Viernes, 27 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Chesterton y la Eucaristía


por Joseph Pearce

Opinión

El pasado 14 de junio, domingo, fue un aniversario muy especial para todos los que admiramos al gran escritor inglés G. K. Chesterton. Fue en esta misma fecha de 1936 cuando falleció. Ese año, el 14 de junio era el domingo después de Corpus Christi, igual que ocurrió este año en aquellos países en los que, como en Estados Unidos o Inglaterra, esta fiesta se sigue celebrando en jueves. Donde se festeja en domingo, la coincidencia con el dies natalis de Chesterton quedará aún más resaltada.

Hay incluso un toque adicional de humor divino en el introito de la Misa de ese día, que se imprimió en el recordatorio de su muerte y que parece conectar su propio corpus y su corpulencia con su llegada al banquete celestial: «El Señor fue mi protector y me trajo a un lugar amplio. Me salvó porque estaba complacido conmigo».

Pues si la providencia ha considerado conveniente conectar al autor con el Corpus Christi, no debería sorprendernos que tuviera un gran amor a la Eucaristía. «La palabra Eucaristía», escribió tras participar en el Congreso Eucarístico de Dublín en 1932, «no es sino un símbolo verbal, podríamos decir que una vaga máscara verbal, de algo tan tremendo que tanto su afirmación como su negación han parecido igualmente una blasfemia que ha sacudido el mundo con un terremoto de 2000 años».

Para Chesterton, por lo tanto, creer en la presencia real en el Santísimo Sacramento era la piedra de toque misma de la verdad. «Sobre la transubstanciación, cuidadosamente sugeriría que, para la mayoría de personas normales ajenas con algo de sentido común, habría una diferencia práctica considerable entre que Yahveh permee el universo y que Jesucristo entre en la sala».

Con un sano temor del Señor en su presencia sacramental, confesaba sentirse «asustado por esa tremenda realidad». Y esta fe le permitía responder con la incisiva sabiduría de un santo a la pregunta de cómo resolvería Jesucristo los problemas modernos si estuviera hoy en el mundo. «Para aquellos de mi fe solo hay una respuesta: Cristo está hoy en la tierra, vivo en mil altares; y resuelve los problemas de la gente exactamente como lo hacía cuando estaba en el mundo en un sentido más ordinario. Es decir, resuelve los problemas del limitado número de personas que eligen libremente escucharle». 

Quienes seguimos escuchando la sabiduría de G. K. Chesterton lo hacemos porque siempre nos lleva a Cristo vivo en cada altar en el precioso don de sí mismo en la Eucaristía.

Publicado en Alfa y Omega.

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