Lunes, 18 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Cardenal Urosa: padre de la Iglesia en tiempos de fe probada

El cardenal Urosa y el padre Christian Díaz Yepes.
El cardenal Jorge Urosa junto al padre Christian Díaz Yepes, autor de estas líneas, en su primera misa en 2007.

por Christian Díaz Yepes

Opinión

“Aprende a amar a la Iglesia y serás un sacerdote muy feliz, porque Cristo premia a los que aman a su Esposa”.

Repican las campanas de las Iglesias de Venezuela en memoria de quien fue arzobispo de sus arquidiócesis de Caracas, y previamente de Valencia. Padre de almas, pastor celoso, obispo íntegro y capaz, diligente y tenaz en medio de las horas más aciagas que ha atravesado este país en toda su historia. De sus manos tuve la gracia de recibir el ministerio sacerdotal en 2007, como tantas otras decenas de sacerdotes que fuimos formados bajo su exigente y solícita guía a lo largo de tantos años. Hoy le recordamos con gratitud y mirada agradecida, pidiendo a Dios nos conceda estar a la altura de un hombre tan noble. Por él hoy ofrecemos sufragios y pedimos a la Iglesia que tenga en un merecido lugar de su historia a quien la amó como hijo y pastor ejemplar.

Un hombre noble. Efectivamente, eso fue el cardenal Urosa, como esos que han sostenido siempre a la Iglesia para presentarla dignamente a su Señor. “El cardenal es un caballero”, oíamos decir continuamente a quienes le trataban. Y nos salía una sonrisa de satisfacción y sano temor. Temor a no defraudar su confianza, a no aprender bien la lección. “Cuando yo predico, lo hago para ustedes", nos decía a seminaristas y curas al terminar la misa y preguntarnos qué nos había quedado: “Les predico para que se formen bien y así puedan enseñar a todos los demás”.

Esta era su estrategia y a la vez su pasión: sembrar la potencia del evangelio en los suyos para que diera fruto a tiempo y a destiempo. Nos enseñó a vivir por una Iglesia unida y valiente, diligente y cercana, con la mirada dilatada de quien trabaja para el reino de Dios. Cuando durante mis estudios de licencia le dije que escribiría mi tesina sobre San Agustín, me aconsejó que aprendiera su amor apasionado por la Iglesia: “Aprende a amar a la Iglesia y serás así un sacerdote muy feliz, porque Cristo premia a los que aman lo que él ama”.

Otra de sus consignas fue: “Nunca hables mal de un hermano sacerdote”. Esto, lejos de ser une lema cooperativista y mucho menos cómplice, era algo que encerraba un profundo sentido teológico y pastoral. Porque esa capacidad de reconocer en el otro la grandeza del propio don que se ha recibido es una de las más bellas expresiones de quien ama la propia vocación y quiere hacerla resplandecer. Sin embargo, este empeño no hacía del cardenal un hombre ingenuo, ni mucho menos. Él sabía bien las cosas que podían pasar, conocía las historias de muchos, sabía que junto con el buen trigo crecía la cizaña, y la llamaba por su nombre. Pero lo hacía para amonestar y llamar a enmendarse; corregía para hacernos mejores y para cortar a tiempo el mal. Lo que nunca le oímos pronunciar fue un mal comentario sobre sacerdote u obispo alguno; nunca una ofensa ni una falta de respeto.

“Amen a Cristo, amen a la Iglesia y al Papa, amen a Venezuela”, nos repetía hasta el cansancio, y así lo vivió hasta sus últimos momentos. Nos enseñó a amar a nuestro país para ayudarle a reconocer su altísima dignidad en la historia y, sobre todo, a los ojos de Dios.

“Expreso mi gran afecto al pueblo venezolano y mi entrega absoluta a su libertad, a sus instituciones, a la defensa de los derechos del pueblo frente a los atropellos que hayan cometido los gobiernos nacionales, y en esa actitud he estado siempre actuando, no por odio, ni por rencor, sino por defensa de la libertad, de la justicia y de los derechos de pueblo… Mi trabajo ha estado siempre guiado por un amor patriótico al pueblo sencillo, humilde; al pueblo valioso, al pueblo culto, al pueblo inteligente, al pueblo académico; a todos los sectores del pueblo, sin exclusión ninguna… A nosotros lo que nos interesa, sobre todo, es que el pueblo venezolano ame, tenga fe y sirva a Jesucristo, el único en el cual encontramos la salvación y el perdón de los pecados”, fueron sus últimas palabras antes de recibir los sacramentos que le prepararon al cielo.

Por siempre agradecidos a Dios, Eminencia, de habernos bendecido con tan noble padre y maestro. Humildemente tomamos ahora el testigo y le pedimos que interceda por nosotros ante el buen Dios, a quien tan bien nos enseñó a servir y amar.

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