Sábado, 15 de agosto de 2020

Religión en Libertad

El testimonio de inesperada efusión del Espíritu Santo de Rosa Cruz

Abandonada de niña, hundida en depresión, ya casi sin fe, un versículo en Jueves Santo la transformó

Rosa Cruz explica el momento que transformó su vida, la sacó de la tristeza y la lleno del gozo asombroso de Dios
Rosa Cruz explica el momento que transformó su vida, la sacó de la tristeza y la lleno del gozo asombroso de Dios

P.J.G./ReL

Rosa Mª Cruz Neila, profesora de educación secundaria, esposa, madre de 7 hijos y doctora en Bioética, es muy conocida en la Renovación Carismática Católica en España por haber servido en ella durante muchos años con su música. Sus canciones han ayudado a orar a muchas personas. En su juventud, Rosa dudaba de Dios y estaba hundida en la depresión, pero un versículo de la Palabra de Dios transformó su vida por completo.

Sin conocer nada de los ambientes carismáticos Rosa vivió entonces muchos "síntomas" del Espíritu Santo que se suelen asociar a la experiencia de efusión del Espíritu en grupos de oración carismática: alegría, alabanza espontánea, cantar y bailar para Dios, pasión por la Palabra de Dios ("leerla como quien espera la llamada de un novio") y deseo muy vivo de orar... Y todo ello, después de una época fría y desesperanzada. Rosa ha contado su testimonio en un vídeo difundido en el grupo de Facebook del Multifestival Laudato Si'.

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Una infancia con mucha soledad

Rosa se crió en Sevilla, estudiando en un colegio de religiosas de la Merced. Su padre, que nunca le manifestó amor paterno, abandonó el hogar familiar cuando ella tenía 8 años, y nunca volvió a contactar con su familia. Rosa pasaba mucho tiempo sola, casi no estudiaba, ayudaba a su hermana pequeña. Un día en la capilla del colegio rezó así: "Mira, Dios, yo no tengo padre, así que tú tendrás que ser mi Padre". Cada noche se iba a la cama llorando, pero desde esa oración experimentaba antes de dormir "incluso casi físicamente el abrazo de Dios, mi Padre".

Al pasar los años, se fue llenando de resentimiento y dureza. Exigía de los demás la misma dureza que creía tener. Por naturaleza quería ser creativa, pero su vida era monótona y eso alimentaba más su rencor. "Aquello fue malo para mí". Se refugió en la música.

A los 13 años, por primera vez, una persona -un religiosa- le preguntó: "¿qué te pasa?" Por primera vez habló de sus sentimientos, y empezó a ir a encuentros y retiros con las religiosas. Pensó en dar su vida a Dios "que nunca me ha fallado". No conocía familias cristianas. Ingresó en el noviciado de las religiosas y constató que tenía heridas profundas en su interior.

Depresión y separada de Dios

Rosa cayó en una depresión terrible. "No hablaba con nadie y llegué a creer que Dios no existía. Compuse una canción terrible que decía 'He perdido a Dios'. Estaba a punto de dejarme morir, de algún modo".

"Iba a misa como un autómata. Tampoco leía la Biblia ni nada parecido. Nadie me la había explicado. Un día, en la basílica de Begoña, la lectura de misa era Eclesiástico 2, del 1-12. Cuando la proclamaron, era como si Jesús mismo me hablara a mí, como si no hubiera nadie más".

"El oro se acrisola en el fuego, en el horno de la pobreza", resonaron las palabras. Y ella dijo a Dios: "Pues si me amas, si me estoy acrisolando en el fuego -que no sé bien lo que es- te desafío a que hagas algo bueno conmigo".

Unas palabras de Jesús la transforman

Pasó un tiempo y en Jueves Santo, retirada, le encargaron leer en su habitación la narración de la Pasión de San Juan. Ella rezaba a Dios pidiéndole que orientase a su hermano. "Conmigo no hay solución, Dios. No sé si existes, pero si existes haz algo bueno con él". Leyó a Jesús en Juan 13, que lavaba los pies de Pedro. "Lo que yo hago ahora no lo entiendes, pero lo entenderás más tarde", decía Jesús.

"En aquel momento fue como cuando en una habitación oscura se abre una ventana y la luz te ciega momentáneamente. No ves, pero sabes que ya no estarás nunca a oscuras. Fue una experiencia bestial, de amor, de presencia, de Espíritu Santo, que yo no sabía ni lo que era eso. Y en cosa de un mes, fui cambiando. Era 1989".

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Los efectos del Espíritu Santo

Rosa había cambiado mucho en pocas semanas. "Estaba en mi habitación y sólo quería dar gracias a Dios, alabar a Dios. Nadie me había explicado nada sobre oración de alabanza. Pero me apetecía levantar mis brazos, me apetecía postrarme y arrodillarme. Me levantaba de noche cuando no había nadie, me iba a la capilla y bailaba delante del Sagrario".

Un casete de Martín Valverde con dos canciones le acompañaban: "Vive Jesús el Señor" y "Aún en la tormenta". "Esas canciones me levantaban. Tuve la experiencia de que Jesús está vivo, que había entrado en mi habitación aquel día que leí la Palabra". Crecía en ella la decisión de perdonar y pedir perdón. "Necesitaba leer la Palabra de Dios varias veces al día, era como si te fuera a llamar tu novio por teléfono".

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Las religiosas le explicaron que el lugar de Rosa no estaba en esa congregación. Un tiempo después conoció un grupo de oración carismática. "Veía allí a todos alabar, y orar en lenguas -que yo lo había hecho sola en mi habitación sin saber lo que era eso- y me dije: 'estoy en casa'. A mí nadie me puede decir que la experiencia de Pentecostés no es verdad porque yo la viví a solas, cuando no sabía que era posible".

Con el tiempo Dios sanó sus heridas interiores, y Rosa pudo casarse, tener hijos, compartir su fe, ayudar a muchos a acercarse a Dios y a tener esperanza. En este vídeo, como en muchas ocasiones que puede contar su testimonio, Rosa canta una de las canciones que ha compuesto poniendo música a las palabras poderosas de Jesús.

 

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