Lunes, 23 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Van Thuan, profeta «confitado» y maestro de desescaladas


La vida nos da sorpresas. Últimamente, quizás más de las que somos capaces de abarcar. ¿Qué harías si en pleno estado de alarma legal y existencial te asaltan en tu propia morada?

En las últimas semanas, una novela que escribí hace tres años ha producido un aluvión de correos electrónicos. Resulta que aquel libro (Van Thuan, libre entre rejas) cuenta la historia real de un preso, detenido injustamente, que pasó trece años recluido, nueve de ellos en régimen de confinamiento (entiéndase como trato inhumano, soledad absoluta y sin wifi: o sea, algo un poco más restrictivo y doloroso que nuestra experiencia reciente).

Escribí su historia por un único motivo: si un tipo de carne y hueso es capaz de convertir su prisión en antesala del paraíso, necesitaba saber cómo lo hizo y si eso podía cambiar mi vida.

Una vez parida la novela, un movimiento espiritual imparable me condujo a compartir la historia de Thuan y mi propio testimonio de mutación interna. Muchos de mis interlocutores (y maestros de lujo) fueron cientos de presos de España y América. No importaba que el protagonista fuera vietnamita, ni nacido en 1975, porque su testimonio sigue interpelando: más a los que, por pura pobreza espiritual, se nos despierta el ansia de una verdadera libertad más allá de nuestros límites.

Resulta que la pandemia que nos ha vuelto del revés globalmente nos ha obligado a vivir enclaustrados en casa a la fuerza: y la experiencia de Van Thuan brilla como un haz de luz en la tiniebla.

He leído varios artículos al respecto, pero no tenía en mente que el libro se convirtiera en guía de miles de confinados de distintos países y lenguas, algunos de los cuales me han pedido: ¿por qué no aportas tú lo que sabes de un alma a quien has dedicado nueve años de tu vida?

Me debato entre la alergia a las recetas (incluso con una intención espiritualísima) y el deseo profundo de que los pobres y sedientos podamos beber de un manantial fresco y gratuito.

Vamos allá. Nuestro hombre, Van Thuan, aquí no va a ser contemplado por el final de su historia: un cardenal de la Iglesia católica que murió con fama de santidad. Eso es verdad y de la buena, pero a mí siempre me ha interesado el hombre de carne y hueso que descubrió una libertad interior que nada ni nadie pudo arrebatarle.

En el fotograma actual de la película (con tintes de thriller) que estamos viviendo, ya hemos visto que existen muchas prisiones no materiales: si obviamos por un momento el microorganismo malicioso, tocamos cómo nos superan nuestras propias debilidades, contradicciones, deseos insatisfechos, incomunicaciones…

Estamos viviendo una experiencia en la que difícilmente logramos escapar a un “cara a cara” con nuestro interior más auténtico.

Puede que las pantallas hayan servido para evadirnos en la virtualidad. Aún así, a medida que la distancia social se impone y el cura-todo de la vacuna se difumina en el horizonte, nuestra alma se ve más abocada a a la vulnerabilidad y necesita testar sus convicciones profundas.

En el minuto uno de la detención de Thuan, se acuerda de otra persona que ha estado en una situación similar a la suya. Aquel contaba los días para volver a la “normalidad”. Él, sin embargo, tomó una decisión: vivir sólo el momento presente llenándolo de Amor. Lo había aprendido de su madre, no con lecciones magistrales sino viéndola confiar en Dios en las desgracias durísimas que padeció (¡Mamma mia, si supiéramos la huella que nuestro ejemplo, también al pedir perdón, imprime en nuestros vástagos, estaríamos aplaudiendo con las orejas por esta oportunidad de con-vivir las horas de adversidad con ellos, de la mano de Dios!).

El protagonista de nuestra historia era lo más parecido a un superhéroe. De familia importante, con una carrera de méritos espectacular, hablaba cinco idiomas, destacaba como líder con carisma, podría calificársele de cristiano 10/10… El día que se hundió en la puerca miseria (la ciénaga era inhumana) el ridiculum vitae humano y espiritual no le ayudó demasiado. ¿Superó el abismo gracias a la resiliencia? No. ¿Tenía un método patentable para titanes? No. ¿Sus hercúleos logros episcopales lo salvaron? Tampoco.

A Van Thuan le hizo falta llegar al despojo total, a la desnudez extrema (no acertaba ni con las palabras del Padre Nuestro) para experimentar que quedándose sin nada sólo quedaba recibir todo de Dios. Y el abandono absoluto le fue regalado en el peor momento. De ahí nació esa libertad interior que ya no dependía de sus méritos, ni de sus circunstancias: era puro derroche de un Dios Amor, Amor inagotable e inmerecido.

El peaje que pagó en esa tortura es difícil de resumir. Pero intentémoslo. En el cóctel molotov de una depresión grave multiplicada por noche oscura de libro, tiene un diálogo de oración con su Dueño. Su mayor dolor es no poder hacer nada por el pueblo del que es pastor: saber que los persiguen y que, en su inactividad y prisión, no puede alentarles. En lo profundo de su alma, escucha: “¿Qué buscabas, las obras de Dios o al Dios de las obras?”. Otro le hubiera mandado al cuerno al interlocutor: él tuvo la humildad de reconocer que muchas veces le habían podido los likes de la vida, de su propia exigencia ascética, incluso de las necesidades urgentes del prójimo. No eran malos motivos, y sus obras habían sido útiles, exitosas y loables, pero le habían salpicado de activismo, autocomplacencia, seguridad en sus propias fuerzas, despistándole a veces de lo único importante: la confianza ciega en Dios, que se manifiesta con mayor evidencia en la debilidad y que siempre da fruto por pura Gracia. Así, la mayor privación le llevó también a un re-descubrimiento prodigioso de la comunión de los santos. De hecho, como también ha sucedido en nuestro tiempo, los monasterios contemplativos fueron referente de fecundidad en su inactividad forzosa.

El cautiverio cambió completamente desde este encuentro con el Crucificado-Resucitado. La transformación no fue consecuencia de una formación doctrinal magnífica o de un cúmulo de razonamientos prodigiosos. Se había convertido en un testigo enamorado, cuya vida cambiaba a los de alrededor, porque se preguntaban: ¿Cómo es posible perdonar así, sonreír así, confiar en un ser superior así? Transmitía la fe por ósmosis, no a golpe de predicaciones brillantes.

Dios le bendijo con incontables conversiones entre sus carceleros (con quienes muchas veces, ni siquiera podía hablar): el apestado contagioso, abandonado a Quien todo lo puede, resultó ser una vacuna espiritual con una carga de anticuerpos tumbativa.

Muchos conocen a este futuro santo por las armas secretas que lograron que esperara contra toda esperanza: el Rosario fue su escalera diaria al Cielo (también cuando sólo palpaba las paredes del infierno); y la Eucaristía, que a veces celebró clandestinamente, en la palma de la mano, con tres gotas de vino. Esta “medicina” (bajo tal concepto consiguió el fruto de la vid, camuflado) alimentó los despojos de su Alma, renovándole las energías espirituales. También logró que le hicieran llegar Hostias camufladas en el falso fondo de una linterna, y con ellas adoraban al Santísimo Sacramento en los barracones de un campo de concentración, jugándose la vida. Sin embargo, como muchos misioneros, como sucede también en la Iglesia perseguida, no pudo celebrar la Eucaristía durante largos periodos. Pero, leyéndole, se hace evidente que él mismo era una comunión espiritual hasta las entrañas. Hubo largos periodos en los que su fe hubo de crecer pareja a su sed sacramental. También su vida testifica cómo en circunstancias excepcionales, el buen Dios derrama Gracias únicas. En cada momento, su alma aprovechó las circunstancias reales, no las deseables. Corría por su sangre un ADN martirial (generaciones de antepasados matados por la fe en Cristo): había mamado la certeza de que cada vida sacrificada se torna en semilla de nuevos cristianos.

En el inicio de su particular confesión de la fe está un acto de obediencia heroica al Papa. Ofreció por Pedro las penalidades durante tres pontificados. Los libros clandestinos que escribió no fueron un alegato de su sabiduría frente a la Cabeza de la Iglesia sino un precioso camino, trazado por huellas de un hijo fiel que se sabe piedra viva del Cuerpo místico de Cristo y no dueño de su catedral (como mucho, actuaba de abrepuertas del Espíritu Santo). No temió la traición, ni la venganza, ni la misma muerte porque recibió el don de “aprehender” hondamente su ministerio sacerdotal: sufrió toda vejación por acercar a las ovejas al Pastor, y por no manchar el rostro de la Iglesia católica (universal) frente a quien la consideraba el opio del pueblo o una secta política-ONG non grata. Lidió con la dolorosa división de la Iglesia en un régimen comunista sin diatribas ni puñetazos, sino inoculando una misericordia que atraía hacia la conversión.

Es evidente que la pasión me puede. Pero en algún momento hay que poner el punto final. “Siempre decía que si no hubiera sido sacerdote hubiera sido payaso”, me contó una de sus hermanas. Da gloria bendita ver cómo su sentido del humor, combinado con la creatividad sobrenatural, hicieron de su cautiverio una obra de arte con firma divina.

De hecho, Van Thuan también pasó por fases de desescalada y aprendió a convivir con la incertidumbre, de la mano de un Dios que lo tenía tatuado en la palma de su mano. Por esto, este profeta vivía “confitado” con una dulzura prestada.

Yo suplico a la Iglesia que Van Thuan algún día sea nombrado patrón de las cárceles. Pero mientras mi Madre se pronuncia, y por la confianza que me une al intercesor, le he auto-nominado como patrón de nuestros confinamientos. Porque, hoy y ahora, ya sabemos que un virus matador ha destapado muchas ataduras personales y sociales igualmente letales. Y necesitamos testigos de que Dios existe y de que podemos tener un encuentro con Él que nos rescate. ¿Nos estamos agarrando a un clavo ardiendo y nos hemos inventado un consuelo barato? La experiencia de Thuan, la mía, la de miles de almas, es que sólo ese Amor nos salva. El sufrimiento y la muerte no tienen sentido. El éxito se lo lleva el viento. Sólo podemos afrontar los valles de lágrimas de la vida si hay un Padre que nos soñó y nos creó con su aliento materno; un Omnipotente que se hizo Palabra viva y carne mortal para dejarse matar por nosotros y para vencer todo mal resucitando; un Beso de ternura que obra desde nuestro interior, sanando el Corazón frente al desamor y a la esclavitud del sinsentido.

Thuan, intercede por nosotros para que se nos regale decir: “Dios mío, a ti me abandono en esta hora, en ti confío plenamente”. Que podamos experimentar esa libertad interior llena de gozo y paz que te sostuvo portentosamente. El coronabicho, los confinamientos, las desescaladas… serán oportunidad de crecimiento interior en lo único que de verdad importa: sabernos incondicionalmente amados y ser movidos abrazar con ese Amor prestado. Y, como tú, alabaremos a Dios porque recibimos un derroche de dones que superó con creces el dolor del sufrimiento.

Si no me crees, cópiale a Thuan. Coge un Rosario y pasa bolas con un corazón mendigo. No hay Madre que se resista a un hijo en apuros.

P.D. 1. Sigo buscando a Pablo Iglesias, ahora dirigente de mi país. Por si te lo cruzas: para que le des el recado.

P.D. 2. Bonus para lectores pacientes. Ahí va el marcapáginas que he regalado a cada preso hermano, sin saber que tú también serías uno de ellos. 🙂 Puedes descargar la imagen e imprimirla, difundirla, empapelarte, etc.

Publicado en el blog de la autora.

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