Martes, 23 de julio de 2019

Religión en Libertad

Sin la primacía de Dios caemos en la idolatría del éxito, del poder y del dinero, advierte el Papa

ReL

La audiencia general tuvo lugar en el Aula Pablo VI, para evitar los duros calores del agosto romano.
La audiencia general tuvo lugar en el Aula Pablo VI, para evitar los duros calores del agosto romano.

En la segunda audiencia general de los miércoles tras el paréntesis de julio, celebrada en el Aula Pablo VI ante 7000 fieles, el Papa continúo su catequesis sobre el primer mandamiento del Decálogo profundizando sobre la idolatría a raíz del pasaje bíblico de la adoración del becerro de oro.

El desierto en el que tiene lugar este episodio del libro del Éxodo “es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no posee garantías inviolables”, lo que genera en el hombre “ansiedades primarias”. Durante el tiempo de ausencia de Moisés, "jefe y guía", el pueblo pide entonces "un dios visible para poderse identificar y orientar", y eso es lo que lleva a Aarón a fabricar el ídolo: “Si Dios no se deja ver, nos hacemos un Dios a medida”, afirmó Francisco. El ídolo es así "un pretexto para ponernos en el centro de la realidad, en adoración de la obra de nuestras propias manos".

El becerro simbolizaba fecundidad, abundancia, energía y fuerza... riqueza: “Estos son los grandes ídolos: el éxito, el poder y el dinero ¡Son las tentaciones de siempre!... Es el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de libertad y que, en cambio, esclavizan, porque el ídolo siempre esclaviza”.

Como señaló luego en el resumen en español, "la idolatría nace de nuestra incapacidad de fiarnos de Dios, de reconocerlo como el Señor de nuestra vida, el único que nos puede dar la verdadera libertad".

Sin la primacía de Dios, caemos fácilmente en la idolatría y nos contentamos con miserables garantías”, alertó el Papa. En contraposición, “la libertad del hombre nace en el dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Esto nos permite aceptar nuestra propia fragilidad y rechazar los ídolos de nuestros corazones”.

“Nuestra sanación viene de Aquel que se hizo pobre, que acogió el fracaso, que llevó al límite nuestra precariedad para llenarla de amor y fuerza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra fragilidad ya no es una maldición, sino un lugar de encuentro con el Padre y la fuente de nuevas fuerzas desde lo alto”, concluyó el Papa.

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