Domingo, 21 de abril de 2024

Religión en Libertad

El descarte de embriones humanos es la consecuencia, no la causa

Criopreservación de embriones.
Los embriones congelados son seres humanos y su destino no puede ser la destrucción.

por Germán Masserdotti

Opinión

Recientemente, circuló la información de que los jueces de la Corte Suprema de la Nación Argentina habilitaron el tratamiento de caso que plantea el siguiente problema: qué hacer con embriones humanos criopreservados de un matrimonio que, resultado del divorcio, ahora no quiere implantarlos.

Fuera del análisis jurídico correspondiente que podría formularse teniendo en cuenta la actual legislación argentina -recuerdo ahora, solamente, que la Constitución Nacional protege la vida humana desde la concepción-, hay otro punto sobre el que me interesa llamar la atención. Solamente oír que embriones humanos en estado de criopreservación podrían llegar a ser descartados es para alarmarse. Pero, con ser esto grave, sin embargo no es lo peor.

Se trata de una posible consecuencia que depende del “deseo” de sus padres. La raíz del mal está en la misma fecundación artificial -suavemente llamada “asistida”-. ¿Por qué artificial y no simplemente asistida? Porque una cosa es ayudar, colaborar, facilitar, etcétera, y otra, bien otra, es sustituir. ¿Y por qué la raíz del mal está en la misma fecundación artificial? Este es el punto que me importa explicar.

La fecundación artificial se refiere a “los diversos procedimientos técnicos encaminados a lograr la concepción de un ser humano por una vía diversa de la unión sexual del varón con la mujer”. Esta afirmación forma parte de la instrucción Donum vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación (22 de febrero de 1987) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, firmada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

Teniendo en cuenta el contexto de la ley moral natural, señala que el hijo “tiene derecho a ser concebido, llevado en las entrañas, traído al mundo y educado en el matrimonio: solo a través de la referencia conocida y segura a sus padres pueden los hijos descubrir la propia identidad y alcanzar la madurez humana”.

Agrega que los padres “hallan en el hijo la confirmación y el completamiento de su donación recíproca: el hijo es la imagen viva de su amor, el signo permanente de su unión conyugal, la síntesis viva e indisoluble de su dimensión paterna y materna”. Claro está que este lenguaje resulta “políticamente incorrecto” si se tiene en cuenta que el ambiente contracultural imperante es, resumidamente, contrario a la familia fundada en el matrimonio como la unión entre un varón y una mujer.

Todavía más al sostener que “a causa de la vocación y de las responsabilidades sociales de la persona, el bien de los hijos y de los padres contribuye al bien de la sociedad civil; la vitalidad y el equilibrio de la sociedad exigen que los hijos vengan al mundo en el seno de una familia, y que esta esté establemente fundamentada en el matrimonio”.

Dicho esto, debe decirse -y aquí está el núcleo del juicio moral sobre la fecundación artificial- que el acto conyugal tiene dos significados: procreativo y unitivo.

El problema de la fecundación artificial es que afirma el significado procreativo -evidentemente- pero niega el unitivo -en sentido contrario, a su vez, a las acciones contraceptivas-. Por último, cabe señalar que el deseo de ser padres es legítimo, por cierto. Sucede que ese deseo -tener un hijo, como se dice vulgarmente- no puede cumplirse de cualquier manera. Hay un “lenguaje o gramática de la naturaleza” que, sin dejar de ser exigente, debe y resulta posible respetar.

El descarte de los embriones humanos criopreservados es una consecuencia grave de un mal radical: la misma fecundación artificial. Por esto, la solución legislativa se quedaría a medio camino si solamente prohibiera la destrucción de los embriones. Lo que debe ser prohibido es la misma práctica de la fecundación artificial. ¿Qué hacer, entonces, con los embriones ya criopreservados? Aquí se abre un asunto que podría solucionarse, razonablemente, mediante la adopción de esos embriones criopresevados previa declaración de los adoptantes de que no están de acuerdo con la fecundación artificial.

Porque esos seres humanos no pueden vivir congelados “para siempre”, ni merecen ser destruidos. Son seres humanos como cualquiera de nosotros. ¿O acaso vamos a convalidar prácticas que responden a la mentalidad de la contracultura del descarte y
de muerte?

Por último, si la fecundación artificial no es la solución moralmente válida, ¿qué hacer? Una solución de acuerdo al orden moral es la naproteconología. Se trata de un alternativa que, además, tiene una tasa de efectividad mayor y de menor costo que las técnicas de fecundación artificial. La naproteconología asiste -pero no sustituye-, es decir, ayuda o colabora a que se produzca la concepción. 

Publicado en MDZ.

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