Miércoles, 10 de agosto de 2022

Religión en Libertad

El feminismo del chivo expiatorio, los hombres y la «cultura de la violación»

Gloria Calero.
El 24 de mayo, unas palabras de Gloria Calero, delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana, señalaron a todos los hombres como violadores o responsables de una supuesta "cultura de la violación".

por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

La delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana tuvo su minuto de notoriedad gracias a unas breves declaraciones, en las que preguntó retóricamente: "¿Qué os está pasando a los hombres que estamos retrocediendo a esta cultura de la violación que creíamos desterrada?" En unas pocas líneas introducía tres graves deformaciones de la realidad.

La primera, la de hacer responsables a todos los hombres de las violaciones de mujeres. No hay por qué extrañarse. Es el reverso de la misma moneda de aquella otra idea que establece, que “los hombres (así, en general) matan a las mujeres (todas) por ser mujeres.” Ya lo explicó René Girard con su teoría del chivo expiatorio. Es el procedimiento que aplica la tribu para señalar una víctima, concentrando en ella todos sus males. El hombre, en el caso de Gloria Calero, delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana. Una categoría tan grande, que forzosamente necesita de la colaboración de otros presuntos violadores y abusadores sexuales, partidarios de tal exageración; es decir, de otros hombres, empezando por el presidente Sánchez, responsable de su nombramiento. Porque hombres lo son todos ellos.

La culpabilización de los hombres que practica la señora Gloria Calero sirve para ocultar la responsabilidad de la cultura hegemónica en la creciente violencia sexual, que se proyecta desde el progresismo feminista -según su propia definición- que nos gobierna. Pero antes de profundizar en esta acusación, continuemos con las restantes deformaciones de la realidad que contenían la frase de Calero.

Una es la idea de retroceso de este tipo de violencia, la de la violación en grupo, “las manadas”, que eran el motivo de su declaración. La afirmación presupone que había un “antes”, cuando abundaban las manadas, y un “después”, en el que habían ido a menos. Tal consideración no tiene ningún fundamento. Al revés, los datos constatan su aumento progresivo. Quienes lo cometen son, en su inmensa mayoría, adultos  jóvenes de menos de 35 años, con una participación creciente de menores, que ya significan una cuarta parte de los agresores.

Los culpables son hombres que han sido educados en su razón y moral bajo la égida del feminismo de género, iniciada por Rodríguez Zapatero, y que tuvo su momento fundacional con la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Hace 18 años que vienen desarrollando esta cultura y educación política, escolar y mediática: dieciocho años, toda una generación en la que se ha construido el marco de referencia que debía liberar a la mujer de aquella violencia mediante leyes, grandes recursos, un relato persistente contra el machismo y la culpabilización del hombre. Los resultados muestran que ha logrado lo opuesto. Y la pregunta que no se hacen cae por su propio peso: ¿qué es lo que les ha fallado?

Se han llenado las cárceles de hombres condenados por faltas, agravadas por aquella ley y transformadas en delito penal si quien la comete es un hombre, se han indultado mujeres por el delito reiterado de retención ilegal de sus hijos para impedir el ejercicio del derecho del padre, "el hombre". Se ha impedido legislar sobre otras violencias en el seno de la familia, como la de los menores, y la más invisible, contra los ancianos, especialmente si son dependientes, para no desviar el foco de la única violencia que merece atención: la de género. El resultado es un fracaso clamoroso.

La otra distorsión de la declaración de la delegada del Gobierno es la de considerar que hubo un momento en el que las violaciones y las manadas fueron desterradas y han vuelto. ¿Cuándo se produjo, desde cuándo se abandonó esta práctica? Es obvio que nunca, al contrario, ha ido a más.

Estas declaraciones y su insistencia posterior merecerían un cese si se gobernase para todos, pero como no es así, tal decisión no llegará. En definitiva, Calero no hace otra cosa que exponer la doctrina gubernamental.

Sus palabras señalan dos hechos que explican por qué vivimos en una serie de crisis sin soluciones. (1) Porque quienes deberían resolverlas son los mismos que las provocan, porque su propia ideología les impide practicar los diagnósticos que permitan establecer las respuestas adecuadas. Una ideología que, como describía Marx, constituye una deformación que impide reconocer la realidad tal y como es. (2) Una concepción política basada en la polarización, la descalificación, el señalamiento del otro; la huida de las propias responsabilidades y la construcción siempre de un culpable, de un chivo expiatorio, que les absuelva de sus propias culpas.

La respuesta al problema radica en la destrucción de la educación escolar y social en las virtudes y en la formación del carácter. Se han olvidado de que todo proceso educativo implica una canalización y autocontrol de los deseos y pasiones, y no su aceptación y fomento.

Si se acepta una sexualidad sin límites entre los menores, que se prolonga y desarrolla en los adultos jóvenes, si la idea de respeto radical a la mujer ha sido propiciada por el feminismo del chivo expiatorio, si la conciencia religiosa ha desaparecido de la educación, y con ella el juez interior que nos señala el camino, si la excitación sexual está al orden del día en los tipos de bailes, celebraciones, series de televisión, si el alcohol es el eje de la celebración en fiestas hasta la salida del sol, si se utilizan estimulantes de todo tipo. Si todo esto se mezcla, lo que resulta es la tormenta perfecta.

Si a ello se le añade, segunda cuestión, que la cultura de la progresía feminista veta cualquier limitación de la pornografía, que cada vez muestra más una sexualidad basada en la violencia, el resultado es el que estamos viviendo.

Porque la pregunta que debería formular la delegada, y el Gobierno con ella, es por qué cada vez más jóvenes y de menor edad se apuntan al sexo como agresión. Y deberían contestarse que no es nada extraño que se termine así, cuando la política y la cultura dominante han normalizado la idea del sexo como una modalidad de deporte de contacto, en lugar de la culminación contenida de un crecimiento integral, afectivo, amoroso, constructor del bien del otro, entre un chico y una chica. Y es que todo deporte de contacto tiene un punto de fuga, que termina en violencia. La diferencia es que sus practicantes están entrenados para frenarlo, mientras que, a nuestros adolescentes y jóvenes, el poder los excita cuanto más mejor. Montero no reivindica ir por la noche sola y segura por la calle, sino además andar borracha.

El resultado está en los juzgados.

Publicado en La Vanguardia el 30 de mayo de 2022.

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