Sábado, 28 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Jeanne tenía 15 años y todo en su vida se había descompuesto

Sus dolores familiares explotaron en forma de rebelión... al pie de una Cruz pudo descargarlos

Foto de Jeanne.
Jeanne comprendió que a los pies de la Cruz todos los sufrimientos de su joven vida tenían sentido.

C.L. / ReL

Jeanne nació en una familia cristiana: "Con mucho amor a mi alrededor y padres muy creyentes".

Pero cuando tenía 6 años su mundo se desmoronó. Sus padres se divorciaron y su madre volvió a casarse con otro hombre. También cambió el entorno desde un punto de vista religioso: "Empecé a vivir en un medio que no era nada cristiano".

Más desgracias

Nacieron dos hijos más de esa nueva relación, una niña y un niño. Como el pequeño era el sexto hijo en casa, la madre de Jeanne estaba muy ocupada, así que se apoyó mucho en ella: "Me confió su cuidado, una misión que me tomé muy en serio e hizo surgir en mí el sentimiento de hermana mayor".

De ahí que lo sucedido un tiempo después fuese un golpe tremendo para ella: a los tres años y medio de edad, el pequeño murió de repente.

"De nuevo un gran desgarro para mí", confiesa con una serenidad que impresiona: "Mi madre comenzó a estar muy mal. Yo tenía que llevar su pena. Fue muy duro. Así que, cuando ella empezó a ir mejor, yo me pude permitir hacer por fin mi duelo".

Consistió en desmoronarse ella también: "Me empecé a hundir escolarmente y psicológicamente. Fue durísimo". Recibió además el imprudente consejo de una señora de que "tenía que aprender a vivir su vida". Ella, todavía una preadolescente, no supo cómo interpretarlo y el remedio fue peor que la enfermedad: "En aquel momento no comprendí qué quería decir con eso, pero empecé a hacer tonterías y a hundirme todavía más".

Para colmo, "cuando tenía 15 años me convertí en una rebelde porque mi madre quiso hacer de madre otra vez". Los respectivos papeles de madre e hija "se reajustaban", pero la que se desajustaba sin remedio era Jeanne.

El retiro y la Cruz

Entonces su hermana mayor dio un paso que resultaría decisivo: "Jeanne, me dijo, te voy a llevar a Paray-le-Monial", en cuyo convento de la Visitación habían tenido lugar las visiones del Sagrado Corazón de Jesús por parte de Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690). Hoy es asimismo un lugar donde realiza frecuentes retiros la Comunidad del Emmanuel. Algunos de los ejercitantes comparten luego su experiencia para Découvrir Dieu, como es su caso.

"Ella había ido allí, un lugar donde había habido unas apariciones que yo realmente no comprendía. Cuando llegué me fastidió la forma en la que rezaba la gente, con esa proximidad al Señor. Yo me sentía muy distante", confiesa.

A continuación tuvo lugar la misa, y tras su celebración, el momento inesperado para aquella joven quinceañera que se veía tan perdida en la vida: "Había una cruz en mitad de la carpa. Me puse a rezar. Me senté en un banco... y en ese momento experimenté una especie de derrumbamiento interior. Fue como si llevara un saco enorme sobre los hombros y alguien me lo quitase. Aunque físicamente hundida, me puse de rodillas. Me caí de  fatiga, consumida, y lo puse todo a los pies de la Cruz".

"Sentí una gran liberación, un gran júbilo", afirma. En la siguiente sesión del retiro todo había cambiado: "Me sentía ligera, llena de alegría de vivir y de felicidad. Fue una transformación de mi corazón".

El perdón y la gracia

Cuando concluyeron los ejercicios espirituales y volvió a casa, allí seguían las "tensiones familiares": "Nada concreto había cambiado, y sin embargo mi corazón explotaba de alegría y de amor de Dios. Estaban todas aquellas cicatrices, todo aquel perdón que había que poner en práctica. Entregué mi corazón a Dios... y pude hacerlo".

Eso fue hace cinco años. Jeanne tiene ahora 20 y reconoce que en su vida "ha recibido muchos dones y maravillas, con una sanación completa": "Comprendí que tenía que hacer mi camino y que, a pesar de esos lastres familiares, ese camino era sano, era bello, y yo estaba llamada a grandes cosas. Sentí una verdadera liberación, en el sentido de que me dije que todo aquello no podía condicionarme durante toda mi vida. Todo lo contrario: esas heridas eran para mí una forma de crecer y de madurar y de ser más fuerte".

A la pregunta final de qué es ahora Jesús para ella, confiesa con sencillez: "Un amigo, un enamorado, un compañero que me hace crecer. Un buen pastor".

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