Jueves, 01 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Hombre sistémico


por Eduardo Gómez

Opinión

Decir que el pensamiento sistémico es hogaño moneda común no añade nada bajo el sol. Habría que empezar por retratar al portador, y estudiar sus descabellos, para darnos cuenta de que quizá estemos al final de una era.

La Teoría General de Sistemas define la palabra sistema como un conjunto de elementos ordenados según cierta estructura para alcanzar los objetivos concretos preestablecidos. A estas alturas, imaginar un sistema de control global donde cada hombre sería una pieza de un engranaje, ordenada en torno a la consecución de fines desconocidos, no constituye un rapto de locura. Más aún si cabe, puesto en parangón con la antítesis: el hombre comunitario de toda la vida, orgulloso de su deber y consciente de los fines compartidos.

Toda crisis caracteriza al más común de los mortales. Las constantes sacudidas informativas acerca de nuevas oleadas del virus retratan el estado actual de los más comunes: la obediencia consuetudinaria sin más credo que la creencia en la obediencia institucional, o sea, obedecer para creer. Cuando el pensamiento superfluo transita por derroteros ajenos al discernimiento parsimonioso, no puede estar en lo cierto. Para nuestra desgracia, esa es la vereda del hombre sistémico, que vive enlatado en conserva globalista, que aguarda la vacuna redentora con la finalidad de volver a una cotidianidad tan sistémica como su estado de pánico actual: la alternancia de las labores fabriles y los desfogues pasajeros.

Aristóteles principia en su obra Metafísica que todos los hombres poseen por naturaleza el deseo de saber; por algo nuestra especie recibe el nombre de Homo sapiens. No ha sido la pandemia lo que ha trastornado el deseo de saber, tan natural en el hombre. Ha sido la estimulación procaz de toda clase de pasiones contrarias al saber que, a modo de electroshock, los protervos de la gobernanza global han puesto a su entera disposición y le han hecho definitivamente dúctil ante el mal.

La metafísica aristotélica clasifica al género humano en dos grupos: los hombres de arte, conocedores de las causas de lo que se hace; y los hombres de experiencia, que “saben que tal cosa existe, pero no saben el porqué”. El primero, especie perseguida, se ha ido cercenando a la salud del progreso; el segundo vive subsumido en un mundo de experiencias incesantes a base de farra, derechos y terror asistido.

Los dueños del timo global van pasando revista y en el inventario recuentan con placer que la única amenaza para sus designios, los hombres de arte, ya solo representan una pequeña mácula al lado de la gigantesca orbe de sujetos, que, siguiendo a Aristóteles “se parecen a seres inanimados que obran sin conciencia de su acción”; solo que los seres inanimados quedan determinados por la naturaleza particular, mientras que en “los operarios” rige una costumbre parecida a la racionalidad inanimada.

Sin embargo, la historia del hombre no siempre fue así. La revelación cristiana logró la unicidad del arte de la salvación y la experiencia de la santidad. La transmisión universal de la ciencia sagrada constituye el proceso opuesto a la debacle antropológica a la que asistimos: una igualdad concebida como don sobrenatural (y no la igualdad de plástico de los ciudadanos libres e iguales) para que cada hombre de experiencia lo fuera también de arte en el conocimiento salvífico, es decir, en el plan de su Creador: todo hombre que por obra de Dios opera es hombre que sabe; todo hombre que por obra de Dios sabe es hombre que opera.

Atrapado por el sistema, reducido al eslabón fabril, gratificado por el positivismo, y sin conciencia de sí, el hombre de experiencias u hombre sistémico, sometido al electroshock de los globalistas protervos, se rinde a la gobernanza global, porque la conducción propia la vendió a cambio de apetencias banales. En él, el deseo de experimentar ha eclipsado el deseo de saber.

En la actualidad, balanceado entre el ludismo y el terror, el hombre sistémico pone en la vulgaridad de sus sentidos toda esperanza de reproducir su pobreza de espíritu: creencia estabularia, obediencia política, inconsciencia filosófica y experimentación lúdica. Creyéndose redimido de antemano por la promesa de los protervos, ignora que para un hombre de experiencias no hay vacuna que valga, solo la sanación: volver a ser hombre de arte y hombre de Dios.

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