Jueves, 20 de junio de 2019

Religión en Libertad

Sumisión e hipocresía


El término sumisión, que se inspira en las cartas paulinas y en una antropología cristiana, reclama el liderazgo y poder inherentes de la mujer, y está en sintonía con la potencialidad de la feminidad en el servicio a los demás.

por Javier Pereda

Opinión

Cásate y sé sumisa es el título del libro escrito por la periodista de la RAI italiana, Costanza Miriano, de 43 años, madre de cuatro hijos, católica, de buena presencia y que, a primera vista, por su perfil nadie la identificaría con una mujer sumisa, todo lo contrario.

Sin embargo, esta obra ha causado un gran revuelo en la opinión pública española, empezando por todos los partidos políticos que, a modo de oráculo de Delfos –ellos que, sumidos en la corrupción, son la cuarta preocupación de los ciudadanos- tienen la osadía de moralizar lo que es políticamente correcto. Y dentro del estilo hispano vehemente y poco reflexivo, sin que nadie o muy pocos lo hayan leído, todo el mundo se siente en la obligación de opinar, eso sí, sin tener ni idea, sólo fijándose en la polémica palabra que se recomienda a las casadas.

Como eso de matizar y precisar, señalando las diferencias, no está al alcance de todos, porque requiere análisis y estudio, el enunciado del manual, y por extensión su contenido, ha provocado que en una sociedad sensibilizada con la lacerante violencia machista y la injusta desigualdad de la mujer se haya pedido su censura y retirada. El caso es que nadie se atreve a citar en qué página o frase del ejemplar se hace apología de la violencia de género o se menoscaba los derechos de la mujer.

A estas alturas, va de suyo, nadie en su sano juicio, salvo algún fundamentalista islámico o ideologías de la misma jaez, cuestionaría la dignidad y la igualdad –que no igualitarismo- del hombre y de la mujer. Para la autora de este ensayo, el término sumisión, que se inspira en las cartas paulinas y en una antropología cristiana, contrariamente a lo que se malinterpreta, reclama el liderazgo y poder inherentes de la mujer, y está en sintonía con la potencialidad de la feminidad en el servicio a los demás, para explotar las cualidades y el talento que le son propios, lo que le hace protagonista y fundamento de la familia.

Esta sumisión sería el “leit motiv” que debería impregnar el matrimonio, y que, en todo caso, sería mutua y recíproca entre el hombre y la mujer. De hecho, la coherencia de su planteamiento se evidencia con la publicación de otro texto, el reverso de la misma moneda, que titula: Cásate y da la vida por ella.

Por lo tanto, lejos de que esa sumisión suponga sometimiento servil, anulación o dejarse dominar, comporta una actitud activa y de entrega en favor de la familia, acorde con el fin que persigue la monografía, que es colaborar en la mejor construcción del matrimonio, basada en el amor, el diálogo, la comprensión, la unión en vez de la confrontación, la paciencia, el esfuerzo para superar las dificultades, evitar la espiral del odio, la falta de respeto o de la indeferencia, erradicar el egoísmo, crecer en la humildad para perdonar y no anclarse en el resentimiento, fijarse en lo positivo del otro, superar con buen humor los defectos.

Es justamente este enfoque positivo de afrontar el matrimonio, dentro del humanismo cristiano, el que echamos en falta los profesionales del Derecho en nuestros despachos cuando tenemos que atender cada vez a un creciente número de crisis matrimoniales. En una sociedad en la que impera el individualismo egoísta, el materialismo consumista y un hedonismo enfermizo, quizá estos planteamientos resulten un tanto extraños, porque se ha asentado un feminismo radical y la dictadura de la ideología de género, que pretenden implantar la lucha de clases en las relaciones matrimoniales.

Ciertamente, lo que está en liza no es una cuestión baladí, ya que se trata de concepciones radicalmente distintas y frontalmente opuestas del hombre y la familia. A pesar de ello, el desconcierto ha llegado incluso hasta algunos acomplejados católicos que también han caído en esta trampa. No deja de ser sorprendente que los que ahora se rasgan las vestiduras de forma hipócrita, porque ven la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio, ante este inexistente ataque a la igualdad y dignidad de la mujer, sean los mismos que favorecen o promueven el aborto, por acción u omisión, o los que consienten distintos modelos de matrimonio, ya que no se puede igualar lo que es diferente y, esta vez sí, atacando de forma grave e irreversible la dignidad de la mujer.

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