilidad de participar en coerción y acoso sexual, en comparación con aquellos expuestos a contenido neutral. Y si bien las mujeres con ropa provocativa fueron consideradas más seductoras y con mayor experiencia sexual, también se las consideró más promiscuas y menos fuertes, decididas, inteligentes y respetuosas de sí mismas.

Otro hallazgo interesante es que la ropa sumamente provocadora no solo influye en los hombres sino también en las mujeres, pues se descubrió que quienes usan ropa muy reveladora tienden a autocosificarse, a tener mayores sentimientos negativos hacia su imagen y a desconfiar de sus capacidades intelectuales. El estudio concluye afirmando que la desnudez y las representaciones sexualizadas de los cuerpos femeninos transforman los mecanismos cognitivos del varón, lo cual los lleva a ver a la mujer más como un objeto que como a una persona.

Como vemos, los estudios demuestran que la ropa muy escasa o demasiado reveladora, nos guste o no, excita las bajas pasiones y reduce, especialmente a las jóvenes, a un simple objeto de placer. Paradójicamente, nuestro mundo, que dice promover la “emancipación” de la mujer, ha convertido a muchas jóvenes y no tan jóvenes en esclavas de su imagen física y de modas diseñadas para hacerlas “atractivas y deseables” a los hombres, en los cuales se fomenta el deseo, pero no el amor y el compromiso. De ahí que la inmodestia abra la puerta a la impureza y a todos los pecados derivados de dicho vicio: adulterio, promiscuidad, violación, aborto, pornografía, etc.

Y aunque el hombre tiene la obligación de contenerse y respetar a la mujer independientemente de cómo ésta vaya vestida, no podemos olvidar que la caída de Adán y Eva nos han dejado con una inclinación al pecado (concupiscencia), que ha desordenado nuestro apetito sexual (el cual se enciende instintivamente en el hombre por medio de la vista). De ahí que el hombre deba cuidar la vista evitando toda imagen que pueda dar lugar a pensamientos impuros, y que la mujer deba procurar vestirse buscando la belleza y la armonía que elevan y no la vestimenta indecorosa y vulgar que degrada, tanto a la mujer que la porta como al hombre que la ve con deseos impuros.

El decoro en el vestir nos libra de las tentaciones y ocasiones de pecado, así como de posibles escándalos y de dar mal ejemplo. Pues la modestia (que refleja al exterior un corazón puro y recto y es guardián de la pureza), al negarse a revelar lo que debe permanecer oculto -no porque el cuerpo humano sea malo sino porque es sagrado-, lo defiende y preserva en lugar de exponerlo como si fuese mercancía.

Por ello, la modestia -virtud que muestra el respeto por Dios, por uno mismo y por el prójimo- no limita, eleva; no prohíbe, libera; no reduce, ennoblece. Recordemos que la mujer puede ser piedra de tropiezo, como Eva; pero también puede elevar al hombre, a ejemplo de María

Atrevámonos a ir contra corriente comportándonos y vistiéndonos como cristianos. Recordemos que, como bien señalase Chesterton: “A cada época la salva un puñado de hombres capaces de ser inactuales”.

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