Miércoles, 28 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Un caña de bambú


Ojalá surjan jóvenes con ganas de dejarse despojar por el Señor y entregar sus vidas a los más pobres y desprotegidos de la tierra, tal como han hecho los misioneros. Pero no olvidemos que una de las grandes pobrezas es desconocer a Cristo, el Hijo de Dios, que dio su vida para que la tuviéramos en abundancia.

por Monseñor Juan José Omella

Opinión

El próximo domingo celebraremos el Domingo Mundial de las Misiones (Domund). Un hermoso día para recordar a los misioneros, los hijos más ilustres de la Iglesia, como me gusta llamarlos, porque ellos lo dejaron todo, se despojaron de todo: lengua, cultura, costumbres, familia… para adaptarse a las costumbres y a la lengua de la gente a la que han ido a servir y anunciarles la Buena Nueva de Jesús, el Hijo de Dios.

La siguiente parábola podrá ayudarnos a comprender más la entrega de los misioneros y nos ayudará probablemente a quererles un poco más. No dejemos de recordarles y de rezar especialmente por ellos.

Había una vez (no recuerdo bien dónde) un lindo jardín que sólo con verlo parecía un sueño. Allí mismo tenía su casa el dueño que no resistía a la tentación de pasear por él todas las tardes, para disfrutar de la brisa y de la sombra. En el jardín, casi en el centro, una hermosa caña de bambú atraía en seguida la atención. Alta, elegante, bella como pocas. No es extraño que el señor tuviera debilidad por ella. Por su belleza y tal vez también, por crecer más que las otras plantas; quizá por mantenerse recta y graciosa, a pesar de los vientos del invierno y los calores del verano. La caña sabía bien esta preferencia de su señor y se enorgullecía.
Un día, el señor se acercó a ella, un poco triste, como si tuviese alguna noticia que darle, y, casi sin levantar la vista, le dijo temeroso: “Mi querido bambú: te necesito”. “Señor, dijo el bambú feliz como nunca, sabes que soy todo tuyo puedes hacer de mí lo que quieras”. Hubiera sido maravilloso oír solo esto, si no fuera porque el señor dijo después: “Bambú… -el señor no sabía por dónde empezar- para usar tus servicios necesito cortarte”. “¿Cortarme a mí?”, preguntó asombrado el bambú. El señor no podía estar hablando en serio. Entonces, ¿para qué hizo de ella la planta más bella del jardín? “No por favor, señor, todo menos eso”. El señor no se enojó y lo miró con dulzura paterna. “¿Quién es el que acepta algo así sin protestar?” Pero tampoco cedió: “Mi querido bambú, si no te corto no podré emplear tus servicios”. Y los dos se quedaron callados sin que ninguno supiera qué decir. Hasta el viento paró y los pájaros dejaron de cantar. Algo anormal ocurría en el ambiente.

Lentamente, muy lentamente, el bambú inclinó sus hojas lindas -yo lo vi- y balbució muy bajito, casi como un secreto que cuesta desvelar: “Señor, si no puedes servirte de mí sin cortarme, haz de mí lo que quieras y estará bien. Córtame”. “Mi querido bambú -dijo de nuevo el señor-, aún no te he dicho todo, no sólo tengo que cortarte sino también que arrancar tus hojas y tus ramas”. Era ya demasiado. El bambú se sintió morir. “Señor, no me hagas eso -imploró el bambú-, déjame al menos las hojas y las ramas. Sin hojas y sin ramas, ¿qué voy a hacer en el jardín?” y de nuevo, impertérrito, el señor apuntó: “Si no puedo quitarte las hojas y las ramas, no podré usar los servicios que he previsto para ti”.

En aquel momento, el sol no quiso oír más y se escondió. Los pájaros batieron sus alas y abandonaron el jardín para no saber el final. Temblando, el bambú pudo aún decir: “Está bien, señor, si es tu deseo, quítalas”. “Mi querido Bambú -intervino aún el señor- tengo todavía una última cosita que me cuesta mucho decirte. Tengo que partirte en dos y quitarte el meollo. Sin eso, no podré usarte”. El bambú se quedó mudo; no entendía nada de lo que le pasaba al señor. Se inclinó sobre la tierra y se ofreció todo a su señor. El señor del jardín cortó el bambú, le quitó las ramas, cortó las hojas, lo partió en dos y le extrajo el meollo.

Después llevó el bambú a una fuente de agua fresca que había cerca de sus campos, que hacía tiempo estaban muriendo de sed tan cerca de la fuente. Y, con todo cariño, puso un extremo del bambú en la fuente y el otro en el campo. La fuente daba agua y el bambú comenzó a llevar el agua al campo que tanto tiempo la deseaba. Y el campo empezó a reverdecer. Cuando llegó la primavera, el señor sembró arroz y los días fueron pasando hasta que la semilla creció y llegó el tiempo de la cosecha y el señor pudo alimentar a toda su casa.

Cuando el bambú era grande, bello y gracioso, crecía y vivía sólo para sí mismo, y se complacía en verse así, esbelto y elegante. Ahora, humilde y pegado a la tierra, era un canal que el señor usaba para alimentar a su casa y hacer fecundo su reino.

Ojalá surjan jóvenes con ganas de dejarse despojar por el Señor y entregar sus vidas a los más pobres y desprotegidos de la tierra, tal como han hecho los misioneros. Pero no olvidemos que una de las grandes pobrezas es desconocer a Cristo, el Hijo de Dios, que dio su vida para que la tuviéramos en abundancia.

Queridos misioneros: sois grandes y queridos por la comunidad cristiana, por todos nosotros, sois queridos por lo que sois y por lo que hacéis. Que Dios os bendiga y os acompañe siempre.
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