Sábado, 04 de diciembre de 2021

Religión en Libertad

La formación cristiana: prioridades y proporciones


Efectivamente, el reto de la formación cristiana está hoy en las prioridades y en las proporciones. Las casas se comienzan por los cimientos. La educación debe cimentar profundamente lo básico sin descuidar el segundo momento, «crítico».

por Ramiro Pellitero

¿Es posible edificar una casa comenzando por el techo? ¿Qué es antes en la educación, lo básico o lo especializado? ¿Es compatible una clara identidad cristiana con el diálogo intercultural? Son preguntas para las que se pueden encontrar respuestas en un texto publicado el 3 de junio de 2009 en el Osservatore Romano, por monseñor Jean-Louis Bruguès, secretario de la Congregación vaticana para la Educación Católica. El tema era la formación de los candidatos al sacerdocio en nuestro tiempo. Sin embargo, los argumento que ahí se emplean son válidos para la formación cristiana de los jóvenes (y también para la educación de los adultos en la fe). Estas líneas no son sino una invitación a leer el interesante texto. Sus argumentos pueden desglosarse en tres puntos: una introducción sobre la situación de la cultura actual; una primera propuesta que responde a la pregunta de si la formación debe ser «crítica» o «básica»; y una segunda propuesta sobre qué actitud educativa fomentar respecto a la cultura ambiente. En la introducción se plantean las diferentes consecuencias de la secularización –la distinción entre el ámbito civil y el eclesiástico, a partir del s. XVIII– en Europa y en Estados Unidos. En Europa –por ejemplo en Francia y Bélgica, algo menos en España, Portugal y Gran Bretaña– se intenta encerrar la religión en la esfera privada. En Estados Unidos, en cambio, la expresión pública de la religión no sólo se permite sino que se considera normal y beneficiosa. Hasta hace poco tiempo los especialistas preferían el modelo europeo. Pero actualmente, son numerosos los que, como J. Habermas, piensan lo contrario: que el modelo norteamericano es mejor, y que en nuestra Europa post-moderna las religiones tienen una función relevante en la vida pública. Pasemos a la primera propuesta educativa. La secularización en Europa ha producido que los jóvenes actuales hayan perdido el contacto con los fundamentos de la fe cristiana. Muchos de ellos tienen buenas disposiciones –carecen, felizmente, de los prejuicios negativos de sus predecesores–; están deseosos de conocer y profundizar el Evangelio. Por eso a juicio de monseñor Bruguès se impone, en la formación, una opción por lo «básico» y una renuncia a comenzar por lo «crítico». Concretamente, señala la necesidad de «una formación teológica sintética, orgánica y que apunte a lo esencial», y propone como referente principal el Catecismo de la Iglesia católica. (Esto es una aportación luminosa en el momento actual, que vale la pena redescubrir por parte de todos los que tenga a su cargo la formación). Para Bruguès implica «la renuncia a una formación inicial signada por un espíritu crítico… y por la tentación de lograr una especialización demasiado precoz, precisamente porque le falta a estos jóvenes el necesario background cultural». En otros términos, dice el autor del texto, «yo aconsejaría elegir la profundidad más que la extensión, la síntesis más que los detalles, la arquitectura más que la decoración». La segunda propuesta profundiza en el cambio cultural. Hasta los años sesenta del pasado siglo, se vivía una fe de «pertenencia» (se nacía y vivía en un ambiente cristiano) en una cultura más rural y asentada en tradiciones multiseculares. Al llegar la secularización moderna a la calle, muchos la interpretaron como una cierta fascinación ante la «apertura al mundo». Esto desembocó en una auto-secularización en gran parte de Occidente, con resultados paradójicos y preocupantes. «Los ejemplos abundan. Los creyentes están dispuestos a comprometerse al servicio de la paz, de la justicia y de las causas humanitarias, ¿pero creen en la vida eterna? Nuestras Iglesias han llevado a cabo un esfuerzo inmenso para renovar la catequesis, ¿pero esta misma catequesis no tiende a desatender las realidades últimas? Nuestras Iglesias se han embarcado en la mayor parte de los debates éticos del momento, incitados por la opinión pública, ¿pero cuántos hablan del pecado, de la gracia y de la vida teologal? Nuestras Iglesias han desplegado felizmente tesoros ingeniosos para que los fieles participen mejor en la liturgia, ¿pero ésta última no ha perdido en gran parte el sentido de lo sagrado?» Posteriormente se ha ido pasando a una fe «de convicción», que implica una elección más personal y con frecuencia en oposición al grupo de origen. Ahora que la población se acumula en las ciudades, desarraigada y más inmadura afectivamente, muchos jóvenes buscan una identidad cristiana más fuerte que la que encuentran en su entorno. Concluye monseñor Bruguès que los formadores deben «asegurar armoniosamente», en primer lugar, «el paso de una interpretación del Concilio Vaticano II a otra» (es decir, pasar desde aquella fascinación ingenua por la «apertura al mundo», a una toma de conciencia de los desafíos actuales). Y en segundo lugar, también probablemente es necesario asegurar el paso «de un modelo eclesial a otro»; (o sea, desde una «pertenencia» que se daba por supuesto, a una «convicción» que se busca, se mantiene y se acrecienta con esfuerzo). Efectivamente, el reto de la formación cristiana está hoy en las prioridades y en las proporciones. Las casas se comienzan por los cimientos. La educación debe cimentar profundamente lo básico sin descuidar el segundo momento, «crítico». El ambiente pluralista requiere una clara identidad como condición previa al diálogo, y éste con preferencia a la confrontación, rara vez necesaria. Cada comunidad cristiana educativa (las familias, las parroquias, las escuelas, los movimientos eclesiales, los seminarios, etc.) ha de valorar en qué situación están las personas para avanzar en la proporción correcta. Sobre la base de una formación humana y espiritual adecuadas, hay que guardar íntegro el depósito recibido –la fe y la tradición cristiana– y abrirlo a los desarrollos legítimos y necesarios del pensamiento, de la cultura y de la ciencia, que conservan matrices de raíz cristiana (la igualdad y la libertad, la solidaridad y la responsabilidad, etc.); y esto constituye, a su vez, el fundamento de una formación que sea permanentemente misionera o evangelizadora. Para todo ello, el primer desafío es «la formación de los formadores». * Ramiro Pellitero es subdirector del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Universidad de Navarra.
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